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El viejo axioma siempre tiene vigencia: "Nunca es tarde cuando la dicha es buena". Lucas Valdemarín puede dar fe, tanto en la vida como en su carrera deportiva. Cuando tenía 17 años su familia se salvó de milagro de la explosión de la fábrica militar de Río Tercero, en 1995; en realidad, vivió de cerca la tragedia, pero no estallaron seis bombas que habían caído en la terraza de su casa.
Dos años más tarde, en 1997, tras una breve experiencia en Talleres, de Córdoba, llegó a Vélez de la mano de Juan Carlos Bujedo, un histórico del club de Liniers; siempre estuvo a la sombra de otros jugadores, y en la temporada 1999/2000 se fue a préstamo a Independiente Rivadavia; volvió y nada cambió. Ni los DT Falcioni, Tabárez, Compagnucci y Bauza lo tuvieron en sus planes.
Pero nunca está todo perdido: la llegada de Carlos Ischia significó su renacer futbolístico, hasta convertirse en la carta de gol de Vélez, que se juega una gran carta pasado mañana ante Boca.
"Ganarle a Boca en la Bombonera es difícil, dicen que la cancha tiembla. Pero bueno... A mí todo me costó bastante. Me tuve que adaptar a un nuevo ambiente, la pensión de Vélez, el ritmo de Buenos Aires... Y sobrevivir a la tragedia de Río Tercero fue como nacer de nuevo. Casi pierdo todo, hasta mi familia..."
Son las 9.05 del 3 de noviembre de 1995. La fábrica militar de explosivos de Río Tercero arde en llamas. La primera explosión levanta una gruesa columna de humo con forma de hongo; "Cómo si fuera una bomba atómica", dice Valdemarín. Las casas son virtualmente arrasadas por la onda expansiva; simultáneamente, se produce una lluvia de granadas y proyectiles. "Estaba trabajando a 40 cuadras y escuché una explosión increíble. Cuando me asomé vi el hongo encima de mi casa, que está a sólo 200 metros de la fábrica. Me quería morir. Pensé que no iba a ver a mi familia nunca más", relata Chirola, como lo llaman sus seres queridos. Desesperado, corrió cuatro kilómetros para saber cuál era el destino de su familia. "La onda expansiva se hizo sentir en un radio de 5000 metros. Por un largo momento era lo más parecido a un polvorín", recuerda Valdemarín. Llegó a su casa y encontró un poco de alivio. "Estaba toda mi familia y gracias a Dios mi papá Eduardo (ya fallecido) reaccionó rápido y sacó a mis hermanos Franco, Luciano y Lorena, y a mi mamá Rosa. Tuvimos suerte, porque en la parte del techo de mi casa que quedó en pie había seis bombas de 50 kilos que no explotaron."
Al persistir las explosiones se inició un éxodo masivo hacia las localidades vecinas, Hernando, Almafuerte... "Nosotros nos fuimos a la ruta. Estábamos aterrados. La ciudad tardó en recuperarse. Hay personas que quedaron muy mal tanto física como espiritualmente, por más plata que les dieron para reconstruir sus viviendas", explica.
Hoy, a los 24 años, Valdemarín tiene otros sueños: consolidarse en la primera de Vélez, donde ya marcó cinco goles en el Apertura, tres de cabeza con su 1,73 m.
Por estos días, Valdemarín ocupa el lugar de Roberto Nanni, con quien mantiene una gran amistad. "Con Roberto -aclara- fui compañero en la pensión de Vélez y más allá de quien sea el titular nos apoyamos mutuamente, tanto en los buenos como en los malos momentos." Ambos conforman la pareja goleadora del equipo de Liniers.
Justamente una de las virtudes de Valdemarín es el tema de la amistad. No se olvida de sus orígenes. "Ahora -anticipa- iré a saludar a los chicos de la pensión; es bueno no olvidarse de las raíces." Nadie mejor que él para interpretar los sueños de los que quieren triunfar a pesar de las adversidades.



