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Quiso y supo que iba a llegar a la selección argentina cuando España lo tironeaba para que cambiara de bandera, porque a esa edad adolescente podía ser influenciable. Y también tuvo muy en claro que llegó el momento de retirarse, ya maduro como futbolista, padre y ciudadano. La coherencia, tanto sentimental como futbolística, fue siempre de Lionel Messi; las dudas eran de los demás.
Cuando una noticia se ve venir pero igual no deja de impactar, como fue su anuncio de puño y letra de este lunes, es porque se está ante una historia tan vasta como inabarcable, que de eso se trata el vínculo de Messi con su selección, con su gente, la de la Argentina y la de tantas metrópolis y lugares recónditos que lo hicieron suyo.
“No hay arte sin obsesión”, resumió el escritor Cesare Pavese. La sentencia le calza a la perfección a Messi, compuesto en partes iguales por talento y pasión por lo que hace. Su inigualable magia con la pelota le permitió consagrarse mucho antes en Barcelona que en la selección. Era un misterio insondable esa disociación. Tuvo que ser porfiado, obstinado, perseverante. Debió superar sus propias dudas, tan humanas, como aquel fugaz retiro en 2016 tras perder la tercera final consecutiva, y también el descreimiento popular. Se ganó a sí mismo y conquistó a todos. Empezó siendo de unos pocos y terminó ungido por la unanimidad.

Más goles, más partidos, más asistencias, más, más y más. Así se fue construyendo la carrera de quien pasó años transitando la frase de Samuel Beckett “fracasa de nuevo, fracasa mejor”. Estoicamente soportó la comparación y llegó a ser Maradona, sin dejar de ser Messi. A los que le pedían ser una copia, él les dio a entender que su camino pasaba por ser auténtico. Y no estuvo mal rumbeado. Fue nada menos que el emblema de la mejor selección argentina de la historia por su continuidad en los primeros planos.
Messi cambió las miradas de desconfianza por la credulidad en todo lo que hace y dice. Cuando se lo vio llorar tras el triunfo frente a Inglaterra o por la derrota contra España, esas lágrimas eran compartidas, a nadie le resultaron indiferentes. Cuando escribe que el retiro de la selección le “duele en el alma”, no hay quien deje de sentir ese desgarro.
Quien supuestamente no estaba hecho para la selección hoy genera reacciones egoístas, porque nadie quería verlo colgar los botines y hacía a un costado los almanaques que marcaban el inexorable paso del tiempo, ese adversario invencible.
Hubo un post-Maradona y habrá un post-Messi. Cuando se impone empezar de nuevo, es porque detrás quedó una obra insoslayable. Hay una montaña de estadísticas para exaltarlo. Tan o más valioso es lo intangible, su manera de competir sin trampas, el respeto por el adversario, la autocrítica antes que las excusas, la búsqueda de la superación al aburguesamiento. Imágenes potentes y aleccionadoras para una niñez y juventud que lo sigue con devoción, que ve en él una motivación para jugar al fútbol. Con Messi de espejo, se achica mucho el margen de equivocar el camino.
Con el título mundial de Qatar podría haberse sentido hecho, sin deudas por saldar. Algo de eso se intuyó cuando desde la cancha del estadio Lusail se comunicaba por señas con su familia ubicada en un palco, diciéndole “ya está, ya está”. Aquí entra otro punto en cuestión: si Messi extendió su trayectoria a otro ciclo mundialista es porque encontró un cuerpo técnico y un plantel que le dio contención sin abrumarlo de responsabilidades, que lo hizo líder sin dejar de sentirlo como un par, un amigo que les dio el fútbol. Siempre la medida justa entre la cercanía y la distancia que debía mediar entre el capitán y el resto, sin confundir roles. En un ambiente más viciado -cómo olvidar el durante y el después del Mundial 2018-, quizá Messi se hubiese retirado antes. Afortunadamente se encontró con el escenario ideal: sus inacabables ganas por jugar y un contexto que lo potenciaba y sacaba lo mejor de él.
Su rendimiento en el Mundial de hace un par de meses superó las expectativas de muchos. Messi no entra en una cancha para durar, sino para ser mejor que el adversario y ganar. No se permite menos, es el primero en exigirse, no necesita que nadie lo acicatee. Con 39 años jugó con la ilusión de un pibe que tiene todo por delante. En su otra emotiva y reciente carta, en la que despidió a su padre, confesó que las piernas, como al resto del equipo, no le “daban más” en la final contra España. Estaba exhausto. Unos días antes se había exprimido al máximo para ganarle a Inglaterra en un remontada pletórica de fútbol y corazón, en una semifinal afrontada como una cuestión de honor.
Empieza una era extraña y desafiante para la selección, sin Messi después de 21 años. Verlo solo con la camiseta de Inter Miami será como si estuviera a medio vestir, incompleto. Cuando la selección se vuelva a reunir, faltará algo, se notará su ausencia. Se va con una edad inalcanzable para los que quieren competir en ese nivel. Cuatro títulos y un subcampeonato en los últimos cinco años. Goles y momentos inolvidables. Demasiado fulgor para tan poco ocaso.


