Murió Carlos Cecconato, el cerebro de un equipo imborrable de Independiente aunque nunca fue campeón

Cralos Cecconato, idolo de Independiente.
Cralos Cecconato, idolo de Independiente. Crédito: Twitter/ Independiente
Rodolfo Chisleanschi
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12 de diciembre de 2018  • 18:00

Los cinco nombres se recitan de memoria, casi como si fueran uno solo. Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz suenan de corrido, sin tomar aire en el medio, porque así se aprende a decirlos cuando se acude a los más viejos, a aquellos a quienes el tiempo puede distorsionarles algún rincón de la memoria, pero en tanto la conserven sin grandes males nunca logra modificarles lo sustancial de sus recuerdos.

Esos cinco apellidos fueron, en los años 50, un sinónimo de fútbol, de goles, de espectáculo. Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz formaron la delantera de Independiente y la selección argentina de esos años, un equipo que los hinchas del Rojo se van transmitiendo de generación en generación como un mantra, y que perdió a una de sus piezas fundamentales: hoy, a los 88 años, falleció Carlos Cecconato, el compañero ideal de Grillo, la batuta de aquella orquesta deslumbrante.

Si la historia de los clubes de fútbol necesita de un hilo conductor, de un collar adonde ir engarzando las perlas que forjan su identidad, la característica que los distingue del resto, basta con decir que aquel número 8 de físico delgado que había llegado a Independiente desde El Porvenir forma parte ineludible de ese rosario que forjó la mística del "paladar negro", una filosofía de entender el juego que con sus variantes y aggiornamientos ha logrado pervivir más allá de los altibajos y las circunstancias puntuales.

Para ser claros, y más allá de características futbolísticas no siempre idénticas, Cecconato cuenta con un lugar asegurado en el panteón grande la memoria Roja, junto a los Seoane, Sastre, De la Mata, Grillo, Mura, y por supuesto Bochini, porque su fútbol es pariente cercano del que todos ellos practicaron.

Nacido en Avellaneda, Cecconato se había asomado al fútbol como mediocampista central, cuando aquel puesto estaba destinado a hombres de corte defensivo y vuelo corto. Pero no necesitó demasiadas pruebas para demostrar que estaba para mucho más que eso. Adelantó su posición en la cancha, se transformó en inside o entreala derecho, y desde ahí fue el dueño de la sala de motores del Rojo durante casi una década.

Había heredado el puesto de Antonio Sastre, y como él, era un volante de despliegue, con marca y llegada, con lucha pero también con mucho gol (52 en 148 partidos en Primera: 2 en 11 encuentros con la selección), pero sobre todo era un estratega, y también un adelantado a su época.

Cuentan quienes lo vieron que fue de los primeros en ejecutar lo que hoy se conoce como "control orientado" y que si se hubieran llevado estadísticas habría roto el récord de asistencias. No le hubiera resultado difícil: aquella delantera alcanzó la cifra de 356 tantos en partidos oficiales, más que La Máquina de River o la de Sastre, Erico, De la Mata de fines de los años 30.

Bajo la dirección táctica de Cecconato, esos cinco mosqueteros se dieron el gusto de estar presentes en algunos partidos célebres. Como el del 14 de mayo de 1953 en el Monumental. Inglaterra y España venían al país a enfrentar a una selección que –como ha ocurrido tantas veces- estaba desarmada, y Guillermo Stábile, el entrenador, decidió no complicarse la vida: convocó a la mejor defensa del momento, la de Boca; y al mejor quinteto atacante. El resultado fue el célebre 3-1 a los británicos, con el "gol imposible" de Grillo casi sin ángulo incluido que significó el primer triunfo de la historia sobre los inventores del fútbol.

Unos meses más tarde, en diciembre del mismo año, ese Independiente que levantaba aplausos allá donde iba viajó a Europa y dio la que quizás haya sido su mayor función futbolística. En un Santiago Bernabéu menos lujoso que el actual pero igual de imponente le ganó 6-0 al Real Madrid que comenzaba a escribir su leyenda de la mano de Alfredo Di Stéfano (la peor goleada recibida nunca por el equipo "merengue" en su estadio). Así inició una gira que culminó con 8 victorias en 11 partidos en España, Portugal, Austria, Holanda, Francia e Inglaterra.

Entre 1952 y 1956, solo la entrada de Ricardo Bonelli por Carlos Lacasia como "9" alteró la formación de la delantera. Micheli y Cruz –los dos supervivientes del quinteto- seguían desbordando por afuera, Ernesto Grillo seguí rompiendo redes a base de habilidad, fuerza y oportunismo. Y por supuesto, Cecconato seguía moviendo los hilos.

"La pena es que ese equipo nunca fue campeón", enseñan todavía hoy los más veteranos a quienes quieran conocer la historia del Rojo. Y es cierto. Ya sea porque no les gustaba defender, porque atacaban todos y todo el tiempo dejando desprotegido al arquero, el Turco Abraham, porque un año Cecconato y Grillo fueron sancionados con diez partidos de suspensión, o "porque nos faltaron suplentes que otros clubes sí tenían", como alguna vez explicó el propio Cecconato, la realidad indica que no hubo títulos para el Rojo en esa década.

Sí, en cambio el Sudamericano de Chile en 1955 con la selección, donde volvieron a decir presente los cinco y dieron la vuelta olímpica luego de vencer todos sus partidos.

El inexorable declive del quinteto llegaría hacia finales de esa década. Grillo partió a jugar a Italia en 1957 y, al año siguiente, los directivos de Independiente, célebres en la época por su austeridad en los gastos, no llegaron a un acuerdo económico para renovar el contrato de Cecconato. El número 8 se negó entonces a una gira por Brasil, y el club le aplicó una sanción de dos años.

Fue prácticamente el final. Con 28 años cumplidos, el crack que solo se puso una camiseta en el fútbol profesional se mudó a Mendoza, jugó un tiempito para Atlético Palmira en la liga regional y colgó los botines antes de lo que correspondía, casi en pleno apogeo.

Carlos Cecconato, el cerebro de aquel conjunto único, que demuestra que no hace falta levantar copas ni ser campeón para convertirse en leyenda imborrable, se fue esta mañana. A los más viejos de la vereda roja de Avellaneda seguro que se les piantó un lagrimón…

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