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Como cada técnico tiene su libreto, Simeone parece haber llegado a River para borrar las preocupantes señales que el equipo venía emitiendo en los últimos años. A la par de la falta de títulos y fracasos deportivos, River fue acentuando una identidad displicente, en la que ganar o perder daba más o menos lo mismo, todo el mundo se sentía libre de culpas y miraba alrededor para encontrar responsables. El fatalismo de la derrota estaba instalado como algo inevitable y natural. Pasaban jugadores y técnicos, y los síntomas no cambiaban.
Históricamente, River salió de esas situaciones comprometedoras apelando a un fútbol luminoso, agradable a la vista por variedad ofensiva y riqueza técnica. Es el estilo con el que se sienten identificados sus hinchas.
En nombres, este River puntero tiene un perfil ofensivo, ambicioso. Basta con repasar la formación de ayer. Se encuentran seis jugadores con más capacidad y recursos para atacar que para defender. Sin embargo, más allá de las características de las individualidades, en River importa mucho más el concepto y la actitud con que afronta cada partido. Su exaltación de la lucha y el sacrificio empequeñece su potencial futbolístico. En esta elección, sus resultados merecen más reconocimiento que su juego. Para ganar, este River transpira y se ensucia sin ruborizarse. El compromiso colectivo está por encima de cualquier lucimiento personal.
Con su prédica, Simeone fue creando conciencia. El equipo lleva a la práctica su frase de cabecera ("el esfuerzo no se negocia"), pero los plazos para mejorar la versión futbolística se dilatan. Lleva su fórmula a un radicalismo extremo, inhibitorio para otras virtudes del equipo. Terminó defendiendo el triunfo ante Tigre y la punta con un repliegue excesivo, en el que pareció regodearse con su voluntarismo y entrega. River se celebra a sí mismo corriendo sin parar, tirándose de cabeza para frenar un avance (lo hizo Villagra en un costado), multiplicándose para apagar las escasísimas luces de Tigre. A Buonanotte, el chileno Sánchez, Abelairas y Augusto Fernández les queda una cancha larguísima, porque en el retroceso gastan tantas o más energías que yendo hacia adelante.
Este River también se endurece mentalmente. No lo desanima su muy pobre primer tiempo, en el que no tuvo juego ni situaciones de gol. Tigre también había tomado sus precauciones, con un planteo ordenado y riguroso en la marca. Del medio hacia atrás, tiene gente con los suficientes centímetros y kilos para hacerse respetar en el aspecto físico. No dudó en recurrir al foul cuando no alcanzaba su grueso tejido defensivo, y así se fue cargando de amonestados.
River se sentía incómodo y no se imponía en ninguna de las facetas del juego: ni por la vía aérea ni con la pelota a ras del piso, donde los más habilidosos encontraban muchos obstáculos, tanto en la maniobra individual como en el intento de asociación. La batalla derivaba en una infinidad de imprecisiones y en la falta de peligro sobre los arcos. Tigre se animó un poco más en el final del primer tiempo, cuando sus volantes se posicionaron más en campo rival, pero su falta de profundidad y creatividad en los últimos metros sería un lastre que cargó hasta el final.
En un partido cerrado, monótono y desprolijo en varios momentos, no sorprendió que el gol llegara mediante una jugada con la pelota detenida. Y que ese tanto sirviera para proclamar al triunfador. La sintomatología indicaba que el que hacía el gol, ganaba. Y así ocurrió. River encontró una mina en la pegada de Abelairas (es mérito del entrenador haber hecho de un jugador relegado una pieza valiosa). Ya son varios los goles que surgen de la zurda precisa y filosa de Abelairas, que además es ordenado y criterioso. Tres minutos después de haber estrellado un tiro libre en el travesaño, Abelairas sirvió el centro para el cabezazo de Falcao.
El encuentro se sacudió un poco en varios sentidos. Ahumada, exponente de este River pasado de revoluciones, se fue expulsado por recibir dos amonestaciones en tres minutos. Tigre no llegó a aprovechar esa ventaja, porque cuatro minutos después se quedó sin Morero, uno de los tantos que fue a la caza de Buonanotte, que con su gambeta escurridiza hizo amonestar a cuatro rivales.
Obligado por el resultado, Tigre se paró con tres defensores y buscó más peso arriba con Suárez y Altobelli. River le respondió inmediatamente con los ingresos de Ponzio, Domingo y Ferrari. Descartó la posibilidad de defenderse con la pelota o parándose un poco más lejos de su área. Lleva con orgullo su condición de puntero con pico y pala.
La última vez que River había recibido a Tigre fue en el Metropolitano de 1980, cuando ganó 3 a 1, con goles de Luque, Commisso y Ros, en contra.
El delantero sumó la 5a amonestación y no jugará la próxima fecha. En el final, discutió con Ponzio en un tiro libre y se fue al vestuario alejado del grupo.
En el Clausura, Tigre se quedó con un jugador menos cuando enfrentó a los grandes. Matías Giménez fue expulsado ante Independiente; Martín Galmarini, frente a San Lorenzo, y Santiago Morero, con River.



