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En el corazón de Europa, entre los montañosos Alpes y con su gente que se deleita con chocolates y quesos en los pueblitos de campo, se encuentra Suiza, un país compuesto por 26 cantones (pequeños Estados autónomos). Este es el próximo rival de la Argentina este sábado en los cuartos de final del Mundial 2026, que llegó a esa instancia por primera vez desde 1954 y tras una ajustada definición por penales ante Colombia.
A continuación 7 datos para conocer a Suiza.
Suiza no nació como un país unificado, sino como una alianza entre pequeños territorios que buscaban defender su autonomía. Su origen se remonta a 1291, cuando los cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden firmaron un Pacto Federal. El acuerdo tenía como objetivo protegerse de la expansión de la dinastía de los Habsburgo (1276-1918), que dominaba gran parte de Europa Central. A partir de esa alianza inicial, otros territorios (los llamados “cantones”) se sumaron y conformaron la Antigua Confederación Suiza.
Aunque los cantones actuaban de manera conjunta para la defensa durante las guerras, cada uno mantenía una amplia autonomía política, administrativa y religiosa. La independencia total de la confederación quedó reconocida oficialmente en 1648, con la Paz de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años y reconoció la soberanía.
El Congreso de Viena de 1815 consolidó las fronteras del país, aunque la Suiza moderna nació después de una breve guerra civil en 1847, conocida como la Guerra del Sonderbund, que enfrentó a cantones católicos y protestantes. El conflicto duró menos de un mes y dejó poco más de un centenar de muertos. Su desenlace permitió aprobar la Constitución Federal de 1848, que transformó la antigua confederación en un Estado federal, con un gobierno central, un Parlamento y competencias compartidas con los 26 cantones.
“El país no se desarrolló mediante un proceso de centralización, sino a través de la alianza permanente de varias comunidades políticas. Incluso hoy, los cantones siguen siendo los principales depositarios de la soberanía”, indicó Sarah Rindlisbacher Thomi, historiadora de la Universidad de Berna, en diálogo con LA NACION.
Ubicado en el corazón de Europa y con nueve millones de habitantes, Suiza hoy no tiene una capital formal, sino una ciudad federal. Berna ocupa ese rol desde 1848. “No es la sede de un Estado centralizado, sino del sistema federal. En 1848 se buscó evitar fortalecer al cantón de Zúrich, que ya era más poderoso desde el punto de vista económico, demográfico e infraestructural. Al mismo tiempo, algunas instituciones federales fueron distribuidas deliberadamente entre otros cantones como parte de un mecanismo de equilibrio federal”, agregó la historiadora.
Hay varias sedes importantes en Suiza. Berna alberga el gobierno y el Parlamento; en Lausana está el Tribunal Federal, la máxima autoridad judicial; Zúrich es el principal centro financiero y económico, mientras que Ginebra concentra numerosos organismos internacionales, como la sede europea de las Naciones Unidas y el Comité Internacional de la Cruz Roja.

Son cuatro los idiomas oficiales en el país: alemán, francés, italiano y romanche, una lengua antigua hablada por una pequeña parte de la población en el este del país, en el cantón de Grisones.
El último enfrentamiento armado del que participó Suiza fue en 1515, cuando sufrió una derrota ante Francia en la Batalla de Marignano. A partir de entonces decidieron no volver a emprender guerras y, para el siglo XVII, la neutralidad ya era considerada una parte esencial del Estado. En el Congreso de Viena de 1815, Austria, Francia, Gran Bretaña y Rusia reconocieron formalmente la neutralidad suiza.
A pesar de numerosos conflictos durante la Edad Media y dos guerras mundiales -con epicentro en Europa- Suiza mantuvo la neutralidad que muchas veces la destaca. “Es un importante mecanismo de defensa para un Estado pequeño rodeado de vecinos poderosos. De hecho, Suiza es aproximadamente 67 veces más pequeña que la Argentina”, destacó, por su parte, Simona Boscani Leoni, profesora de historia moderna de la Universidad de Lausana.
Sin embargo, sumó, el país sí colaboró económicamente con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y adoptó una actitud complaciente frente a las políticas racistas de Adolf Hitler.
En contraste, según Boscani Leoni, la neutralidad suiza en la posguerra también sirvió a los intereses geoestratégicos europeos, especialmente al permitirle actuar con frecuencia como mediadora entre las partes en conflicto.
Suiza tampoco forma parte de la Unión Europea, el gran bloque económico, con 27 países miembros cuya mayoría comparte la moneda: el euro. Integrarse a la UE supondría aceptar que parte de la legislación se defina en Bélgica y que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea tenga influencia sobre determinadas normas, algo que genera resistencia.
La cuestión ya fue sometida a consulta popular debido a la democracia directa que rige en el país, donde los habitantes tienen influencia sobre reformas y leyes. En 1992, los suizos rechazaron por un margen muy estrecho el ingreso al Espacio Económico Europeo (EEE), lo que habría sido un paso previo hacia una eventual adhesión.
Lejos de querer involucrarse en un conflicto armado, el país desarrolló una red de más de 370.000 refugios privados y alrededor de 2000 refugios públicos, con capacidad para albergar a más del 100% de su población. Es decir, existen más plazas disponibles que habitantes. ¿La razón? Si bien ya había búnkeres en lo que iba del siglo, durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética (actual Rusia), sobre todo en la década del 60, existía un fuerte riesgo de una catástrofe nuclear por la carrera armamentística que desarrollaban ambas potencias. A pesar de la neutralidad, Suiza no iba a quedar exenta de la radiación ante una guerra nuclear en Europa.

“Una ley en 1963 obligaba a todos los edificios nuevos a tener un refugio nuclear. Prácticamente todas las viviendas construidas en esa época cuentan con un sótano equipado con una puerta reforzada que puede cerrarse herméticamente en caso de emergencia. Incluso a partir de la década de 1980, el conocimiento técnico desarrollado para construir estos refugios comenzó a comercializarse en el exterior. Empresas suizas participaron en proyectos de construcción o equipamiento de búnkeres para dirigentes autoritarios como Muamar Gadafi (Libia) y Saddam Hussein (Irak)”, expresó Rindlisbacher Thomi, de la Universidad de Berna. También agregó que hoy en día muchos de los refugios funcionan como depósitos, salas de ensayo para asociaciones, estudios de grabación y espacios para alojar refugiados.

¿Un dato curioso? Durante la Segunda Guerra Mundial se construyó un refugio secreto en el este del país destinado a proteger al gobierno federal en caso de una invasión nazi.
La cultura suiza suele asociarse con el chocolate, el queso, los relojes y las tradiciones alpinas, aunque en realidad es el resultado de la convivencia de las cuatro regiones lingüísticas.
El chocolate suizo se convirtió en un símbolo nacional gracias a empresas como Lindt & Sprüngli y Nestlé, que impulsaron innovaciones como el chocolate con leche durante el siglo XIX. El queso también ocupa un lugar central en la identidad del país, con variedades reconocidas mundialmente como el Gruyère y el Emmental, además de platos tradicionales como la fondue.

Otra de las industrias emblemáticas es la relojería. Desde el siglo XVI, cuando numerosos artesanos protestantes llegaron a Ginebra tras las guerras religiosas en Francia, Suiza desarrolló una tradición relojera que hoy es sinónimo de precisión y lujo. Marcas como Rolex, Patek Philippe y Omega forman parte de ese legado.

Las tradiciones alpinas también ocupan un lugar destacado. En las regiones montañosas todavía se celebran festivales donde las vacas descienden de los Alpes al finalizar el verano, adornadas con grandes campanas y flores, mientras que deportes como el esquí, el senderismo y el alpinismo forman parte de la vida cotidiana y del atractivo turístico del país.

¿Hay una identidad 100% suiza a pesar de todas estas influencias? Para Rindlisbacher Thomi, el país posee una larga tradición republicana, lo que más lo destaca. “La tradición liberal, combinada con un fuerte sentido de responsabilidad ciudadana —visible sobre todo en la democracia directa—, sigue definiendo a Suiza. Es un país de fuertes contrastes internos: ciudad y campo, católicos y protestantes reformados, Alpes y llanuras, además de la diversidad lingüística", marcó.
Y agregó: “Lo que mantiene unido al país es que esas divisiones no se superponen entre sí. La apelación a un pasado compartido y la idea de una ‘nación de voluntad’ (Willensnation) continúan siendo un elemento de cohesión nacional”.

Suiza es considerado uno de los países con mejor calidad de vida del mundo, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). El país se destaca por su alta esperanza de vida —superior a los 84 años—, sus elevados ingresos, un sistema de salud de gran calidad, bajos niveles de desempleo y una fuerte estabilidad política e institucional.
A estos factores se suman ciudades seguras, un transporte público eficiente, una educación de alto nivel y una economía basada en sectores de alto valor agregado, como la industria farmacéutica, la relojería, la ingeniería y los servicios financieros. Aunque el costo de vida es de los más altos del mundo, los organismos internacionales coinciden en que Suiza ofrece uno de los mayores niveles de bienestar y desarrollo humano del mundo.

Pero su notable desarrollo y calidad de vida no exceden al país de los problemas externos. La población creció alrededor de un 22% en los últimos 20 años, superando los 9,1 millones de habitantes, es una de las tasas de crecimiento más altas de Occidente.
“Casi todo ese crecimiento se explica por la inmigración neta, ya que la tasa de natalidad de Suiza es históricamente baja, con apenas 1,28 hijos por mujer. Este aumento ejerce una fuerte presión sobre la infraestructura. El 25% de la población residente no posee pasaporte suizo”, explicó Rindlisbacher Thomi a este diario. Eso generó, como resultado, un debate migratorio en la política impulsado por el sector de derecha.
El Partido Popular Suizo, de derecha, lanzó un referéndum para poner un tope de 10 millones de habitantes para 2050. Se votó el 13 de junio y fue rechazado.
La tumba del escritor argentino Jorge Luis Borges es uno de los lugares más visitados de Ginebra por turistas de todo el mundo. Se encuentra en el Cementerio de los Reyes.
Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, a los 86 años. Había elegido regresar a esa ciudad porque allí vivió durante su adolescencia, entre 1914 y 1918, cuando su familia se instaló en Suiza al estallar la Primera Guerra Mundial. En Ginebra estudió en el Collège Calvin, aprendió francés y alemán. Solía decir que Ginebra era una de sus “patrias” y expresó su deseo de ser enterrado allí.
La lápida fue diseñada por María Kodama siguiendo referencias literarias, históricas y mitológicas que reflejan algunas de las grandes pasiones del escritor. Se colocó en octubre de 1987, un año después de su muerte. Es de piedra tallada y tiene dos caras: en el frente hay una imagen con siete guerreros en relieve que sostienen sus escudos y espadas en alto, en plena batalla. Las armas están rotas o caídas, símbolo de una derrota. Debajo puede leerse una frase en inglés antiguo: “And ne forhtedon na”, que puede traducirse como “Y que no temieran”. Con el paso de los años, la tumba se convirtió en un lugar de peregrinación literaria.

“Borges pasó parte de su juventud en Ginebra, donde asistió a la escuela y aprendió francés. También pudo beneficiarse de la posición única de Suiza como país neutral durante la Primera Guerra Mundial. Con el tiempo, Ginebra se convirtió —y sigue siendo— en la sede de numerosas organizaciones internacionales, como las Naciones Unidas y la Cruz Roja. Es una ciudad de escala humana y abierta al mundo. Es probable que todos estos factores hayan dejado una profunda huella en Borges, conservando siempre un recuerdo entrañable de la ciudad de Calvino”, resumió, por su parte, la historiadora Boscani Leoni, de la Universidad de Lausanne.
Para Boscani Leoni, junto con el hockey sobre hielo, el fútbol es el deporte más popular de Suiza. “Casi todos los municipios cuentan con un club de fútbol para niños y jóvenes, que desempeña un papel fundamental tanto en la promoción del deporte como en la formación de nuevas generaciones. Estos clubes también favorecen la integración social, algo que queda reflejado en la diversidad de la selección suiza de fútbol”, destacó.
En la fase de grupos del Mundial 2026, la selección suiza terminó primera del Grupo B tras empatar 1-1 con Qatar y vencer 4-1 a Bosnia y Herzegovina y 2-1 a Canadá. En la primera ronda eliminatoria derrotó 2-0 a Argelia. Luego, en los octavos de final, protagonizó un partido cerrado frente a Colombia: igualó 0-0 y avanzó por 4-3 en la definición por penales, con el arquero Gregor Kobel como una de las figuras.

Hace más de 50 años que Suiza no llegaba a los cuartos de final de una Copa del Mundo, por lo que el partido ante Argentina es especialmente atractivo para los fanáticos alpinos. “Ese logro hará que muchos suizos estén dispuestos a levantarse a las 3 para seguir el partido”, completó Boscani Leoni. En Buenos Aires, en tanto, será a las 22.