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ROSARIO.- Pocas cosas, tal vez, pesen en la vida como las presiones económicas. Y pocas también, influyan como la pasión, como el amor hacia eso que uno hace. La judoca Agustina De Lucía, que en estos días se quedó con la medalla plateada en la categoría -63 kilos y la de bronce en equipos mixto en estos Juegos Suramericanos 2026, estuvo en esa encrucijada. Tanto, que ese dilema terminó siendo un verdadero laberinto oscuro.
Hace tres años, su decepción deportiva por no subirse al podio de los Juegos Panamericanos Santiago 2023, arrastró mucho más: una crisis de ansiedad y pánico que casi rozó la depresión y un espiral hacia abajo del que le costó dos años salir. Sin embargo, su pasión por el judo fue más fuerte. Y al fin le dio ese empujón que necesitaba para ver la luz. El poeta y dramaturgo argentino Leopoldo Marechal, inmortalizó una frase: “De los laberintos se sale por arriba”. Para Agustina De Lucía, aplica perfectamente.
“No sé qué es peor, si una decepción amorosa o una decepción deportiva de uno”, arranca Agustina su charla con LA NACION. Y explica dónde estuvo: “Después de los Juegos Panamericanos 2023 sufrí una decepción enorme, me dolió mucho ese resultado (cuarto puesto), lo que planificamos con el equipo y no se dio me hizo pasar un montón de cosas. Hoy soy una agradecida de poder volver a luchar sin tanto peso”.
A lo que se refiere esta rosarina de 27 años es a la caída libre que experimentó. Inmediatamente a esa derrota vivió un ataque de pánico en el baño, donde una compañera la ayudó a respirar. Algo parecido sintió un tiempo antes en un entrenamiento. Todo se le vino encima: bajarse del podio panamericano, sabía, arrastraba la inevitable quita de su beca deportiva, principal sustento de su vida y de sus estudios, la carrera de Derecho. Agus, que viajó con esas presiones, no pudo evitar lo inevitable.

De pronto, la nena de la zona sur de Rosario que a los cuatro años empezó a practicar judo en el club Provincial porque eso la “divertía” y la educaba en valores, se apagó. En su casa, donde papá fue mecánico y mamá costurera (hoy, ambos jubilados), nada sobraba como para poder respaldar ni su carrera deportiva ni académica. “Llegué a no querer levantarme de la cama, no quería hacer nada, no quería entrenarme, iba al club y me largaba a llorar. Fue bastante duro sacar eso”, cuenta desde el aprendizaje.
Pese a lo difícil y aunque no lo vea, Agustina tuvo fortaleza: de todos modos salió a trabajar, empezó a dar clases de judo de martes a viernes y después, a ser niñera seis horas diarias. Con esos dos ingresos logró transitar un tiempo hacia adelante y sustentar lo que más necesitaba en ese momento, la terapia psicológica. Cuando ya tampoco podía costear las sesiones y le avisó a su psicóloga, ella no la dejó interrumpir el tratamiento y la bancó hasta que le pudo volver a pagar.
Después de dos años, en 2025, volvió al tatami. Y entendió que más allá de todo tiene con qué seguir. A veces hace rifas, a veces alguna pollada para costear sus viajes, a veces vende algo... Hasta hace poco estaba trabajando en el estudio de una abogada de familia, pero el trajinar entre torneos, campus y concentraciones terminaron decantando en que le notificaran que otra vez no tenía trabajo: “Fue insostenible para mí y para ella. Es sumamente entendible lo que pasó. En junio yo tenía que viajar al primer torneo que me daba puntos para intentar llegar a los Juegos Olímpicos y el día anterior me llama esta persona y me dice que no iba a seguir ahí. Ahí, literalmente pensé: ‘¿Qué voy a hacer el lunes?’. O sea, yo competía el sábado, pero el lunes ya no tenía trabajo".
Esa frase, que fue la que se viralizó está semana después de que Agus se colgase la medalla plateada en -63 delante de toda su gente y a solo unos metros de su casa, causó asombro en las redes. Lo que tantos desconocen es, quizás, que esta es una realidad frecuente en los atletas argentinos, mucho más profunda y grave en los los que son amateurs. “A ver, quiero limpiar un poco eso porque la gente piensa que el Estado me tiene que bancar o algo así. No, por favor, no”, aclara. Como si tuviera que explicar.
Su novio Lautaro la invitó a no desesperarse como antes y entre los dos se bancaron en estos meses, hasta estos Suramericanos. “Mucha gente dice que esto es un hobbie. Esto no es un hobbie, porque si fuese un hobbie lo haría como un pasatiempo. Esto es alto rendimiento y es durísimo para la mente, para el cuerpo y para todo. Hay que vivirlo para saber lo que es”, cuenta Agus.

“Hoy soy una persona que se sube al tatami y lo disfruta, no siento la presión de tener que ganar. Lo que me pasó me hizo crecer emocionalmente y creo que, aunque suene raro, que fue necesario para valorar un montón de cosas”, reflexiona.
Renovada, Agus De Lucía, quiere tener su revancha el año que viene y llegar a los Juegos Panamericanos de Lima 2027, aunque más liviana. Y después, en consonancia con eso, a los Juegos Olímpicos de Los Angeles 2028: “Antes veía lejano ir a unos Juegos Olímpicos, pero ahora lo veo posible. Quiero intentarlo y sacarme las ganas y si en un futuro miro mi carrera quiero ver haberlo intentado, no haberme quedado con nada en el tintero. Quedarme vacía, pero de intentarlo. Ir sería tocar el cielo con las manos, literalmente, llegar a lo más alto del deporte. Si llega bienvenido y si no llega no tuvo que ser. Lo tomo más tranquila”, dice.
Sin embargo, ahora, Agustina De Lucía quiere ver este presente. El que acaba de vivir en su ciudad, con dos podios, pero especialmente con esa medalla plateada que, un poco, le devolvió el alma, la posibilidad de volver a creer en ella misma: “Me costó poner en concreto esto de volver a luchar, pero fueron mis compañeros, entre ellos Ivo Dargoltz, los que me inspiraron. A mí no me da vergüenza decirlo, me inspiraron a ser mejor. Me dieron la esperanza de que entrenando en casa y con la gente que uno quiere se pueden lograr grandes cosas”.

Sobre el cierre de esta charla, en una de las plateas del Invencible Rosario, llegó la emoción más profunda: “Esta medalla, la de plata, fue muy especial para mi familia y para mí, porque ellos me ayudaron a pasar un montón de cosas que solamente nosotros sabemos y fue muy grato poder hacer realidad lo que siempre soñé”. Lo maravilloso es que estas lágrimas, ahora, no la tienen encerrada en un baño. La encuentran libre y con otra filosofía. Definitivamente más sana.
Este lunes, Agustina De Matía no va a salir desesperada a buscar trabajo y a aceptar lo primero que venga. Va a tratar de elegir. Porque cree que merece esa posibilidad.


