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Hoy, miércoles 12 de agosto de 1936, día número doce de los Juegos Olímpicos de Berlín, Hans Eduard Giese, condenado a pena de muerte por el secuestro de un niño, es ejecutado con un hachazo en la cárcel de Bonn. Hermann Goring, segundo de Adolf Hitler en la Alemania nazi, solo piensa en la fiesta que ofrecerá mañana en los jardines del ostentoso Ministerio del Aire. Embajadores y jet set entran asombrados al día siguiente a un pueblo medieval: taberna, panadería, plaza de tiro, castillo en ruinas, molino, barco de vapor y calesita. A uno de sus caballos, vestido con uniforme de fantasía blanco, cubierto de anillos de diamantes, más de cien kilos, se sube Goring. Entre tantos visitantes ilustres, sonríe Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos, celoso luego de la nadadora Eleanor Holm Jarrett, porque Goring, fascinado con ella, la “condecora” con una esvástica en el pecho.
El diluvio del viernes no impide la nueva fiesta del sábado 16 que organiza esta vez Joseph Goebbels. El ministro de Propaganda recibe en la isla de Pfauen a 2700 invitados. Pajes vestidos de blanco, miles de farolas en forma de mariposa sobre los árboles. Exquisiteces. “Corría el vino”. Orquesta, banda de swing y festival de media hora de fuegos artificiales. Explosión final con el cielo cubierto de rojo sangre. Los Juegos terminaban al día siguiente y ya no había necesidad de “moderación política”, ironiza el historiador alemán Oliver Hilmes, en su extraordinario libro Berlín, 1936, que repasa día por día cada una de las dieciséis jornadas de aquellos Juegos, la mayor obra de manipulación política en la historia del deporte, que cumple estos días noventa años.
Brundage, un cruzado anticomunista, y toda la corte del Comité Olímpico Internacional (COI), buscaron justificarse ante la historia afirmando que Hitler fue humillado. La raza superior doblegada por Jesse Owens, el atleta negro que ganó cuatro medallas doradas y fue estrella absoluta de los Juegos, pero a quien el propio Brundage echó luego del equipo olímpico de Estados Unidos. Lo acusó de “profesional”. Owens se ganó la vida corriendo contra caballos, perros y motocicletas. Rehabilitado en plena Guerra Fría, sirvió de modelo del “sueño americano”, nieto de esclavos que logró triunfar. Owens apoyó las expulsiones de los atletas negros rebeldes del “Black Power” de los Juegos de México 68. Se arrepintió luego con un libro póstumo (“He cambiado”). “Imaginate que estás corriendo por un suelo que arde en llamas”, le había dicho su entrenador en Berlín. Fue homenajeado con desfile en Broadway al volver a Estados Unidos. Pero cuando quiso entrar al Waldorf Astoria para la fiesta nocturna, los botones del hotel le ordenaron que debía subir por el montacargas. Como los negros.
Es cierto, Hitler no había iniciado aun la Segunda Guerra Mundial ni había levantado el horror de Auschwitz. Y los barones del COI no tenían por qué saber que unos días antes del inicio de las competencias homosexuales, judíos, comunistas eran confinados en Sachsenhausen, campo de concentración a 29 kilómetros de Berlín. Y los gitanos encerrados como animales en el barrio de Marzahn. En septiembre de 1935 habían sido aprobadas las Leyes de Discriminación Racial y los judíos ya no tenían posibilidad de pertenecer a los clubes deportivos. No podían ser olímpicos. La esgrimista Helen Mayer, que residía en Estados Unidos (ella no se consideraba judía e hizo el saludo nazi en el podio) sirvió para negar discriminación. Ya tres años antes, el luchador Werner Seelenbinder había sido arrestado por la Gestapo por no hacer el saludo nazi al coronarse campeón nacional (compitió luego en los Juegos y en 1944 murió decapitado en la prisión de Brandenburgo). En 1936, el régimen ocultó la circulación callejera de Sturmer, el diario cuya portada decía “¡Los judíos son nuestra desgracia!”, fundado por un sicópata íntimo de Hitler (Julius Streicher). El Holocausto llegaría luego, es cierto. Brundage había convencido fácilmente al COI de que los críticos de Hitler eran “judíos comunistas y socialistas” y que Alemania enseñaba al mundo “a detener el declive del patriotismo”.

El deporte siempre sacó provecho de sus alianzas obscenas. La FIFA ofreció mundiales a Mussolini y a Videla. A Putin y a Qatar. Y ahora al Estados Unidos de Donald Trump. La Copa, en medio de bombardeos, amenazas, ICE, y hasta el resort proyectado tras la devastación impune de Gaza. Hilmes inicia su libro sobre Berlín con la inauguración de los Juegos el 1° de agosto de 1936 ante 110 mil personas en el Estadio Olímpico, 49 países, 4.066 atletas. El conde belga Henri Baillet Latour, presidente olímpico, también simpatizante de Hitler, tratado como jefe de Estado, igual que Gianni Infantino ahora en Nueva York. El Himno Olímpico que Richard Strauss obsequia a Hitler. A la letra de Robert Lubhan le cambian dos palabras: “honor” en lugar de “paz” y “lealtad” en lugar de “justicia”. Desfile de las Juventudes Hitlerianas. La Antorcha. Hitler en su Mercedes descapotable. El zepelín Hindenburg de 246 metros de largo. Esvásticas. Wagner, Liszt, Orquesta Sinfónica y el cierre con el “¡Aleluya!” de Handel. El embajador polaco Jozep Lipski toca el hombro de Baillet-Latour y le susurra al oído: “Debemos tener cuidado con un pueblo que organiza las cosas así”.




