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ROSARIO.- Entre todas las personalidades del deporte que circulan por los Juegos Suramericanos 2026, la figura de Luciana Aymar sobresale. Hija dilecta de la casa, rosarina, la mejor jugadora de hockey de todos los tiempos y emblema máximo de las Leonas, se pasea por los distintos escenarios junto a su familia, la que armó con el chileno Fernando González, gloria del tenis de su país y campeón olímpico, y sus pequeños hijos, Félix y Lupe.
La Maga es una de las grandes solicitadas por el público y por la prensa, y entre tribuna y tribuna, fotos, videos y protocolos, también disfruta. En un mano a mano con LA NACION contó las sensaciones que la atravesaron en la ceremonia inaugural de estos Juegos, en la que fue la protagonista del momento central, el encendido del pebetero en una noche histórica de celebración en el Monumento Nacional a la Bandera: “Todo era una fiesta y de repente... La llama y el silencio. Fue impactante”, confesó. Y agregó apenas unos minutos después: “Esto me hace acordar a mis inicios con las Leonas, me remueve un montón”.
Sobre la Ceremonia de Apertura, relató: “La verdad es que estaba nerviosa, era todo energía, una fiesta y de repente, la llama olímpica y el silencio. Fue impactante ese contraste”. Pasaron apenas unos días, pero ya lo definió: ese momento no es parecido a ningún otro de su carrera, la conmovió. A los 49 años, y a más de una década de su retiro, Luciana sigue cosechando los frutos de su extraordinaria carrera.
En esta ciudad, donde se dio el lujo de ganar un Mundial con las Leonas y levantar la copa como capitana, generó un nuevo hito. “Me superemocioné, y ahí me salió eso de tocarme el corazón. Ese silencio ante 300 mil personas... Era el momento más importante para todos esos atletas que se entrenaron tanto para estar acá. Me llené de orgullo. Fue emocionante”, contó. “Uno siempre está esperando que se prenda el pebetero, ahí arranca todo, ahí arrancan esos sueños”, sumó.
Después, convencida por el ex-garrochista Germán Chiaraviglio recorrió la Villa Suramericana junto a otros atletas, y charló con los actuales. “Estoy disfrutando muchísimo. Le dije a Ger que le super agradezco. Una se desacostumbra de todo esto, yo me retiré hace 12 años del alto rendimiento y fue como volver a traer un montón de recuerdos. Estuvo muy lindo hablar con los atletas y poder contarles un poco de mi experiencia”.
Antes, rio y bromeó, fiel a su estilo de descontracturar rápido una charla. “Cuando nosotras jugábamos nadie se enteraba que estábamos en un Odesur (entre los atletas, un sinónimo de Juegos Suramericanos). No es la fiesta que es ahora”. E indagó en el recuerdo. Pero no encontró. Es que nunca los jugó: el hockey se insertó en el programa de estos Juegos en 2006 y para entonces, ella y las Leonas ya eran medallistas olímpicas y campeonas mundiales, por lo que el certamen se encaraba con un plantel alternativo a sabiendas de que el hockey argentino domina este nivel. “Esto me hace acordar mucho a mi primera etapa en las Leonas, ( a los Juegos Olímpicos de) Sydney 2000, a mi primer Panamericano Junior, me remueve un montón”.

“Esto es hermoso. A los chicos en la Villa les contaba un poco mi experiencia, que más que nada es de Juegos Panamericanos y Olímpicos (N. de R: disputó cuatro veces cada uno). Tener la posibilidad de tener esto en tu país, con toda la estructura que crearon, con esa Villa que parece una Villa Olímpica, es hermoso y lo tienen que disfrutar. Tienen que aprovechar el cariño de la gente. Porque la gente está yendo a ver muchas actividades y esto es parte de un proceso olímpico”.
Lucha, que jugó varias veces en su casa, sabe lo importante que es tener a su gente cerca en las tribunas. y en cuanto influye una organización así para sueños mayores. “Yo siempre digo que nosotras (Las Leonas) ganamos un Mundial porque teníamos un excelente equipo, pero también la cuota de la gente, del público, hizo que Argentina ganara”, remarcó. Y reconstruyó el camino: “Tengo el recuerdo del primer partido internacional que jugamos acá, que lo organizaron mi papá y un par de dirigentes, nosotras estábamos acostumbradas a que no nos vaya a ver nadie (risas). Fue contra Sudáfrica y lo redisfrutamos. En 2004 jugamos el Champions Trophy y la gente se metía en la cancha después de los partidos. Estuvo alucinante. Y en el 2010 el Mundial... Pero para llegar al Mundial se necesitó de esos inicios”.

Por último, valoró poder vivir estos Juegos desde otro lugar: como referente del deporte argentino y como deportista que recoge sus frutos. Pero ya con su propia familia. Algo parecido vivió hace tres años cuando los Juegos Panamericanos se disputaron en Santiago de Chile, donde ella vive, y también pudo compartir con su esposo, el extenista Fernando González, y sus hijos Félix y Lupe.
Pero esta vez, en su ciudad, saborea otro gusto: “Con Fer somos de la idea de acercarlos a todos los eventos deportivos que tengamos porque es una manera de contarles lo que nosotros vivimos y cómo lo vivimos. Los dos sabemos que el deporte te inculca un montón de valores con los que hoy vivimos, esos valores están en nuestra. Así que cuando tenemos la oportunidad nos metemos. Y metemos a los niños”, cerró Lucha.




