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Administrando la sonrisa, insinuando el deseo y las ganas de no rendirse, acaso, para hacer menos dolorosa la humillación, el joven mendocino Gastón Needleman, de 15 años, bajó las escaleras del Club Argentino de Ajedrez soltando imperceptibles susurros. Durante la madrugada de ayer, Gastón y su papá, Alejandro, abrazados entre soledades, cruzaron la avenida Callao antes de que los sorprendiera el alba. Atrás quedaban las casi cinco horas de una despareja lucha que tornó bochornosa la definición de un certamen. Una grotesca celada a la hora de los desempates hizo añicos los sueños de un chico de poder jugar un Mundial junto a los grandes. Un jaque mate a la ilusión.
Gastón Needleman, la revelación del Campeonato Continental de ajedrez, supo que la conquista de una de las seis plazas a la hora de los desempates era como pretender agarrarse a un palo enjabonado. Sin embargo, nunca imaginó que todos sus rivales (excepto su compatriota Rubén Felgaer) pergeñarían un implacable plan para derrotarlo: todos contra el más débil. Así sucedió.
Se dispuso que los desempates se definieran mediante un torneo semirrápido a siete ruedas, todos contra todos, con partidas a 15 minutos por jugador con un adicional de 10 segundos para cada movida, con descansos de 5 minutos entre cada juego. El torneo se realizó en el Club Argentino.
El nombre de los participantes, junto a la atrayente y veloz definición de las partidas, alentó el número de espectadores, que alrededor de 80, cerca de la medianoche, ocuparon el primer piso de la entidad decana del ajedrez vernáculo.
La ilusión del prometedor arranque de Gastón se convirtió en un sueño de corto aliento. Lo que dura un suspiro. Es que los maestros extranjeros Granda (Perú), Kamsky y Oniscuk (EE.UU.) y principalmente los brasileños Milos -con signos de zozobras tras perder su partida con el chico mendocino- y Vescovi habrían acordado, entre ellos, vergonzosos empates, de sólo tres o cuatro jugadas, mientras que el rival de turno del joven Needleman debería agotar el tiempo de reflexión para ir mellando la resistencia del chico mendocino.
De esta manera, mientras los grandes maestros descansaban, el pequeño Gastón sostenía defensas y enroques sobre la base de su talento e intuición; pero, tras casi media hora de partida y con apenas cinco minutos de recreo, Needleman volvía a enfrentarse con un nuevo rival que descansado y vital lo sometía a una nueva y desgastante lucha de algo más de 30 minutos.
Sólo Rubén Felgaer peleó cada punto de cada partida, pero no alcanzó. Por eso el público se impacientó y empezó con los abucheos y los silbidos. Entonces, a algunos maestros la vergüenza les bajó por la cara, el cuello y el cuerpo. Tartamudeaban excusas.
Mientras, Gastón se rendía, una, dos y hasta tres veces. Le mataron la ilusión. Queda esperar que su silencioso esfuerzo no lo pague en soledad. Merece otra oportunidad para estar en el Mundial...



