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En la espalda tiene tatuado un mono; en la mano derecha, un escorpión, y en el brazo izquierdo, una espada con una serpiente. Advierte que el próximo recuerdo sobre el cuerpo representará las iniciales de sus hijos y, como cierta creencia impone que los dibujos no deben ser pares porque traen mala suerte, el quinto será una pelota de fútbol.
A Martín Palermo lo maneja la paradoja. De chico fue arquero, como su padre Carlos, y ahora es un voraz goleador. Hace poco más de cinco años, el director técnico Miguel Angel Russo le dijo que si se quedaba en Estudiantes de La Plata sólo tenía futuro como cortador de pasto, y poco después se le frustró una transferencia a San Martín de Tucumán porque los clubes tuvieron una diferencia de 1000 dólares. Ahora cuentan que vale millones. Incapaz de pasar inadvertido, su vida es noticia constantemente. Porque el ex técnico Juan Carlos Lorenzo dijo una vez que tenía los pies de mármol, o porque se atrevió a posar vestido de mujer para una producción fotográfica, o porque fue a la cárcel de Devoto a visitar a los barrabravas de Boca, o porque es el máximo goleador argentino de los 90, o porque acostumbra pasar algunas horas con los chicos que están internados en los hospitales, o porque en el seleccionado nacional falla tres penales en un mismo partido.
Buenas y malas. Atrás quedó la fatídica Copa América paraguaya. Acaba de convertirle tres tantos a Lanús para dar vuelta un partido complicado, extender su marca personal a 92 conquistas en seis años de carrera profesional y quedar a pocos pasos del selectivo "Club de los 100". Cuando era soltero salía de noche, y salía mucho. Si había que pelearse en una disco, ahí estaba. Pero en la Navidad de 1994 cambiaría su vida cuando, de vacaciones en Guarujá, conoció a una brasileña, Jacqueline, ahora su esposa. Ella ya tenía una hija -Aline, hoy de 6 años- y del matrimonio nació Ryduan, de 3. Ella vivió toda la transformación estilística de su marido, desde cuando usaba el cabello bien largo hasta que se lo cortó, o desde el platinado general al jopo amarillo que reaviva una vez por mes en la peluquería de un amigo en La Plata, donde sigue viviendo Palermo, pese a la transferencia a Boca en 3.700.000 de dólares, en septiembre de 1997.
No reniega de la fama, al contrario, le teme al anonimato. Sabe que su imagen se ha impuesto y marca tendencias. Como en los chicos que se pintan el mechón amarillo; o en el comisario chubutense Oscar Lefipán, que fue apercibido por sus superiores cuando también apareció con el look zorrino, o en los dueños del stud Las Telas, propietarios de un potrillo pura sangre que se llama Palermo y sobre el que alguna vez experimentaron con tinturas en sus crines. Su figura impacta, vende, y por eso hay que cuidarla. El marketing lo envuelve y Gustavo Mascardi, su representante, le negocia los contratos, le confecciona la agenda con mucho celo, y le administra las exposiciones públicas. Sólo hay dos prohibiciones: nada de participar en debates políticos ni promocionar productos que manchen la imagen.
A los 17 años lo expulsaron del Colegio Sagrado Corazón, en su La Plata natal, y terminó el secundario en una nocturna por las súplicas de Mary, su madre. Hoy, a los 25, Martín ya ha estado en boca de muchas transferencias. Jesús Gil y Gil, dueño del Atlético de Madrid, manifestó que no le inquietaban los millones que pudiese costar el pase, pero que sí le preocupaban las neuronas de Palermo.
Fanático de la velocidad, amante de las pulseras, anillos, aros y cadenitas de oro, se reconoce como un gran dormilón. Provocador, extravertido, experto en los festejos de gol más hirientes o desencajados, capaz de sacarles la lengua a los hinchas, bailar como una porrista, besarse los botines, arrojarse contra los carteles de publicidad, sentarse en el césped como un monje budista, colgarse de una cámara de TV, o hasta bajarse los pantalones. Fuera de la cancha le gana una timidez que lo vuelve casi siempre distante, parco. Palermo es el ídolo frío que enciende las pulsaciones de la gente.


