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Era un campeón sin corona. El crack que nunca había tocado la gloria en Palermo. Sergio Alberti traza el panorama de hace un año exactamente. “Crucé el portón del Campo Argentino de polo y le dije a un compañero ‘ya está, este torneo no lo juego más. Era una frustración’”. La sucesión de derrotas en el Abierto Argentino de pato había hecho mella y agitaban los fantasmas: siete finales, siete derrotas. “Empezaba a ser un trauma”, reconoce.
Pipi Alberti es uno de los mejores jugadores de pato de nuestro país. El último fin de semana respiró aires de alivio y celebró en el certamen que todos los pateros quieren ganar. Su equipo, Los Baguales, venció a Los Mochitos por 17-14, en lo que se convirtió en el gran clásico de los últimos años. La octava, entonces, fue la vencida. “El Abierto es muy complicado, en la final siempre se ven equipos duros. Del otro lado estaban los hermanos Taberna, jugadores extraordinarios, de mucha técnica. La alegría es enorme: ahora tengo un problema menos”, remarca con una sonrisa.
Alberti, de 37 años, empezó a practicar este deporte a los 20. Enseguida comenzó a destacarse. Recuerda de memoria cada una de sus siete finales en las que acarició la gloria: 2003 marcó su debut en el torneo con Los Baguales y luego pasó por El Siasgo I, Barrancas del Salado y La Rural de Pergamino. De 2014 a 2016 su casa fue nuevamente en elenco de Roque Pérez. Para Pipi, la mochila se fue haciendo cada vez más pesada. “Tengo ocho finales en Palermo pero las últimas cuatro fueron consecutivas, eh. Al principio no me daba cuenta, pero las del tramo final empezaron a doler. La derrota de 2015 la sentí bastante”.
Alguna vez, la actriz Julie Andrews dijo que “la perseverancia es fallar 19 veces y triunfar en la vigésima”. Para Alberti no fueron 19, pero sí las suficientes como para conformar un número significativo. Y lo distingue una marca, una condición para salir adelante en situaciones adversas. La perseverancia se nutre de acciones. “Pensé en abandonar porque además estoy en la etapa final de mi carrera”, dice. El patero explica que a los tres meses de la dolorosa salida de Palermo, la bronca quedó de lado. Con la cabeza más relajada, en su Roque Pérez natal comenzó a diagramar la temporada 2016 y, como capitán del equipo, llamó a sus compañeros para armar nuevamente el cuarteto.
Cada día, Alberti se levanta a las 7 de la mañana y le dedica su vida a su pasión: el campo. Tiene un engorde a corral y suele viajar a ciudades cercanas para revisar hacienda. ¿Volverá a Palermo? “El año que viene quizás lo intente nuevamente. Pero se necesita mucha preparación y a veces no se puede. Tal vez este campeonato resulte un envión anímico”.
A diferencia del polo, el pato es un deporte amateur, todo a pulmón. En las finales suele aparecer algún sponsor pero los jugadores difícilmente obtengan ganancias. Al torneo más importante del país Alberti llegó con seis caballos propios y cuatro prestados. “Para este nivel, el costo de un caballo va de 80 mil a 100 mil pesos; a veces más. Y los usamos aproximadamente tres años”, explica.
El pato, con más de 400 años de historia, es autóctono de las pampas argentinas. Deporte prohibido en sus inicios, cuando en lugar de la pelota se usaba un pato vivo, en 1937 tuvo su primer reglamento. En 1941, se fundó la Federación Argentina de Pato y en 1953, el presidente Juan Domingo Perón lo declaró deporte nacional. “A mí me encanta. Y lo disfruto, tengo grandes compañeros: Ariel Tapia, Elías Betanzo, Salvador Gardella y Jonathan Medicci”, dice.
La gente que rodea a Alberti estaba más desesperada que él, asegura el protagonista. “¡No podés abandonar sin ser campeón en el Abierto!”, le rogaron. Había ganado todo -en 2014 fue Olimpia de Plata-, y sólo le restaba alzar el famoso Pato de Plata, el trofeo más preciado.
Dos preguntas retumbaban constantemente en la cabeza de Alberti: “¿Cómo será consagrarse en el torneo más prestigioso? ¿Estaré haciendo algo mal?” Ya no existen más. Ahora, solo él conoce el sabor de las respuestas.


