El equipo de todos (los tiempos): La Dolfina, la máquina perfecta que se debate entre seguir y cerrar un ciclo dorado

A pesar de ser el octavo seguido, el de 2020 fue quizás el Abierto de Palermo más festejado por La Dolfina; Adolfo Cambiaso y David Stirling lo celebran con camisetas alusivas.
A pesar de ser el octavo seguido, el de 2020 fue quizás el Abierto de Palermo más festejado por La Dolfina; Adolfo Cambiaso y David Stirling lo celebran con camisetas alusivas. Crédito: Sergio Llamera / LA NACION
Xavier Prieto Astigarraga
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20 de diciembre de 2020  • 08:00

Dieciocho y cincuenta y cuatro. Una hora y 49 minutos de partido. A Adolfo Cambiaso le quedó una bocha suelta en el medio de la cancha, sonó la campana y el 1 festejó de frente a la tribuna Dorrego. Como tantas veces. ¿Como nunca? Era tal vez un momento histórico para La Dolfina. Y para el polo. No tanto porque el equipo acababa de ganar el Campeonato Argentino Abierto, el mundial de su deporte, porque conquistarlo es cosa de todos los años: nadie más lo logró desde 2013. Podía ser un momento histórico porque esos jugadores quizás sintieran, y lo sientan ahora mismo, horas más tarde, que efectivamente ya está, que no hay nada más por hacer juntos, y entonces hagan lo que tenían previsto: separarse. Y puede haber sido histórico para el polo porque muchos consideran a éste, Cambiaso-Stirling-Mac Donough-Nero, el mejor equipo de todos los tiempos. En todo caso, algo es seguro: es el mejor de los últimos 40 años, porque Coronel Suárez era, también, pocos menos que imbatible.

Comparar épocas es difícil, pero temporada tras temporada La Dolfina va haciendo cosas como para darles la razón a los que creen eso. En esta final perdía por 8-7 contra Ellerstina a comienzos del último chukker, en un partido más entretenido en el desarrollo que generoso en el tablero, pero de tan baja anotación que cada gol costaba, y valía, muchísimo. Y los de blanco se salieron de contexto, con tres tantos en ese período final. En tres minutos y medio, más precisamente. No habían convertido durante tres chukkers y medio (tercero al séptimo), pero es cierto que cuando la bocha se pone incandescente, las cabezas de los cuatro fantásticos se enfrían.

En una cancha que estaba mejor que en días anteriores pero todavía difícil, La Dolfina eligió jugar largo, como Cambiaso en esta acción ante Hilario Ulloa y Nicolás Pieres.
En una cancha que estaba mejor que en días anteriores pero todavía difícil, La Dolfina eligió jugar largo, como Cambiaso en esta acción ante Hilario Ulloa y Nicolás Pieres. Crédito: Sergio Llamera / LA NACION

"Saben jugar estos partidos", argumentaban varios de los consultados para LA NACION en un sondeo previo a la final. Buenos pronosticadores, por cierto: 62,8% del total de 35 sondeados preveía triunfador al que terminó celebrando. Y sí, en efecto: La Dolfina sabe moverse en las alturas, donde el aire escasea y a veces las mentes se embotan. El último gol del partido fue una muestra. Atacó Ellerstina hacia el arco del tablero, que estaba 8-9. Pablo Mac Donough robó una bocha y Gonzalo Pieres (h.) se quedó marcando una línea que los jueces no concedieron; un jugador azul eliminado. Ante las plateas, los blancos se posicionaron más rápidamente y en un instante el contragolpe pasó a ser de tres contra uno. No fue difícil hacerle llegar la bocha a Cambiaso para que el delantero corriera, en una tarde inspirada en el taqueo, hacia Libertador y hacia la gloria, una vez más. Golazo. Por lo técnico, sí, pero más por lo conceptual.

Cambiaso saludó eufórico a más allegados que nunca apenas terminó la final; todo La Dolfina festejó muy efusivamente.
Cambiaso saludó eufórico a más allegados que nunca apenas terminó la final; todo La Dolfina festejó muy efusivamente. Crédito: Sergio Llamera / LA NACION

Ellerstina, que al igual que en 2005, 2007 y 2009 -con otras alineaciones- se quedó a un triunfo de obtener la Triple Corona, es ciertamente un equipazo. Tiene hoy 39 goles de handicap, talento, caballada, estructura. Ha probado mil variantes para doblegar al archirrival, pero le ha tocado convivir con Nadal o Federer, con Hamilton o Schumacher, con Magic Johnson o Jordan, con Nicklaus o Woods. La Dolfina tiene 40 goles, talento, caballada... y mucha cabeza. Es decir, táctica y carácter. Y cuando el campeón está entero, en ritmo y motivado en Palermo, no hay nada por hacer.

Gonzalo Pieres (h.) avanza atorado por Mac Donough y Stirling.
Gonzalo Pieres (h.) avanza atorado por Mac Donough y Stirling. Crédito: Sergio Llamera / LA NACION

Es lo que le pasa ahora al propio La Dolfina: sentir que no hay nada por hacer. Que en el futuro las presiones se mantendrán, y más por no perder que por ganar; que puede sobrevenir algún desgaste de relación luego de diez años juntos; que lo queda por delante no será más que lo que se consiguió. Cuantitativa y sobre todo cualitativamente. ¿Cómo superar lo que hizo este año? Reconquistar la Triple Corona sería más grande numéricamente, pero las condiciones en que se consagró esta vez en el Abierto hacen de este logro quizás el más especial de sus tantos éxitos.

Compacto de la victoria de La Dolfina

A principios de noviembre, doblemente fracturado (hombro y muñeca izquierdos) y operado, Juan Martín Nero no sabía si podría participar siquiera en alguna fecha de Palermo. Mac Donough y David Stirling se desgarraron aductores y se perdieron gran parte de Tortugas y Hurlingham. Cambiaso estuvo siempre, pero sobrellevando un desgarro en un hombro durante algunos encuentros del Argentino. Ellerstina venía de obtener los dos torneos previos, de funcionar muy bien con la incorporación de Hilario Ulloa -sigue con la copa de Palermo pendiente-, de estar sano y tener todo en orden. Y como se dijo: en un cotejo de escaso goleo, 8-7 arriba a inicios del último parcial en la final.

Hilario Ulloa y Mac Donough, a pechazo limpio; Ellerstina necesitaba más de su número 2.
Hilario Ulloa y Mac Donough, a pechazo limpio; Ellerstina necesitaba más de su número 2. Crédito: Sergio Llamera / LA NACION

Todo eso superó La Dolfina. Las lesiones, un gran adversario, lo poco que fue lo compartido en la cancha en 2020. Y lo superó bien, porque fue mejor que La Z en la ventosa tarde. Esa falta de rodaje conjunto ni se notó: la automatización de pases y movimientos, la escasez de revoleo de bochas, estuvieron como lo están desde 2011.

El sanitariamente protocolar podio de Palermo encontró a los fantásticos con camisetas de octocampeón. La enorme copa en manos de los cuatro y un abrazo a modo de scrum. Humo blanco festivo delante de ellos y el clásico "Somos los campeones", de Queen, de fondo. Y la típica foto familiar. Una escena, una imagen, que bien pueden ser de fin de ciclo. Pero hubo también un más popular "¡una más, y no j... más!", bombo incluido, de hinchas a un costado. Justo salía el sol después de tanto predominio de nube gris.

Un mediocampo de lujo: técnica, inteligencia y garra entre Pablo Mac Donough y David Stirling.
Un mediocampo de lujo: técnica, inteligencia y garra entre Pablo Mac Donough y David Stirling. Crédito: Sergio Llamera / LA NACION

Ese humo blanco preludió a otro, el que tal vez surja hoy mismo: si el cuarteto seguirá o se disolverá. Hay 50% de chances de cada cosa, dicen. Salga lo que salga de esa votación, el Palermo de su traspié en una semi al cabo de 34 partidos en La Catedral, el del gol 1000 de Cambiaso, el de la victoria sobre el Ellerstina invicto, será un mojón fuerte en la trayectoria de ese mejor equipo de las cuatro décadas, o de todas las décadas.

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