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Primero, para distender, la broma a través del teléfono cuando se acordaba esta entrevista: "Hoy no metés ni un penal de 10 yardas". Y en seguida, la respuesta: "Hoy no puedo ni levantar el taco". Cara a cara, la primera frase es: "¡Qué flaco estás!", y la contestación no se hace esperar: "Ahora estoy más gordo. Cuando salí del hospital tenía chupada la cara. Bajé 12 kilos. Estoy en 55 y mi peso ideal es de unos 68 kilos".
El que habla del taco y de los kilos es Guillermo Caset. Pasaron un puñado de días de su salida del sanatorio Mater Dei, y poco más de dos semanas después del estado de coma que le causó la bacteria estafilococo aureus. Las complicaciones comenzaron presuntamente por haber dejado de tomar una medicación contra unos inocentes forúnculos. Luego de jugar la final del Abierto de Estados Unidos por La Lechuza (derrota ante Zacara), el 22 del mes pasado, Caset volvió al país y su estado empeoró de manera vertiginosa. En tres días pasó de un dolor en la entrepierna, que suponía un desgarro, a una fiebre que no bajaba y a descubrir que la bacteria había llegado hasta un pulmón y el corazón. El sábado siguiente a la definición de Palm Beach entró en estado de coma.
"La verdad es que me acuerdo de muy poco. Me desperté y no entendía nada. Si me moría ni me enteraba", comenta Sapo con algo de humor negro en el departamento familiar, a cuatro cuadras de la clínica, donde hace una hospitalización domiciliaria hasta recibir el alta y volver a su querido Lobos.
Cuando se despertó se sintió raro. "Tenía un cascarita en la nuca, porque me contaron que me movía de un lado a otro tratando de sacarme el respirador artificial", narra. Sus futuros compañeros de La Aguada le dejaron una camiseta en la sala de terapia intensiva. Al abrir los ojos y verla le hizo un gesto de sorpresa a su padre y subió los hombros como diciendo: "¿Qué querés que haga?" Recuerda: "Estaba ahí, muy linda, pero en ese momento me parecía un sueño verla. Me dijeron que estuvo ahí de verdad...".
Los últimos análisis dieron el resultado esperado: ya no había líquido en los pulmones, por lo que se descartó una intervención quirúrgica. Las horas en que su padre, Guillermo, informaba de un estado crítico en el que había que ir "hora por hora" han quedado atrás. "Los médicos dicen que la recuperación es lenta, pero total", cuenta entusiasmado el jugador de 9 goles, mirando la temporada argentina, su gran objetivo, y sin importarle haber perdido dos oportunidades laborales en San Pablo y California. Y además se emociona al hablar de las muestras de afecto que recibió de todo el ambiente del polo: "Mis viejos me decían que la sala de espera estaba siempre llena y que todos mis colegas se preocuparon por mí. Eso da fuerzas".
Por más que sea recurrente, es imposible esquivar las frases hechas al hablar con un hombre que miró la muerte cara a cara. "Esto hace darse cuenta de muchas cosas. Uno pasa mucho tiempo pensando en el trabajo, en un partido, en la competencia, y deja de disfrutar cosas valiosas de la vida. Hay que poner los pies en la tierra", advierte.
Por ahora, su cabeza está puesta en recuperar kilos y fuerzas. La dieta es clara: "Tengo que comer de todo. Cuanto más gordo, mejor". La premisa es el esfuerzo: "Ya estoy haciendo kinesiología todos los días y camino un poco porque me agito. Apenas pueda comenzaré a moverme más y más". Para el futuro no hay dudas: "Voy a llegar a jugar la Triple Corona. Estoy seguro de que voy a llegar". Lo asegura Guillermo Caset, Sapito, el hombre que hasta hace dos semanas estaba en coma.
No olvida dar las gracias
Guillermo Caset pide realizar un especial agradecimiento a los médicos que lo atendieron: Bernardo De Diego (jefe de terapia del Mater Dei), Marcelo Del Castillo (jefe de infectología) y Daniel Stamboulian (profesional al que le hizo la interconsulta). De Diego recibió como regalo la camiseta de La Aguada que los hermanos Novillo Astrada colgaron por Caset en la sala de terapia.


