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CARDIFF (De un enviado especial).– Radiografía de un galés: tez clarita, algo pálida y con pecas, ojos celestes, pelo rojizo y amante de la cerveza. Fue increíble la escenografía: desde las diez de la mañana los bares de los alrededores del Millennium Stadium se poblaron para esperar el test entre los Dragones Rojos –como se lo llama al seleccionado galés– y los Pumas. Parece no haber sido suficiente la noche del viernes, el día en que los estudiantes (son mayoría aquí) salieron eufóricos por la ciudad e interrumpieron el paso en la agitada Saint Mary Street. Entre tanta marea roja, se observaron algunas banderas celestes y blancas y sonrisas argentinas que dan vueltas por el mundo.
Los galeses más acérrimos fueron los que acompañaron ayer a su equipo nacional. La goleada sufrida con Inglaterra –62-5, el 4 del actual, en Londres– hizo que la mayoría le diera la espalda al seleccionado. Así, el Millennium estuvo apenas con 36.736 personas, poco más de la mitad de lo que puede recibir. Con el estadio semivacío, los gritos retumbaban como en una caja de acero, debido a que el encuentro se disputó con el techo cerrado. Si hasta hubo momentos en los que se escucharon los diálogos entre los jugadores.
La lluvia, siempre presente en esta ciudad, obligó a que las horas previas se pasaran bajo refugios. Salvo la murga "The Batala Band", que dio vueltas por la ciudad y en el estadio, la gente estaba en los bares, bebiendo. También los pubs resultaron el punto de encuentro de muchos argentinos. Aldo Romano es de Palermo y estudia finanzas en Londres, y se escapó hasta Cardiff para ver a los Pumas. Desde Inglaterra también llegó Alda Ford, que es de San Isidro. Había gente del interior: Antonio D’Elía es mendocino, jugó al rugby en Marista y fue a la cancha gracias a la amabilidad de un integrante del staff de los Pumas (Rodrigo Jiménez Salice) que le consiguió entradas. Estaba Alvaro Aguirre, un joven tucumano que también estudia por estas tierras. Eran muchos, y todos con un propósito: sentirse de vuelta en la Argentina, al menos por 80 minutos, acompañando a los Pumas en un escenario donde el rugby se vive en una atmósfera especial.

