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"Ahora estamos en paz", exclamó aliviado un veterano socio del CASI mientras seguía, emocionado, el desfile en la autobomba de los héroes por las calles de San Isidro. La ciudad desbordó de emoción con la coronación académica N° 33. Fue como un volver a vivir después de dos décadas de austeridad. La sensación de felicidad embriagó los corazones que habían perdido la gimnasia del festejo... Justo para el que más vueltas olímpicas dio.
Despojados de la carga por recuperar los lauros, la gente del CASI sonríe otra vez. Esto es obra de los gladiadores del trío Eliseo Branca-Ricardo Espagnol-Hernán Alvarado, responsables de colocar otra vez al club en lo más alto del podio al ganarle en la final nada menos que al tricampeón SIC por 18-17.
Atrás quedaron para siempre –ya son olvido– las sucesiones de desencuentros y sinsabores. Porque aunque el tango –ése al que apelan para mofarse de la sequía– asevera que 20 años no son nada, en el CASI pasaron un montón de cosas. Y este título reivindicador puede representar el punto de partida para una vida renovada. Ojalá sirva para desterrar los enfrentamientos y los que están fuera del campo imiten al plantel campeón y se den cuenta de que el éxito es la consecuencia de empujar todos juntos para el mismo lado. Con esa mentalidad, a la Academia nadie podrá empañarle su identidad de grande.
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Al desmenuzar las virtudes del flamante monarca, lo primero por mencionar es su inquebrantable espíritu combativo. Esa disposición a no rendirse bajo ningún concepto le permitió dar vuelta partidos que parecían perdidos: los ejemplos más elocuentes fueron la semifinal y la final: a Hindú y al SIC les torció el brazo en el último suspiro. Eso es algo que no cualquiera puede conseguir; es un requisito de un auténtico ganador.
Si bien a esta formación se la recordará por la hazaña y por su coraje, es real que desde el juego el legado no es tan sustancioso. El aporte desequilibrante estuvo en la producción de los forwards, con el line como formación emblemática y un scrum sólido. Los baluartes de este grupo fueron Federico Böck –un jugador de enorme riqueza para el plantel–, Pablo Gambarini, Santiago Sanz y Jeremy Stuart. También ha sido valiosa la consolidación alcanzada por los pilares Federico Villagra y Juan Headen. La reincorporación de Juan Campero y Esteban Losada resultó gravitante (antes de ellos, Andrés Storey significó bastante en sus 13 participaciones). El bahiense Juan Manuel Doria y Pablo Guerrero hicieron lo suyo bien, y las apariciones de Joaquín Brinnand y Gonzalo Buquete iluminan el futuro.
Por afuera, la seguridad y la confianza como conductor que construyó acto por acto Federico Thomann, fue otra fortaleza; así como la presencia de Agustín Figuerola en el fondo. Entre Joaquín Pichot –lo tuvo a maltraer una lesión en un rodilla– y Ricardo Gaitán actuaron media temporada cada uno, y ambos le dieron al equipo un balance significativo. Para el mañana, no hay que dejar de apostar por Andrés Nicholson.
En el centro de la cancha, el capitán Matías Casanova levantó una muralla y contagió a sus compañeros –Juan Berges fue un fiel escudero– con el auténtico fuego de su pasión. La potencia de Norberto Méndez se notó; por las puntas, Franco Fasano y Agustín Cresta se hicieron valer.
La campaña no sólo dejó un saldo positivo por el título, sino que también sirvió como respaldo el desempeño de la Intermedia, conducida por Ricardo Gortari y Gustavo Cohen, que en la final cayó ante Hindú por 34-15, pero con al menos cuatro ausencias forzadas para preservar la aptitud del conjunto principal (guardaron a algunos hombres para tenerlos como reservas).
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Con el impulso inconfundible de su alma de campeón, forjada desde su nacimiento, el CASI ha vuelto a vibrar con el reconfortante placer de saber que el N° 1 le corresponde. Un sitial que había dejado de frecuentar, pero que le queda muy bien.
