

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.

PARÍS, Francia.– “Un grifo abierto que nada puede detener”. Esa es la imagen que la forense utilizó para describir cómo Federico Martín Aramburú se desangró una noche de 2022 en una vereda, en el corazón de París. Esta quinta jornada del juicio en el Tribunal en lo Criminal de la capital francesa comenzó con la pregunta más cruda del caso: ¿qué fue exactamente lo que mató al exback de Biarritz Olympique?
La médica que realizó la autopsia compareció en el estrado por la tarde. Ante ella, un esquema del cuerpo de Federico repleto de impactos: la víctima recibió seis disparos, efectuados con dos armas. Ningún proyectil salió del cuerpo, precisó la experta, lo que complicó la reconstrucción médico-legal de las trayectorias.
Dos de esos impactos tenían características letales, pero solo uno resultó mortal. Un proyectil atravesó un pulmón, provocando lo que la legista denominó “hemopneumotórax”: una mezcla de sangre y aire que invade la cavidad torácica. Como consecuencia directa, “la víctima perdió más de un litro de sangre, de los cuatro que componen, en promedio, el cuerpo humano”. Fue esa hemorragia fulminante, y solo ella, lo que le costó la vida a Federico Martin Aramburú.
Se estima que el tiempo transcurrido entre la herida y la muerte fue de unos cinco minutos. Un intervalo muy breve, pero suficiente para que la víctima comprendiera lo que le ocurría. Martin Aramburú tuvo fuerzas para decir que sentía que la muerte se acercaba. Sus últimas palabras —“llamá a la policía. Me voy a morir”, dirigidas a su amigo Shaun Hegarty—, de una lucidez escalofriante, no fueron solo un grito de auxilio, sino también una evidencia de conciencia sobre la sentencia definitiva de su destino. A pesar de que los servicios de emergencia actuaron con rapidez —primero, con un testigo formado en primeros auxilios, y luego, con equipos especializados—, no hubo nada que pudieran hacer.
La legista señaló asimismo que la víctima presentaba un nivel de alcohol en sangre muy elevado, superior a 1,9 gramos por litro, un factor que habría retrasado la percepción del dolor en el momento del ataque. De los seis impactos, tres heridas se localizaron en la espalda, y las otras tres, en la parte frontal, incluida una en un muslo. La de la zona de un hombro podría, por su parte, provenir de un disparo efectuado desde arriba.
Pero intentar reconstruir el orden exacto de los disparos resultó ser una tarea inútil. Los investigadores clasificaron las balas de A a D para las atribuidas a Loïk Le Priol, disparadas en un intervalo de cuatro segundos, y de la E a la F para las de Romain Bouvier. La víctima giró sobre sí durante la agresión, lo que desbarató definitivamente toda cronología precisa. Tras ser interrogada insistentemente por la defensa sobre este punto, la forense acabó perdiendo la paciencia ante los rodeos del abogado, insinuándole que hasta él mismo se perdía en la formulación de la pregunta.
Respecto a la bala E, que impactó en el tórax de Federico a 1,21 metros del suelo, la perito fue, por el contrario, categórica: la trayectoria no es compatible con un disparo dirigido hacia abajo. El otro proyectil procedente del arma de Bouvier alcanzó un muslo, a 0,71 metros del suelo. Basándose en los diversos elementos del expediente, fotografías y testimonios, la forense estimó que los dos últimos disparos fueron los mortales y que fueron efectuados cuando Martín Aramburú ya daba la espalda a su agresor.
El experto en balística, interrogado a primera hora de la mañana, había llegado a conclusiones convergentes. Los cuatro proyectiles del revólver no presentaban ninguna deformación que pudiera indicar un rebote contra el suelo. Una cuestión inédita, planteada por primera vez en el juicio por un miembro del jurado, versaba precisamente sobre la posibilidad de que los dos disparos de Bouvier hubieran apuntado al suelo. El experto descartó dicha hipótesis sin rodeos, afirmando que los dos proyectiles hallados en el cuerpo habían sido disparados directamente hacia la víctima.
Asimismo, descartó la tesis de tiros accidentales. Realizar cuatro disparos en cuatro segundos, explicó, supone, por el contrario, una destreza evidente en el manejo del arma, muy distinta al estado de estupor que provocaría un tiro accidental. Sobre la supuesta existencia de un disparo de advertencia, alegada por la defensa, se mostró cauteloso: la lógica dictaría que un intervalo de uno a dos segundos separaría la advertencia del siguiente balazo, pero no existe ningún elemento material que permita confirmarlo ni desmentirlo.
Por otro lado, una comparación balística ha establecido una coincidencia total entre los proyectiles hallados y el revólver Colt utilizado por Le Priol. En cuanto al arma de Bouvier, el experto no pudo pronunciarse con la misma certeza, ya que el cañón desapareció. No obstante, se recuperó del agua una parte del arma.
La mañana había comenzado con un tercer peritaje, dedicado esta vez a la reconstrucción de los hechos organizada durante la instrucción. Le Priol asistió a ella. Presente, Bouvier se negó a participar activamente: “No quise convertirme en un animal de feria y ser nuevamente acusado por la prensa de nazi asesino, como he leído en varios medios”, explicó. Los investigadores tuvieron que reconstruir sus cuatro disparos a posteriori, basándose en el análisis de las imágenes de videovigilancia. Un experto en balística precisó que, en el cuarto tiro, la víctima ya se encontraba de espaldas.
La reconstrucción de los disparos efectuados por Le Priol tuvo mayor precisión, gracias especialmente al testimonio de Shaun Hegarty. Durante el primer disparo, Martin Aramburú se encontraba agachado, mientras que Le Priol sostenía su arma con la mano derecha. En los últimos disparos, la víctima estaba de espaldas y continuó caminando unos instantes antes de trastabillar y desplomarse en el suelo.
Loïk Le Priol ofreció su propia versión, mostrándose visiblemente tenso en su asiento mientras el experto hablaba. Relató que Martín Aramburú lo había sujetado durante sus dos primeros disparos, los cuales calificó como advertencias, y que luego recibió un puñetazo antes de disparar a un hombro de la víctima. Según su declaración, esta lo soltó y se dio vuelta. Le Priol afirmó haber retrocedido y efectuado los tres últimos disparos a ciegas. Al ser interrogado sobre la coherencia de ese relato, el experto matizó. A su juicio, si bien el disparo frontal coincidía con una herida de entrada hallada en el cuerpo, le resultaba sorprendente que los tres últimos tiros descritos por el acusado pudieran alcanzar a la misma persona tres veces habiendo sido hechos “a ciegas”.
Antes de los debates sobre las trayectorias, la mañana había sido dedicada a un inventario minucioso de las armas implicadas. El perito balístico detalló las piezas incautadas en el domicilio de Bouvier: revólveres Smith & Wesson, Colt, Browning, una carabina Winchester y varias otras carabinas antiguas, que suman 18 armas y más de mil cartuchos. En la propiedad de la familia Le Priol, en Draguignan, los investigadores incautaron varias carabinas a repetición manual –algunas de ellas, modificadas–, una escopeta de corredera y dos revólveres Browning.
El experto recordó que muchas de esas piezas, esencialmente históricas, podían ser adquiridas legalmente si databan de antes de 1900, al igual que cierta munición asociada. Bouvier había gastado más de 24.000 euros en un sitio especializado para formar su colección, una cifra que se considera coherente con el tipo de armas halladas en su domicilio. La defensa intentó restar importancia a estos elementos, subrayando la complejidad de la clasificación de las armas por categorías, algo difícil de dominar para alguien que no es un especialista.
Al ser interrogado sobre la presencia de armas cargadas en la casa del acusado, el experto estimó que un coleccionista rara vez mantiene sus piezas listas para el uso y que un arma cargada es, por naturaleza, un arma que puede ser utilizada de inmediato. Asimismo, recordó que ningún tirador deportivo suele llevar su arma en el cinturón, una práctica que asoció más bien con personas que intentan defenderse en un contexto de conflicto o incluso con traficantes. Bouvier aseguró que sus armas no estaban cargadas cuando salió de su casa para cenar con Le Priol esa noche, y sugirió que fueron los propios policías quienes las habían cargado al comprobar la compatibilidad de los cartuchos incautados.

Al final de la tarde, el tribunal asistió al testimonio —en video y difuminado— de Alpha56, que fue superior de Le Priol en los comandos de marina. Evoca “una falta de madurez y un exceso de confianza” y “una pasión por el tiro”. En Yibuti, por ejemplo, sus compañeros lo rechazaron por dificultades de convivencia y pérdida de confianza. A ello se sumó un episodio de ”violencia contra una ciudadana yibutí” que empañó aun más su trayectoria, lo que provocó su repatriación a Francia. Tras un período de baja por enfermedad y después de que la marina descubriera sus problemas judiciales, se dio por finalizado su contrato tras siete años y medio de servicio.
«Una carrera irregular, con dificultades para respetar la autoridad militar. Demasiado apurado por tener autonomía”, resumió Alpha56. Le Priol dejó los comandos de marina con un síndrome post-traumático y un nivel de invalidez de 60%, por la cual recibe una pensión. El diálogo que sigue entre el jefe de comandos y el fiscal se asemeja a una sentencia para Le Priol: “Un comando de marina no dispara jamás a ciegas...” avanzó Philippe Courroye; “obviamente”, respondió el militar. En otras palabras, Le Priol sabía muy bien lo que hacía aquella noche.
Siguiendo el protocolo para los familiares directos de un acusado, los hermanos y los padres de Le Priol testificaron sin prestar juramento. Tres intervenciones con tres tonos muy distintos.
Aude, la hermana del acusado, que reside en Yibutí junto a su marido militar, ofreció una declaración espontánea y conmocionada. Relató una agresión contra ella, un intento de violación ocurrido años atrás cerca de una estación de RER en París, que desató un proceso judicial que duró seis años y pasó por cinco juicios. Ese trauma, explicó, marcó profundamente a su hermano y alimentó su desconfianza hacia una justicia a la que consideraba deficiente. Una abogada de la defensa se levantó para objetar que ese relato no aportaba nada a la búsqueda de la verdad. No obstante, Aude insistió en completar su testimonio, explicando que ver sufrir a su hermana sin poder intervenir había vuelto loco a Loïk. Describió a un hermano extraordinario —previsor y caballeroso— antes de que la guerra lo destruyera, y rompió a llorar al evocar una tragedia absoluta y a un hermano a quien, dijo, le cree cuando afirma que actuó en defensa propia. Aunque reconoció que él privó a unos niños de su padre, y a una mujer, de su marido.
La madre, presentada como una mujer de profunda fe, tomó la palabra con una serenidad que contrastaba con la locuacidad de su marido. Dijo rezar por la familia Martín Aramburú y esperar, algún día, el perdón. Describió a un hijo alegre y vivaz, que se convirtió en comando de la marina a los 18 años y fue enviado al frente antes de lo previsto, para regresar transformado: menos alegre, más retraído, víctima del alcohol antes de que intentara reconstruirse retomando la explotación olivarera familiar. Pensaba que estaba saliendo adelante, reveló, sin medir lo mal que se encontraba, hasta aquel 19 de marzo, día de San José, que lo cambió todo.

El padre, Denis Le Priol, más prolífico y a veces brusco, tuvo un discurso más ofensivo, y llegó incluso a justificar la posesión de armas con una referencia al desembarco de los aliados en 1944. El presidente del tribunal tuvo que recordarle la condición especial de los familiares, exentos de juramento. Denis relató sus visitas mensuales a la prisión, donde su hijo le habría contado su versión de los hechos, asegurando que se había defendido. Cristiano, afirmó rechazar que se arrebate una vida en una acera, aunque sostuvo que los actos de su hijo son asunto suyo. Asimismo, desestimó toda acusación de racismo, resaltó los valores scouts y militares transmitidos en la familia —con dos abuelos condecorados con la Legión de Honor en la Primera Guerra Mundial— y describió a un hijo apasionado por las armas, “como todos los chicos”, más hábil observando aves que en los estudios, antes de encontrar su vocación en la marina. En un testimonio cargado de emoción, aseguró que siempre apoyaría a su hijo, hiciera lo que hiciera, “sin llegar a aprobarlo”, para finalmente presentar, en nombre de toda la familia Le Priol, sus disculpas a la familia Martín Aramburú.
Este quinto día de proceso se llevó a cabo sin los familiares de Federico, presentes durante el resto de la semana. Sus miembros tuvieron que regresar a Biarritz por motivos personales, se dijo.
Así concluyó la primera semana de un proceso que sigue desgranando, día tras día, la escalofriante mecánica de una cena entre amigos que terminó en tragedia.


