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Fue el esperado grito después de tantos años de sufrimiento, el que nació de las pequeñas tribunas y se extendió por todo el campo de juego, el que viajó sin escala desde Morón a Pilar. Fue principio de un cúmulo de sensaciones que arrasó con el de las razones. Fue la despedida de tantas malas acumuladas. El viejo y querido Champagnat cumplió su objetivo. En el repechaje por el segundo ascenso al Top 12, superó merecidamente a Los Matreros Rugby Club por 42 a 36 y regresó a la élite de la URBA tras diez años de luchar en el ascenso.
Esa desesperación por los abrazos, los gritos, los llantos y la locura que reporta este ascenso son el fruto sustancioso de una campaña muy buena del club marista, sólo superada por lo que hizo Regatas Bella Vista, el inobjetable campeón de la primera A. De los 28 partidos que disputó, ganó 21, solo sufrió seis derrotas y empató una vez, convirtiéndose en el segundo equipo más anotador y el que menos recibió. Todo apuntalado en la férrea defensa y la potencia de sus terceras líneas, que lo hicieron el equipo del in-goal menos vulnerado y el segundo en tries propios.
Ayer, sin margen de error, Champagnat jugó muy inteligentemente. Estuvo invulnerable atrás, como si sus forwards se fueran multiplicando para fabricar espinosos obstáculos ante los avances de los backs contrarios. Claro, dúctil, profundo, incontenible en ofensiva, como si sus delanteros fuesen reproduciéndose y los rivales dejaran de existir en el in-goal suyo. Serio, sobrio, compacto y armonioso, llenando la cancha con un despliegue admirable y un planteo táctico desarrollado con el máximo grado de concentración.
Como trató de hacerlo a lo largo de los 26 partidos de la etapa regular y lo plasmó en la semifinal ante Los Tilos, Champagnat le hizo sentir a Los Matreros el peso de sus backs y un despliegue físico infinito. No dejó dudas de sus ambiciones de ser parte nuevamente de la élite. No brilló los 80 minutos, pero con bases sólidas fue contundente.
Del primer tiempo, un poco víctima del viento y otro poco de imprecisiones, se fue abajo 24 a 13, más allá del tempranero try de Rivas Orozco. En la segunda etapa la historia fue bien distinta: defendió con fiereza dentro de su área de 25 yardas, aprovechó más el poderío de su scrum y fue contundente cada vez que atacó. Tomás Baca Cartex, la figura del partido, y Tomás Cotter Daireaux estiraron diferencias junto a la puntería de Gonzalo Costaguta.
Se podrá argumentar que Champagnat contó con actores que marcaron la gran diferencia en la soleada tarde de Castelar. Pero la realidad es que detrás de las reconocidas virtudes individuales –siempre determinantes para medir la mayor o menor riqueza de un conjunto– hubo un equipo generoso, funcional, muy atento a la demanda de un repechaje que requirió mentalidad ganadora. Baca Castex fue una gacela convertida en tryman (hizo cuatro); Santos Panelo, un titiritero que movió a los backs al ritmo de sus manos, y Tomás Distel, un tanque dispuesto a todo en defensa y ataque. Receta más que efectiva.
“Ellos pensaron que íbamos a usar el viento, pero los sorprendimos porque salimos jugar y logramos desequilibrarlos por los costados, moviendo la pelota a los espacios”, analizó el entrenador Federico Domínguez, a cargo del plantel superior desde 2019 junto a Facundo Villanueva. “Este logro no es ninguna casualidad. Refleja el crecimiento del club, después de tocar fondo”, agregó Tobías Rivas Orozco, unos de los potentes backs maristas.
El derrotero de Champagnat en la última década fue una montaña rusa de emociones, que ayer tuvo su máxima expresión. Durante estos años el equipo que hoy hace de local en Estancias del Pilar pasó de jugar Top 12 a la primera B. Luego de un par de temporadas en la tercera categoría, logró el ascenso a la A en 2018 y, tras la interrupción por la pandemia, en 2021 comenzó un período de recambio y estabilidad institucional que derivó en este ascenso al Top 12. “Desde hacía varios años veníamos buscando esto. Es el final para mí; me retiro con la tranquilidad de que Champa volvió al Top 12″, anunció, embargado por la emoción, Martín Cordeyro, el único sobreviviente del plantel que descendió en 2013.
Diez años después de aquel descenso, Champagnat vuelve al Top 12. Ahí están sus hinchas y sus jugadores mirándose a los ojos, cantando y bailando, convocando al asombro, seduciendo a los pliegues del alma que aún parecen no convencerse de lo que ocurrió. Por la locura, la fiesta y ese grito atronador que indicó su vuelta a la elite del rugby local.


