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El elefante duró lo justo y necesario, pero no soportó el peso de tanta emoción. En realidad, ese enorme paquidermo de plástico lo que no aguantó fue el peso de los cuatro jugadores que viajaron montados en el lomo desde Benavídez hasta Don Torcuato, anteayer, en la caravana que marcó el comienzo de los festejos de Hindú por la obtención del título del torneo de la URBA. Fue el principio de una noche muy larga, con tragos, música, fuegos artificiales y todo lo que una celebración que se precie de tal debe tener.
"Me echaron la culpa a mí. ¡Si yo no hice nada!", se defiende entre risas Toto Fernández Miranda, el hombre que siempre tiene una broma a mano, respecto del derrumbe del elefante, el símbolo de Hindú en la tarde del sábado en Newman. Y no fue lo único que estuvo a punto de derrumbarse en los festejos torcuatenses: LA NACION reunió a 12 jugadores que integraron el plantel del campeón para que cuenten sus vivencias y anécdotas del título. Y, para la foto, se subieron al puente de los juegos que están a un costado de la cancha principal, en Don Torcuato. "Che, paren de moverse. ¿No ven que esto parece que se viene abajo?", se quejaba con una buena dosis de susto Patricio Solano. Sin atender los ruegos del segunda línea, Francisco Díaz Bonilla se movía y saltaba sobre la baranda del puente; el try-man del torneo era el más inquieto. Y el resto (Martín Cayupi, Esteban Durand, Mauro Costa, Santiago Senillosa, Horacio Agulla, Andrés Lo Bianco, Juan Ignacio Gauthier, Diego Liberato, Francisco Bosch y Toto Fernández Miranda) buscaba la mejor pose para la cámara, hasta que empezaron con el grito de "Dale campeón". Y el puente, otra vez, amagó con desmoronarse.
La tarde del día después de la consagración, los jugadores se reunieron en el club, como hacen todos los domingos. Pero esta vez había una cuestión bien diferente: en sus manos tenían la Copa que la URBA les entregó por ganar la final del torneo, a Alumni, por 20-5.
La otra diferencia con otros domingos fue el cansancio que pesaba en los cuerpos de los campeones. La fiesta empezó bien temprano y terminó... bien temprano por la mañana. Porque bajo la lluvia, en la madrugada del domingo, los que todavía quedaban en el club se pusieron a jugar una tocata. Y se acostaron a las 9.
Antes habían pasado una de las mejores noches de su vida. Llenaron la Copa de campeones con cerveza, vino, champagne... y la vaciaron varias veces. Hubo un imitador de Rodrigo ("Era un farsante, hacía playback", se quejó alguno después) y, más tarde, tocó la banda que comparten el Zorro Díaz Bonilla, su papá Diego y el Cubano Bosch. En el medio, hubo un show de fuegos artificiales y mucha música, en la lluviosa noche en Don Torcuato.
Por la tarde, fueron llegando al club, como todos los domingos. Y ante la propuesta de LA NACION, se entusiasmaron en armar una gran foto. ¿El organizador? Agulla, el veloz y fuerte fullback, se encargó de ir juntando uno por uno. Los convocó y fue a buscar al vestuario la enorme bandera celeste y amarilla que suele decorar el tejado del club house. Si hasta se subieron allí para tener una imagen atípica, pero una orden los hizo cambiar de idea. ¿Dónde, entonces? A los juegos. Y entre risas, contaron la experiencia de ser campeones.
"Sí, fue bravo el partido con Alumni. El momento clave fue esos 15 minutos que nos tuvieron contra el ingoal. Pero nuestros forwards se la bancaron y ahí ganamos el partido", explicó Agulla. "Creo que lo bueno que se dio este año es que nadie nos tenía entre los favoritos. Nadie hablaba de nosotros y eso nos vino bien", comentó Durand, un tercera línea de gran rendimiento en la etapa final del torneo. Por cierto, el fue uno de los pocos que se guardó la camiseta de la final de recuerdo. El resto cumplió con los pedidos de amigos, novias y familiares.
Cábalas, como es lógico, hubo varias en el torneo, pero ¿promesas? "Los forwards nos juntábamos todos los viernes a comer en la casa de Mateo Iachetti. Sandro, el papá, tenía un licor muy raro, que tenía una pera adentro. Y Sandro nos dijo que si salíamos campeones, podíamos abrir la botella y comernos la pera. Bueno, lo hicimos. ¡No sabés lo fuerte que era! Tenía una graduación alcohólica de 70, más o menos. ¿Sabés lo que fue comer eso? Me volteó", contó Liberato.
Igual, eso no los detuvo para seguir con la fiesta. Hindú consiguió lo que anheló durante tantos años. Ahora es momento de disfrutarlo. Con la Copa en las manos.

