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NUEVA YORK.– Una noche de la semana pasada, Gaël Monfils, un tenista francés de 40 años y auténtico showman, era el dueño de la escena en el estadio Louis Armstrong. Fascinaba a una multitud ruidosa en la segunda cancha más grande del US Open, pero también en la que tiene fama de ser la más cool.
Cerca del retiro, Monfils probablemente estaba disputando su último Grand Slam. Dos noches antes había deslumbrado en Armstrong con una remontada que incluyó uno de sus golpes característicos: el revés saltando. Después de aquel partido, el público le cantó el “Feliz cumpleaños”.
Ahora, frente a Learner Tien, un estadounidense de 20 años en pleno ascenso, Monfils volvió a encender al público. Aullaba de alegría incluso antes de que sus golpes llegaran a destino y pedía más ruido llevándose un dedo a la oreja. Los espectadores coreaban su nombre antes de los saques, contenían el aliento al unísono durante los intercambios tensos y sufrían colectivamente cada pelota que quedaba a centímetros de la línea.

Jugador y público parecían unidos para disfrutar, quizá por última vez, de una alegría compartida. Sólo cuando el sacador se acercaba a la línea, los espectadores recuperaban un silencio reverencial.
Bueno, casi todos.
Los sonidos son una parte esencial del tenis. El ritmo de los golpes hipnotiza a los aficionados y proporciona a los jugadores información fundamental para seguir la trayectoria de la pelota rival. El esfuerzo físico aparece en los gruñidos y la personalidad queda expuesta en los gritos de triunfo o desesperación. Los jueces de silla suelen pedir silencio durante los saques y los intercambios.

Pero en el US Open, lo máximo que uno puede esperar es un murmullo constante. Y cada año ese murmullo parece ser un poco más fuerte. Monfils hizo picar la pelota.
–¿En qué estás invirtiendo?
Tres hombres de unos 40 años continuaban con su conversación en una de las bandejas inferiores de la tribuna, perfectamente audibles desde varias filas de distancia.
Monfils lanzó la pelota al aire.
—En todo tipo de mierdas, hombre.
Monfils golpeó con fuerza al otro lado de la red.
—¿Esquiaron este año?
Siguieron hablando durante el intercambio. Se detenían para dejar pasar el rugido del público y retomaban la conversación apenas volvía el siguiente momento de silencio.
Con Monfils abajo 3-5 y enfrentando los últimos puntos de su partido, uno de los hombres se levantó para ir al baño y comenzó a avanzar por la fila mientras decenas de espectadores estiraban el cuello para seguir uno de los últimos intercambios de la carrera del francés.
A medida que el US Open ha ganado popularidad, aquel evento relativamente de nicho, pensado alguna vez para fanáticos incondicionales del tenis, se transformó en uno de los festivales de verano más atractivos de Nueva York.
Incluso personas que no tienen demasiado interés en el deporte pueden pasar unas horas allí con amigos, comer platos de alta gama de Fuku o Red Hook Lobster Pound, comprar productos exclusivos de Lululemon y Nike y participar de promociones de marcas como La Roche-Posay y JPMorgan Chase.

Hay jornadas enteras patrocinadas por empresas: HBCU Day y Pride Day comparten una semana con Emirates Day y Ticketmaster Day.
El US Open envía notificaciones con análisis previos de los partidos patrocinados por Kalshi, su socio oficial de mercados de predicción. Las redes sociales están llenas de publicaciones con consejos sobre cómo vestirse y qué comer.
El resultado es una mezcla de culturas y ruidos que pone a prueba la paciencia de los jueces de silla, que cada vez con mayor frecuencia deben ordenar a los espectadores que se callen o vuelvan a sus asientos.
Tres amigas de Texas hicieron este verano su primer viaje al US Open después de años de verlo mencionado en las redes sociales. “El deporte, la gente, la ropa”, dijo Ashley Gomez, una enfermera de 27 años.
Su amiga Mina Idris, también de 27 años, había crecido jugando al tenis y viendo partidos con su padre. Quería probar los famosos nuggets de pollo con caviar de 100 dólares, pero el puesto se había quedado sin existencias a media tarde. Terminó comiendo un lobster roll.
Abdoul Kane, un traductor retirado de Naciones Unidas de 71 años que vive en Brooklyn, comenzó a asistir al US Open a finales de los años 90. “La mitad de las personas que están hoy aquí no estaban entonces”, dijo.

Según Kane, el público comenzó a cambiar hace unos cuatro años. El tenis —como el golf, Pokémon y tantas otras cosas— había ganado popularidad durante la pandemia. Cuando el mundo volvió a abrirse, la gente comenzó a llegar al US Open en cantidades cada vez mayores.
La asistencia alcanzó un récord en 2022, con alrededor de 776.000 espectadores, después de dos décadas en las que se había mantenido entre 600.000 y 750.000. En 2025 ya había superado los 900.000.
Los últimos años de Serena Williams en el circuito también impulsaron el interés. La presencia de la 23 veces campeona de Grand Slam atrajo a personas que no seguían demasiado el tenis pero la adoraban. Llegaron las celebridades.
Las redes sociales se llenaron de jóvenes vestidos con ropa urbana de moda, tomando Honey Deuces y posando delante de las canchas azules con alguna de las gorras características del torneo, disponibles en casi una docena de colores.
El hijo de Kane, Salim, de 22 años, asiste al US Open desde que tenía 8. Recuerda una época en la que el público estaba formado principalmente por “personas felices de ver tenis”. Padre e hijo celebran el crecimiento de la popularidad del deporte, aunque no están encantados con que los precios cada vez más altos les impidan asistir con tanta frecuencia.

“La llegada de TikTok y de estos influencers que vienen simplemente por las sensaciones del lugar –dijo el mayor de los Kane– ha contribuido a que los precios empiecen a dispararse”.
A diferencia de otros Grand Slam, disputados en países donde se limita la reventa de entradas, los precios del US Open suben en función de la demanda en Ticketmaster, su socio oficial de reventa. Una entrada cuyo precio original es de 65 dólares puede venderse por más de 300 o por apenas 40, dependiendo de qué partidos terminen jugándose en qué canchas.
Los espectadores veteranos saben cómo aprovechar al máximo su tiempo en el predio. Años de experiencia les enseñaron a moverse por la enorme complejidad del torneo. El estadio Louis Armstrong suele estar en el centro de sus planes.
La cancha principal, Arthur Ashe Stadium, es el estadio de tenis más grande del mundo, con capacidad para 23.000 personas. Allí juegan las grandes estrellas y los precios de las entradas son los más altos.

También suele atraer a espectadores ocasionales que llegan tarde, hablan durante los intercambios y parecen más interesados en sacarse fotos que en comprender el deporte. Las recientes remodelaciones de Ashe incluso agravaron el problema: ampliaron el sector de suites y la bandeja inferior y redujeron el sector superior.
El Louis Armstrong no tiene suites. La bandeja superior está abierta para cualquiera que tenga un pase general para el predio y una entrada en la parte baja puede costar, a veces, la mitad de lo que vale una ubicación en la última fila de Ashe.
Por eso, el Armstrong suele recibir a las estrellas emergentes que luchan por ganarse un lugar en Ashe. Este año allí jugaron la filipina Alex Eala y el estadounidense Frances Tiafoe, uno de los favoritos del público, que ganó sus 10 partidos disputados en Armstrong, incluidos cuatro este año. Tiafoe la llama “la cancha del pueblo”.
Monfils estaba allí cuando definió al público de Nueva York como su favorito después del de París. Es un público lo suficientemente apasionado como para soportar incluso a unos cuantos tipos hablando de sus vacaciones de esquí.
Un grupo de antiguos compañeros de equipo de tenis de la escuela secundaria, provenientes de Vermont, dijo que prefería las canchas exteriores, donde resulta mucho más sencillo encontrar asientos en primera fila detrás de la línea de fondo.
Todos tenían alrededor de 20 años y ahora vivían en distintos lugares del país. Era su tercer US Open consecutivo juntos, una tradición que comenzaba a consolidarse.
“Es caro, pero es fantástico”, dijo Isaiah Litchfield, de 25 años, cuya alimentación aquella semana incluyó un bowl de bulgogi de 28 dólares. “Si te preocupás demasiado por tu presupuesto, le estás quitando algo a la experiencia”.
A última hora de la tarde, cuando confluyen los espectadores de la mañana y los de la noche, el público alcanza su punto máximo. El predio se convierte en un laberinto lleno de vida, con embotellamientos y corrientes de personas moviéndose en todas las direcciones.

Las canchas exteriores se llenan de aficionados entusiasmados, capaces de convertir incluso un partido entre jugadores desconocidos en algo que parece una final. A medida que avanzan los partidos de la tarde, los rugidos atraviesan todo el complejo.
Algunos espectadores siguen el ruido y se agrupan alrededor de los encuentros más emocionantes, muchas veces en las canchas exteriores más grandes: Taylor Townsend en el Estadio 17 o Stan Wawrinka en el Grandstand. Otros caminan sin rumbo fijo, entrando y saliendo de los partidos, recorriendo los locales y probando comida.
Una tarde reciente, las colas más largas eran para conseguir protector solar gratis, el cóctel insignia de 23 dólares, el French dip de 38 dólares y la ropa oficial del US Open.
Los amigos de Vermont encontraban aspectos positivos en la creciente popularidad del tenis. “Quizá esto evite que las canchas de tenis sean reemplazadas por canchas de pickleball”, dijo Litchfield. Pero había algo que los molestaba: las entradas desperdiciadas. Asientos vacíos dentro de Ashe mientras miles de aficionados al tenis recorrían el predio. Ocurrió casi todas las noches durante la primera semana del torneo: asientos vacíos al comienzo del primer partido nocturno y todavía más al final del segundo, incluso cuando jugaban los jugadores más populares.
No todos los espectadores están dispuestos a quedarse cinco o seis horas viendo tenis y después subir a un tren o un auto mucho después de la medianoche para regresar a casa.
Un ejecutivo de publicidad llevó el miércoles por la noche a un grupo de clientes y colegas al Ashe. Mientras Aryna Sabalenka, una de las mejores jugadoras del mundo, disputaba su partido de segunda ronda, el ejecutivo —que pidió mantener su nombre en reserva, por razones bastante obvias— tomaba una cerveza en el corredor del estadio.
Dijo que no era demasiado fanático del tenis, que no sabía quién estaba jugando y que esperaba que la próxima oportunidad para llevar clientes a un evento llegara “después de que empiece la temporada de los Knicks”. No pensaba quedarse demasiado tarde.
Una noche de la semana pasada, después de que un partido masculino durara casi cinco horas, Venus Williams recién pudo entrar a la cancha después de la medianoche. Con gran parte de la bandeja inferior vacía, los acomodadores permitieron que espectadores de la parte superior se trasladaran hacia adelante.

Los amigos de Vermont se preguntaban: “¿Por qué no abrir esos asientos vacíos para todos los que tienen un pase general?“. ”Están ganando demasiado dinero", dijo Andy Phelan, de 25 años". Al final del día, eso es lo que les importa.
El jueves por la noche, en el partido principal de la sesión nocturna del Ashe, Coco Gauff, una de las mayores estrellas del tenis mundial, ingresó a la cancha entre aplausos provenientes de tribunas que estaban medio vacías. Grandes sectores de la bandeja inferior permanecieron desocupados durante buena parte del primer set.
En varias suites, la gente se concentraba alrededor de las mesas del buffet. Cuando las tribunas comenzaron a llenarse a mitad del partido, los espectadores que habían llegado temprano empezaron a compartir sus filas con personas que bajaban apresuradamente por las escaleras durante los saques o atravesaban las filas durante los intercambios, intentando mantener equilibradas sus bebidas.

Los acomodadores tuvieron que llamar varias veces la atención de personas que se habían metido en los pasillos para conseguir mejores fotografías. “Se paran justo delante del cartel que dice ‘prohibido pararse’ y después se enojan conmigo”, contó uno de los acomodadores.
Cuando el Ashe se llena por completo después de que cae la noche, los espectadores finalmente disfrutan de la experiencia que fueron a buscar. Los aviones despegan del cercano aeropuerto La Guardia. Los trenes ingresan al patio ferroviario contiguo. Los camiones circulan por las calles que están apenas detrás del alambrado. El US Open fue el primer Grand Slam disputado en un parque público y también el primero en ofrecer premios iguales para hombres y mujeres.
No es tan estricto con las viejas tradiciones del tenis europeo que representa Wimbledon. Las multitudes son más ruidosas y cada vez incluyen más aficionados nuevos que desconocen las normas de comportamiento del tenis.

“Querés la energía de Nueva York. Es cruda, es real”, dijo Arika Bobb, una californiana de 45 años que asiste al US Open desde que era adolescente.
En sus momentos más bulliciosos, las conversaciones dentro del Ashe pueden alcanzar tal volumen que llegan a tapar los sonidos de la cancha. Pero también pueden absorber todos los sonidos que hay alrededor, como una gigantesca manta de ruido blanco.
🇺🇸🚨 ARRUINAN TODO: En el US Open, el juez frenó el partido para retar a un grupo de "influencers" afroamericanos que estaban grabando un Tiktok a los gritos en medio del encuentro. pic.twitter.com/D7PfL2lxyd
— MAGAzine (@MAGAzineLDD) September 4, 2026
El miércoles, sin embargo, Naomi Osaka no salió a la cancha Ashe hasta después de las 22. A medida que se acercaba la medianoche, el público comenzó a retirarse y buena parte del murmullo desapareció. Ya avanzada la noche, mientras Osaka luchaba por conservar su ventaja, un grupo de personas ubicado en una suite, aparentemente grabando un TikTok, rompió el silencio previo al saque. El ruido fue tan fuerte que el juez de silla exigió silencio.
El incidente se volvió viral y provocó críticas contra las grandes marcas que patrocinan a influencers para que generen contenido durante el US Open, contribuyendo a lo que parecía ser una creciente ola de espectadores ocasionales que interrumpen los partidos.
Naomi Osaka on the upsides and downsides of the USTA inviting a lot of influencers to the U.S. Open:
— The Tennis Letter (@TheTennisLetter) September 3, 2026
“If you come to a sporting event, you have to respect the sport. I feel like it’s common courtesy to read up on the sport. Especially the etiquette. It could be a good thing for… pic.twitter.com/TOzb9vocaZ
“Querés que la gente siga haciendo crecer el deporte. Simplemente creo que tiene que hacerse de una manera en la que todos conozcan las reglas y la etiqueta”, dijo Osaka durante una conferencia de prensa.
Gauff sugirió que los patrocinadores de las suites colocaran carteles para explicar a los invitados las normas de comportamiento del tenis. “A veces es su primer partido de tenis y no saben cómo comportarse. El Ashe es una cancha muy ruidosa, así que estoy acostumbrada, dijo en una conferencia de prensa.
El jueves, tres amigos de Nueva York, todos de unos 40 años, dijeron que habían pagado alrededor de 380 dólares cada uno por entradas en la bandeja inferior de Armstrong. No lo hicieron para ahorrar dinero ni para ver a un jugador en particular. Simplemente preferían el ambiente. “Es un mejor estadio”, dijo uno de ellos. Llevaba diez años consecutivos asistiendo al US Open. Eran fanáticos del tenis de toda la vida y habían visto tantos partidos que no les molestaba perderse algunos intercambios mientras conversaban durante el último tramo de la legendaria participación de Monfils en el torneo.
Levantando la voz para competir con los cánticos del público, hablaron sobre sus trabajos, sus planes de viaje e incluso sobre su próximo viaje relacionado con el tenis. Siguieron conversando mientras Monfils recibía una última ovación del público del US Open. Después, el francés abandonó la cancha. Y el partido de la madrugada pudo comenzar.
