Juan Martín del Potro-Novak Djokovic: el tandilense cayó en tres sets en cuartos de final de Roma

Internazionali BNL dItalia ATP World Tour Masters 1000 / WTA Premier
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Novak Djokovic SRB
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J. M. Del Potro ARG
Ariel Ruya
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17 de mayo de 2019  • 20:08

"Sentí que volví a jugar al tenis". Juan Martín del Potro bailaba sobre las nubes el 7 de agosto de 2016. No fue un día más. La primera rueda de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro lo encontró en plenitud: siempre le agradaron las grandes luces, los espectáculos de primera. Se aburre en las batallas de tercera línea, se convierte en gigante en las grandes ligas. Derrota al serbio Novak Djokovic por un doble 7-6 y confirma la teoría: está de vuelta, una vez más, aunque mejor que nunca. Ese día está marcado en su agenda como el impacto que necesitaba para volver a ser, un trampolín que supo de varias subidas y bajadas. El serbio, uno de los grandes de la historia, lo suscribió tiempo después: "Todos sabemos de los problemas de lesiones que lo dejaron fuera del tour por dos o tres años. Pero siempre fue un jugador Top 5, eso está a la vista de cualquiera. Incluso cuando decayó en el ranking y debió empezar de nuevo, pero todos sabíamos que él tiene la capacidad y la jerarquía para llegar, era sólo una cuestión de tiempo. Creo que eso comenzó en Río, en los Juegos Olímpicos de 2016... Ahí empezó a jugar con más confianza. Obviamente ha jugado de manera cada vez más consistente en los grandes torneos, eso es lo que lo llevó a ser el número 3 del mundo".

Fue allí: en Río de Janeiro. Y es ahora, en Roma, en un Masters 1000, en donde desecha definitivamente los fantasmas de las molestias en la rodilla derecha y vuelve a la caza de la historia, a los 30 años. Djokovic lo inspira: tan cerca, tan lejos, pierde por 4-6, 7-6 (8-6) y 6-4, en más de tres horas, en los cuartos de final sobre el polvo de ladrillo del Foro Itálico y es, lógicamente, su mejor versión en un traumático 2019. Es la madrugada del sábado en la fresca primavera romana.

"Olé, olé, olé, Delpo, Delpo", suena en las gradas, un estímulo que lo reconforta. No antes de las 15 de mañana, Nole se cita en las semifinales contra Diego Schwartzman, que horas antes da un golpe sobre la mesa, en el triunfo frente al japonés Kei Nishikori por 6-4 y 6-2. En la otra semifinal, Rafael Nadal chocará con el griego Stefanos Tsitsipas, beneficiado por la baja de Roger Federer, un acto de precaución. "Lo lamento por Roger. Hubiese sido fantástico enfrentarlo en semifinales, pero chocaré con un rival muy duro como Tsitsipas. "Así funcionan las cosas a veces en el tenis. Son parte de este juego", explica el español, que cayó en Madrid contra el griego y no ganó en 2019 en su superficie ideal.

Se trata de otra de las resurrecciones de Delpo. En Madrid, probó con éxito la rodilla derecha -el 11 de octubre último, en Shanghai, sufrió una fractura de rótula de trazo vertical y sin desplazamiento- por primera vez en la competencia (primero, en dobles, después, en singles); en Roma, una semana después, en un súper jueves, jugó dos partidos en el mismo día, ganó sin perder sets y volvió a los cuartos de final de un M1000. Enfrente, tenía a Djokovic.

Es una noche de gala, en el estadio principal alborotado del Foro Itálico, con 14 grados que parecen un hervidero, con lluvias pasajeras que por un rato se desvanecen. Delpo camina por la cornisa durante el primer parcial, pero lo saca adelante, con una derecha furiosa, el saque en sintonía y un revés cruzado potente, como el de los viejos tiempos. Tambalea, pero resiste: se salva de seis quiebres, con la mano caliente. Nole no lo puede creer: el tandilense está, verdaderamente, de vuelta. Se transforma la ecuación durante el segundo capítulo: a tal punto, que en el descanso de un incómodo 2-5, se queja enérgicamente por el estado de la cancha -fue mojada- con Carlos Bernardes, un brasileño que habla un español perfecto. Se recupera, alcanza el tie break y falla dos match points; el primero, un misterio. Nole olfatea la herida, se queda con el tie break y grita, desaforado, golpeándose el pecho al estilo Mauro Zárate.

Se trata Del Potro con un especialista los dedos del pie derecho, que le arde, al punto de cubrirse la cara con la toalla blanca. El tercer juego lo encuentra con los brazos elevados, una descarga que el público aplaude y hasta un choque de manos con su adversario, después de una sutileza. Pero no hay caso: el serbio es mejor cuando el destino apremia.

Djokovic es un amigo. Se saludan en el centro de la escena, como ocurrió en la final del US Open del año pasado, el 10 de septiembre. La noche de Nueva York lo envolvió en un llanto interminable, hasta que el serbio lo consoló. Más de una vez, lo espió en el mismo espejo, aquejado por serias molestias físicas. "Intento recordarme a mí mismo por qué empecé a jugar este deporte. De ahí es de donde saco mi energía. No soy el primer jugador en enfrentarme a lesiones importantes. Pienso en Del Potro. Él es alguien que ha enfrentado circunstancias aún más difíciles, como dos o tres años de problemas, varias cirugías, regresos al circuito, jugar, no hacerlo tan bien y teniendo que retirarse varias veces. Ese tipo de historias inspiran", contó, alguna vez. "Es un gigante amable, es así y la gente lo ve. Es alto, tiene un gran juego, pero a la vez nutre los valores correctos de la vida. Se interesa por su familia, por sus amigos, respeta a todos, lucha en cada partido de principio a fin. Creo que la gente lo vincula con eso y aprecia todo lo que él le da al tenis, por eso lo aman como es". Es noble el sentimiento de Djokovic, que no para de ganar. Del Potro, aún en la derrota, acaba de lograr un símbolo triunfo, imprescindible para espiar Roland Garros y el futuro entero, con una sonrisa, de oreja a oreja.

Por: Ariel Ruya

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