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La semifinal de la Copa Davis cruzará a la Argentina por primera vez en la era moderna con un viejo conocido: España. El fin de semana del 19 al 21 de septiembre, en Madrid o Barcelona, será especial para los tenistas de ambos países, porque la afinidad, el idioma y la pasión por una superficie en común, el polvo de ladrillo, unen en gran parte de la temporada a los hombres de la Armada y a nuestros legionarios. Pero si bien hay promesa de una serie pareja, bien vale detenerse en cómo los españoles se convirtieron en la mayor potencia de la actualidad.
El suceso de España es producto de un trabajo de muy largo plazo. La semilla fue plantada a principios de los años 80, tras los resultados que, desde principios de los 60, lograron Manuel Santana, Andrés Gimeno, Manuel Orantes y José Higueras.
La Armada se desarrolló y creció en Barcelona, cuando de una escuela dirigida por Pato Alvarez surgieron los hermanos Sánchez -Emilio, Javier y Arantxa- y un argentino: Martín Jaite. Por esos días, la capital de Cataluña jugaba las fichas al desafío de ser sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Y uno de las caminos para llevar a cabo ese sueño era apuntalarlo con un crecimiento deportivo, por lo que el tenis se transformó en uno de los pilares en los que se cimentó la base española rumbo a la cita olímpica.
Una empresa, la panificadora Bimbo, se acercó a la Federación Catalana de Tenis para apoyar el boom que provocaron los Sánchez. El lema fue que "de nuestra escuela salgan y triunfen en cualquier lugar del mundo". La primera medida fue elegir chicos de los clubes y hacerlos competir por toda España. Los catalanes buscaron ciudades que desearan participar del proyecto, invirtieron en profesores, y los chicos que fueron surgiendo -Bruguera, Berasategui, Carlos Costa, Moya, Corretja, Ferrero, Albert Costa- accedían gratuitamente a los centros nacionales de alto rendimiento, ejemplo que desde hace seis años se practica en nuestro país con la escuela de la AAT, que funciona en el Buenos Aires Lawn Tennis Club.
En la apuesta, España puso el capital, pero firmó un contrato de reaseguro: a la hora de ingresar en el profesionalismo, los tenistas debían devolver con sus ganancias unos 30.000 dólares, la cuarta parte de lo que se había invertido para formarlos. La meta era seguir alimentando la base para no cortar el crecimiento de la pirámide. La fábrica ya estaba en marcha y el efecto se propagó a Valencia -de allí surgieron Ferrero y el ruso Marat Safin-, La Coruña y Madrid.
También se agregó un estudio de los jugadores, que tuvo como timonel al médico Angel Ruiz Cotorro, quien los acompaña a todos los torneos y conoce detalles de la vida de todos: qué comen, cuántas veces se entrenan y hasta la posición en la que duermen...
A principios de los noventa, la Armada ya tenía sus primeros barcos . Jordi Arrese, hoy integrante del G-3 junto con José Perlas y Juan Avendaño, el grupo de coaches que se ocupan de la capitanía de la Davis, se quedó con la medalla plateada en Barcelona. En 1994, Bruguera sumó su segundo título seguido en París al derrotar a Berasategui en la primera final española de Roland Garros; Carlos Costa, Corretja y Moya, entre 1993 y 1995, se adueñaron del South American Open, en el Buenos Aires. En 1998, Moya venció a Corretja en Roland Garros, y en marzo de 1999 llegó al N° 1 del mundo. Y en 2002, Albert Costa le ganó a Corretja y se convirtió en el rey de París.
Pero faltaban resultados en superficies rápidas y plasmar el éxito por equipos, tal como lo hicieron Arantxa Sánchez y Conchita Martínez en la Fed Cup. Los jugadores pidieron la construcción de canchas rápidas y el primer resultado fue el Masters que Corretja le ganó a Moya, en Hannover.
Solamente faltaba la ensaladera de plata. El maleficio debía romperse. Jugadores y entrenadores se unieron y, a fines de 2000, el Palau Sant Jordi, en Montjuic, fue testigo del triunfo ante Australia (3-1), la máxima hazaña de la Armada. La potencia que, en septiembre próximo, se medirá con la Argentina. A la que respeta. Porque sabe que en polvo de ladrillo, la Legión es como una astilla del mismo palo.



