Tocó el cielo

Con una gran preparación y una actitud ganadora, Héctor Velazco abrazó la gloria en la noche del Luna Park: atrapó la corona de la OMB tras vencer al húngaro András Gálfi por KOT
Diego Mazzei
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12 de mayo de 2003  

La estampa es ideal para el retrato. Cada músculo se destaca cuando esa mano izquierda busca destino de impacto. Físico impecable el de Héctor Velazco; porte de gladiador medieval sin espada ni escudo. Apenas un par de guantes y un alma gigante, ambiciosa de gloria, como elementos de lucha. Alza los brazos y mira hacia arriba, mientras los flashes le invaden las pupilas y el Luna Park guiña un ojo. Otro hijo dilecto llegó al olimpo. Otro argentino saldrá por Bouchard y subirá por Corrientes con el cinturón de campeón mundial abrochado a su corazón.

En la cima de su madurez deportiva, Héctor Javier Velazco, a 8 días de cumplir 29 años, vivió la noche por la que había soñado tantas mañanas de frío y lluvia corriendo en soledad por las playas de Villa Gesell. Enfrente, de actitud ofensiva invisible, nula, de mandíbula de hierro, el húngaro András Gálfi gesticula casi por inercia un rostro magullado por tanto castigo.

Velazco tomó la posta de una categoría emblemática para el boxeo argentino. Se consagró campeón mundial de los medianos por la OMB, el premio ideal para un peleador humilde, trabajador silencioso, enemigo de las excentricidades y del petardismo dialéctico.

Un Luna Park poblado por casi 10.000 personas alentó cada embate de este Velazco que ofreció una preparación física ejemplar y una fortaleza mental que exigía un desenlace con la corona en sus brazos.

El argentino se aprovechó de la timidez del visitante e impuso el recto de izquierda con velocidad y de manera repetida. Y con fuerza, además. Ese jab que fue enrojeciendo, primero, y deformando, luego, el rostro del desorientado Gálfi. Velazco ofreció como gran virtud la variedad y cantidad de golpes lanzados, fundamental en el boxeo moderno y no habitual entre los representantes argentinos, acostumbrados muchas veces a fiarse de una mano salvadora.

Como había anticipado, Velazco salió a demolerlo. Y lo hizo, sobre todo, con el gran trabajo al cuerpo. Gálfi, que prácticamente no colocó un golpe de peligro en toda la pelea, pidió la presencia del médico cuando tenía que salir a disputar el 8° asalto. "Veía doble, por la herida", explicaría luego. Porque el húngaro, cuya ambición boxística resultó más enigmática que su estilo, no quiso más. El corte sobre el ojo derecho y la paliza que estaba recibiendo habían sido demasiado.

El público aplaudió, aunque se retiró entre la bronca por la actitud estratégica de Gálfi y la expectación no saciada de un desenlace más explosivo.

Héctor Velazco se envolvió imaginariamente a las banderas de Villa Gesell, echó un último vistazo a la inmensidad del Luna Park y se dedicó a gozar de la recompensa más deseada.

El gimnasio y el plan a futuro

"La gente no sabe todo el sacrificio que hice para esto. No tengo dudas de que el título lo gané en el gimnasio", señaló Héctor Velazco, en clara alusión a los siete meses de preparación rigurosa que desarrolló con su entrenador, Mario Gribcic.

Todavía no está claro el plan futuro de Velazco. El campeón en receso de la categoría, el namibio Harry Simon sufrió graves lesiones en un accidente y tiene problemas judiciales. En el caso de que pueda volver a pelear, deberá medirse obligatoriamente con Velazco, pero si no lo hace en el plazo de 6 meses se le quitará la condición de campeón.

Reconocimiento

Velazco llevó con orgullo la camiseta de Nueva Chicago que le regaló un amigo. Ayer, fue agasajado en Mataderos antes del partido con Huracán; el campeón lució el flamante cinturón y recibió una plaqueta del presidente del club local, Juan Guerra.

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