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Se nota que es hombre de turf Ignacio Solá. Que lo es desde antes de empuñar el pincel o al menos que había puesto interés en el caballo previamente a colorear telas. Y él mismo admite que ese animal estuvo antes de que se dedicara a la otra faceta de su vida, más científica y casi dejada en el camino ahora: la veterinaria.
"Jamás habría estudiado si no hubiera podido trabajar con caballos", enfatiza en su atelier de Palermo. Una profesión que casi no ejerció y ya no ejerce, desde que se tomó en serio la pintura, para que aquello de colorear fuera casi literal. Lo primero que entra en la vista, una vez ubicado el sujeto de sus pinturas, es el color. Encandila la cresta de un gallo, en un cuadro que se mezcla con la mayoría en los que las chaquetillas brillan como un paquete de caramelos.
"Empecé con dibujos en lápiz. Martinet, El Centauro...", recuerda. Son caballos que están en la historia. Ignacio Correas conserva el último. Pertenecen al tiempo del autodidacta. "Hasta allí no tenía escuela; me parece importante el estudio. Héctor Giuffré me enseñó teoría, composición de dibujo y cromática; estudiamos historia, artistas. Tuve como treinta libros, pero lo que no se enseña es el dibujo, y si no se practica, se atrofia. Se puede perfeccionar, pero yo no soy un virtuoso."
El acervo de Solá incluía los mejores caballos de los 60. Y es curioso que haya sido entonces, mientras más ocupado estaba, cuando soltó amarras. "Se me ablandó la mano durante el servicio militar. Me salvaba de las guardias. Dibujé a la esposa del coronel..." Tenía tiempo para preparar los finales de la facultad el futuro artista. Quedaron como 300 dibujos suyos en el cuartel, a cambio.
Teresa de Atucha y Omar Passarotti aparecen después; le encargan a Ecuánime y a Lacydon, el padre del gran Cipayo, respectivamente. También a Snow Festival. Un abuelo materno que dejó marca. "Luego La Biznaga, donde pinté a Practicante, Frari, Mountdrago, Egg Toss. Para Firmamento hice a todos: Fitzcarraldo, Numerous, Kaljerry, Parade Marshal, Miss Terrible", reseña. De paso, evoca: "Un poco fue Hernán Durañona -director de La Biznaga en los 70 y 80- el que me abrió los ojos".
Solá ha hecho todo tipo de animales: "Gallinas, wild life, pero lo que más me gusta es el sangre pura de carrera", afirma, para mencionar también los caballos árabes que pinta para Federico Zichy Thyssen y Félix Noguera. "Es un animal muy estético", opina.
Maneja el óleo este artista, pero se ven algunas acuarelas por allí. "Me gusta más la acuarela, pero es más comercial el óleo; lo pide más la gente", reconoce. Y sobre su estilo: "Prefiero una pintura entre en la figuración y la semifiguración". Entonces habla del inglés Alfred Munnings ("el mejor de la historia") y el estadounidense George Bellows -una digresión: pintó la caída del ring de Jack Dempsey por la piña de Luis Angel Firpo-; de Degas, Alberto Güiraldes, Della Valle. Nombra muchos más, todos integrales. "Prefiero que me digan pintor, no pintor de caballos; que no me encasillen", recalca. De aquí y ahora, Adriana Zaefferer: "Su línea es más suelta, con más color -compara-. Me parezco a ella."
Dice Solá que le fue bien con su stud, El Mozo, que conserva: "Devorik fue el primer hijo de Arturo P. que se destacó. Su madre, A la Mode, tiene 27 años y dio ocho ganadores, entre ellos Apronte. Fue muy generosa, nunca tuvo padrillos buenos. Cuidé con Julio Penna y Ernesto Romero...". Y hoy sigue con Manuel Andreoni.
Ignacio Solá parece haber aprovechado cada ángulo desde el que pueda abarcar al caballo. Lo cría, lo disfruta, lo ha estudiado. Lo sufrió desde la función pública, por si acaso le faltaba algo. Y lo pinta como pocos.



