Su mejor carrera

A seis meses del accidente por el que estuvo en coma, Juan José Paulé se recupera entre afectos
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23 de abril de 2004  

El miércoles próximo se cumplirán seis meses del tremendo accidente que sufrió Juan José Paulé. La historia es conocida: aquella mañana de octubre, el jinete cayó de la montura de una yegua en la pista de césped de vareo, en el centro de entrenamientos de San Isidro, y sufrió un severo traumatismo de cráneo.

"Sólo me acuerdo del día en que salí de la clínica", dice Pichi en su casa del barrio privado Los Angeles, en Ingeniero Maschwitz. Aquello fue casi un mes después del golpe. "Sé que me fueron a ver muchos allá y me lo cuentan ahora; siempre se los voy a agradecer", enfatiza.

Con sus palabras, Paulé minimiza el hecho de tener un mes en blanco en su vida, por un lado, y por el otro rescata una de las mejores vivencias que le está dejando este trance: la de disfrutar de los afectos.

En este rubro está a la cabeza su familia. Claudia, su esposa; Tamara (15 años) y las mellizas Melanie y Milagros (3), sus hijas. "Estoy agradecido porque me tienen como el bebe de la casa. Todos los momentos que no pude pasar con ellas, aunque sea por esto, los estoy gozando ahora."

La imagen de Claudia con muletas, convaleciente de una operación en un tobillo, en la angustiosa espera del Sanatorio de la Trinidad, hace medio año, viene enseguida. Con ella, en esa vigilia, estuvieron sus amigos, los jockeys.

"Me vio muy bien el médico hoy", dijo "Pichi" el viernes último. La lluvia hacía todo más verde fuera de la casa. "Ahora me tiene que revisar el neurólogo", sigue diciendo el jinete. Hubo una rehabilitación de un mes, antes.

"Por ahí me da bronca estar sin hacer nada. Podría ir a las carreras, pero tendría que explicarles a todos, uno por uno, cómo me siento. Físicamente no estoy para quedarme tanto tiempo fuera". Lo menciona con pudor y orgullo Paulé. "Sé que mucha gente me quiere..."

Los medios de comunicación lo acercan a su mundo. "Si no me quedo dormido, a la noche veo las carreras por televisión. Leo también los diarios. Uno lleva adentro lo de los caballos."

La mañana del accidente, Pichi tenía el casco, el chaleco y las botas en el baúl de su auto. Se iba del Campo 2 cuando Armando Bani, el entrenador que le abrió las puertas del turf grande, le pidió que le trabajara aquella yegua. No podía negarse. Las vendas se soltaron de las patas mientras Paulé ya la estaba sofrenando y la yegua las pisó, para tropezar y despedir al jinete por sobre su cabeza.

"A Armando lo veo cuando voy para San Isidro, a la casa de Pablo Garnica" (las esposas de ambos son primas). El recuerdo trae otra vieja imagen del sanatorio que el jockey no vio. Bani, derrumbado por la angustia, esperando noticias.

Sus colegas lo visitan. Acaso un nombre se haya escapado de los apuntes, no de la memoria de Paulé: "Julio Méndez, Jacinto (Herrera), Noriega, Sena, Valdi, Ramírez, Dávila, son muchos", enumera.

Alguna consonante sale como arrastrándose de la boca de Pichi. Casi no se nota. "A veces tengo mareos", detalla, para justificar lo esporádico de sus salidas. "Llegué a un punto en que me mantengo, no adelanto ni atraso. Tengo un problema de visión doble, por momentos; si me tapo un ojo, veo mejor. El oftalmólogo dijo que tengo de 3 a 9 meses para recuperarme".

A los 40 años, Juan José Paulé piensa en un restablecimiento pleno, antes que en regresar a una pista: "Para volver a correr tengo que estar igual que antes o mejor. Los médicos me dijeron ‘tiempo al tiempo’; opinan que me recuperé muy bien, pero todo cuesta mucho".

Por ahora, lo más cerca del hipódromo que llega es cuando visita al doctor Martín Salto en el Sanatorio de la Trinidad, que ocupa un sector del predio de San Isidro. Prefiere el oasis de su familia, casi lo único bueno que le trajo el accidente. "Mi madre, Delia, y mis hermanos también me acompañaron; ellos viven en Las Flores", dice, para completar las reservas de cariño.

Claro que hay otra consecuencia. La revela con sonrisas: "La verdad es que engordé un poco; estoy inflado. Tenía como 5 kg más cuando salí del sanatorio. Lo que no comía cuando corría lo como ahora".

Algo más que cinco kilos separan hoy a Paulé de una de las profesiones de mayor riesgo. No se trata apenas de cuestiones físicas. Si vuelve, no sólo los amigos van a ponerse contentos. El público, aquel que tantas veces grita su apodo en un final a puro látigo, también lo espera. Y, como los médicos, no tienen ningún apuro.

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