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Poco antes de que el coronavirus pusiera en pausa a las carreras de caballos en la Argentina, en Tandil llegó a desarrollarse su segunda fecha del año. Ya se despedía febrero y la enfermedad aún se miraba de reojo y a los lejos, en China. Por eso, el hipódromo estaba casi lleno. Con el correr de la tarde, surgió una imagen que imantó la mirada de todos: una yegua ganadora sostenida de las manos de Lito Toledo, con la camiseta de River, y Lucas Moreno, con la remera de Boca. Fue el día que la pasión unió mucho más que dos sueños hípicos.

Había 20 personas de a pie o de rodillas rodeando a la potranca Sofía Linda y al jockey, José Avendaño. En ese instante, una emoción contagiada y miles de recuerdos que iban más allá de la primera victoria de la yegua, a ocho meses de su debut y en el décimo intento. Lito, su peón, salió corriendo a buscarla de regreso del triunfo, la agarró de la brida y se puso a la izquierda para posar para la foto tradicional. Lucas llegó corriendo unos instantes después, para ubicarse justo del otro lado y levantar su brazo derecho. Todo era sonrisa y hermandad, sin importar los colores.
Lito festejaba con la yegua. Lucas, hijo del entrenador, se sumó después de haber llegado segundo un puñado de horas antes en la misma pista con Mimoso Soñado, el caballo al que atiende día y noche, a pasos del box donde está la yegua. Son compañeros de trabajo en el stud de Armando Moreno, que tiene 11 ejemplares en preparación y sigue dándole batalla a la vida luego de que el año pasado falleciera otro de sus hijos, Matías, en un accidente de tránsito mientras él estaba de vacaciones.

Sofía Linda es propiedad de Walter Martínez, un veterinario que cría dos o tres caballos cada año. Cuando parió la zaina, Pancho envió al Stud Book Argentino tres opciones de nombres para bautizarla, porque la denominación no puede coincidir en los registros de la entidad con otro purasangre que esté vivo, y se le aceptó ése, inspirado en su hija, una de las dos Sofía presentes en la foto tandilense.
Mimoso Soñado es el caballo del corazón en la frente que Fabián Echenique, que tiene un taller de pintura automotriz, crió junto a su familia, incluyendo a una tercera Sofía en la historia, su hija, y a su tío Rubén. Pese a llegar como escolta en la pista aquella tarde, en el stud con el paso de los días se celebró el doblete. "Dos semanas después nos anticiparon que va a quedar primero porque dio positivo el que nos ganó. Hasta ahora, con todo lo que se tuvo que dejar de hacer por el coronavirus, no salió la resolución", recrea. Sería el tercer éxito oficial, tras los dos logrados en Palermo el año pasado, sobre 1000 metros. Y hubo uno no computable antes en 600m, en la localidad bonaerense de Las Flores.
Detrás del zaino con hambre de gloria hay una historia más íntima. Mimoso Soñado podría llevar el apellido de ellos. "Estuve ahí cuando mojado como un pollo se levantó a los tropezones para encarar su primer calostro. A la fuerza lo metí debajo de la panza de Veloss Ederlinda y mamó por primera vez mientras lo tenía abrazado", narra, emocionada, Sofía Echenique. La yegua había llegado al campo con infosura, la inflamación del casco que pone en riesgo la estabilidad y la vida de los animales, y no se podía mover demasiado, por lo que pasaba gran parte del día echada. Cada día, la familia se turnaba para limpiarle los vasos y acariciarle la panza, donde crecía Mimoso Soñado. La yegua comía sólo pasto y se paraba sólo por el amor propio. Cuando la cría nació fue mitad milagro y mitad coraje de la yegua. "Nos habían dicho que probablemente naciera muerto o con malformaciones por el proceso que atravesó la madre durante la gestación". Al principio, el potrillo "pisaba con los nudos".

Entonces, Mimoso Soñado fue un potro consentido. "Para alimentarlo, Veloss Ederlinda se tiraba como un perro en el suelo, con las manos y patas abiertas, para poder darle la leche. Por eso, quedaron viviendo a pasos del cerco de la casa", apunta Fabián. Al pequeño le dieron una mano y se tomó los dos brazos. "Se metía en el comedor. Pedía azúcar, manzana o alguna otra comida que teníamos en la mesa, y hasta un día descubrimos que se comía lo de la perra cuando nos íbamos. Nos empezó a llamar la atención que la perra estaba flaca... ¡y era por eso!", revela Fabián. Cada día era un capítulo nuevo.
"Se crió como si fuera un chico. Era una pelotita colorada llena de músculos. Dentro de lo poco que teníamos, nunca le faltó nada. Cuando pasábamos a darle unos mimos y lo ignorábamos un poco, enseguida reclamaba nuestra atención. Relinchaba, te cruzaba en el camino y casi que se te subía encima con tal de que lo acariciemos otro rato. Siempre mimoso, por eso su nombre", recuerda Sofía. Y Mimoso Soñado les tomó el punto. "Nadie podía alzarle la voz ni otro caballo relincharle ni un perro ladrarle. Lo hacíamos comer apartado del resto de los caballos para que no lo pelearan. Si a alguna persona la mordía, le decíamos que era su problema por cruzarse en su camino. Fany Ponzo, la veterinaria, algunas veces tuvo que correr su auto porque iba a curiosear. Y a papá, con su camioneta, le pasaba lo mismo", detalla.

"Desde recién nacido hizo cosas que nada tenían que ver con su edad. Era inteligente. Tenía 15 días y ya iba a buscar la ración solo. Lo pescamos tratando de agarrar algunos granos de avena de los tarros llenos. En el box ya se metía a los dos meses. Un día estábamos durmiendo la siesta y nos despertó un concierto de relinchos. La madre no lo encontraba y lo llamaba desesperada desde el suelo, y los otros animales se alteraban. Salimos corriendo pensando que había pasado algo y era que Mimoso no aparecía: se había metido a dormir en el box de su padre, un lugar que estaba fresco en un día muy caluroso", revela Sofía.
En medio de la crianza, los Echenique debieron mudarse junto a todos sus caballos a un lugar más chico. Cuando el tío, el alma del haras, murió en los brazos de Fabián, la otra parte de la familia no quiso seguir con el proyecto de cría. Meses más tarde, Echenique debió cambiar urgente de campo. Se llevó todo a tres lotes que alquiló en Rauch. De pronto, de inversor en el haras de Rubén pasó a dueño de la mitad del lote, por un convenio con otro establecimiento, La Revancha. "Nos dividíamos mitad cada uno de los nacimientos".

"Hicimos lo que pudimos y nos acomodamos. Era una manada de 30 yeguas, la mitad con cría al pie, dos padrillos y 20 potrillos, entre destetes y los de 2 años", explican. Y el clima les sumó un problema. "Vino un invierno de mucha lluvia e inundaciones. Teníamos que caminar por la chacra con la bolsa de avena en la mano y el barro hasta las rodillas. Nunca les fallamos. Sacamos fuerzas de donde no teníamos, sin importar las adversidades. Dolía el alma verlos con barro hasta las orejas, temblando de frío", enfatizan los Echenique. El recuerdo los hace emocionarse en el relato, una y otra vez.
Un amigo de la familia asegura que en una visita le mostraron el pedigree "cuando estábamos hablando en el comedor y Mimoso Soñado se paseaba por adentro de la casa como si fuera un perro". ¿Qué cambió luego de casi 5 años? "Ahora es una bestia de 470 kilos", bromea Sofía, y mira hacia adelante: "Ojalá que dentro de un tiempo podamos seguir viéndolo retozando en el parque mientras tomamos mate debajo de una planta, recordando las anécdotas del potrillo travieso que se metía en la cocina cada vez que dejábamos la puerta abierta". Para la doma y el entrenamiento en Tandil, desde septiembre de 2018, sólo hubo elogios de los profesionales por cuyas manos ha pasado.

"Hubo una oferta por 1.5 millones de pesos para venderlo a Singapur, pero desde un principio dijimos que nunca iba a estar a la venta. Y eso que es difícil seguir adelante sin carreras y sin poder abrir el taller cerca de la ruta por la pandemia", se lamenta Fabián. "Mi papá me decía que dejara de protegerlo, que ese potrillo no tenía miedo y no iba a respetar a nadie. En eso, papá tuvo razón. Ahora sale a la pista y no le tiene miedo a ningún rival. No corre para hacer la campaña perfecta ni que lluevan compradores. Corre por un sueño que ya se hizo realidad, y es el de verlo compitiendo, con nuestras esperanzas, tristezas, el amor y los sacrificios. Ahora nuestras lágrimas son de felicidad". Es la sentencia final de Sofía. Los Echenique tienen un faro que, desde la noche del 1 de noviembre de 2015 cuando nació, los ilumina.


