
Apostar a los pronósticos (o animarse a jugar al adivino)
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"Predecir es difícil, especialmente acerca del futuro". "Los que saben no pronostican, los que pronostican no saben". "Los pronosticadores usan las estadísticas como un borracho usa los postes de luz, más como apoyo que como iluminación". Las citas y los dichos acerca del ejercicio de la predicción no tienen medias tintas, todos ellos reprueban la actividad y la disuaden.
Pero pese al consejo popular, los humanos insistimos en jugar a los adivinos a diario y en casi todos los aspectos de la vida. Para los profesionales, la recompensa de pegarla es grande, porque un buen vaticinio puede asegurar años de notoriedad. El economista Nouriel Roubini, por ejemplo, se hizo famoso gracias a sus sombríos pronósticos acerca del final de la llamada "gran moderación", un período de crecimiento estable para los países desarrollados que empezó a principios de los 80 y duró hasta que la profecía finalmente se cumplió.
La crisis de 2007/2009 arreció con la economía mundial y Nouriel se transformó de un día para el otro en un valioso consultor. En el ámbito local, Guillermo Calvo se volvió una estrella (y un candidato al Nobel), tras predecir exitosamente la crisis de México de principios de 1995.
Cuando aproximamos la lupa científica sobre esta supuesta capacidad de los gurúes, sin embargo, los laureles deben ser repartidos con más cuidado. En su libro Superforecasting, el politólogo Philip Tetlock resume la evaluación de pronósticos que duró varios años. Especialistas, generalistas, y aficionados sin experiencia fueron desafiados a realizar augurios sobre diversos temas políticos, económicos y sociales. Tetlock constató que, en promedio, los humanos no superan por mucho al azar, lo que significa que predecir tirando una moneda puede ser casi tan bueno como romperse la cabeza analizando el mundo. Más en detalle, los expertos especializados no resultaron ser mejores que los generalistas, aunque sí que los aficionados. Y lo más interesante, aquellos con personalidad más confiada no predijeron mejor, pero explicaron mejor sus fallos y lograron ser mucho más citados y conocidos en su profesión.
El economista de la UBA Daniel Aromí realizó recientemente una evaluación de los pronósticos macroeconómicos, tan importantes para la toma de decisiones. Su trabajo examina formalmente las previsiones de tres tipos de expertos en los que solemos confiar: los organismos internacionales, los mercados y la prensa. Los tres quedaron en offside, con pronósticos que sistemáticamente fueron más optimistas que la realidad. El FMI y sus técnicos vaticinaron desde 1970, en promedio, una suba del PBI seis puntos porcentuales superior a la observada luego de que pasaron apenas tres años. Los mercados también suelen ser demasiado confiados, pronosticando ganancias muy por encima de las realizadas. Finalmente, los medios suelen exhibir un tono que exagera las buenas y las malas noticias, y sus efectos económicos.
Tratando de ver el futuro
En la infancia, las discusiones en torno a la veracidad de un hecho determinado se saldaban mediante una frase desafiante: "Te juego lo que quieras". Tratándose de niños sin ingresos, la apuesta nunca se consumaba, pero señalizaba nuestra seguridad sobre afirmaciones tales como que los marcianos tarde o temprano iban a aparecer.
Los adultos también juegan a apostar sobre el futuro, aunque no para ganar dinero sino para fortalecer ante el público sus opiniones y teorías. Un apostador serial es el economista Bryan Caplan, poseedor de un blog muy activo y autor de un polémico libro sobre educación. Cuando, en plena crisis de 2008, el precio de la nafta en Estados Unidos tocó un máximo de 4 dólares el galón, Caplan decidió apostarles a los más espantados sería de 3 dólares o más bajo diez años después. Tyler Cowen, otro bloguero afanoso, aceptó el envite pero perdió sin atenuantes, siendo que en enero de este año la nafta costaba apenas 2,5 dólares por galón. Caplan ganó apenas 100 dólares, pero el resultado empoderó su capacidad predictiva: lleva ganadas las 17 apuestas hechas hasta el momento, la mayoría de ellas explotando el sesgo pesimista de sus contrincantes. Su último reto fue contra el economista Alex Tabarrok (cobloguero de Cowen), prediciendo que el calentamiento global será más lento de lo previsto, pero el propio Caplan reconoce que esta vez puede perder el invicto.
Cuando los desafíos ocurren entre figuras públicas, las apuestas arriesgan más reputación que capital. Un caso insólito fue el desafío entre el economista heterodoxo australiano Steve Keen y el inversor financiero Rory Robertson. Keen, convencido de que Australia estaba experimentando una burbuja inmobiliaria a punto de explotar, apostó que los precios caerían un 40%. Lo simpático no fue que hubo dólares de por medio, sino la humillación del perdedor, que debía recorrer más de 200 kilómetros desde Canberra hasta la cumbre del Monte Kosciuszko con una remera pintada con la inscripción "¡Estaba completamente equivocado respecto de los precios inmobiliarios! Pregúntenme y les cuento". Keen reconoció la derrota y Robertson, divertido, dijo que haría el recorrido si los precios, durante el resto de su vida, caían en algún momento en esa magnitud.
Mercados de predicción
Poner plata detrás de cada afirmación parece ser hoy más fácil que nunca. Existen hoy "mercados de predicción" (como PredictIt), en los cuales los inversores pueden apostar por un evento particular contra quien quiera tomar la posición contraria. A veces, estos mercados pueden servir a intereses más nobles que a la mera especulación.
Por ejemplo, en los últimos tiempos, las ciencias sociales han enfrentado dificultades para replicar sus investigaciones. Solo un porcentaje bajo de los experimentos examinados consiguen ser replicados, problema que parece ser más acuciante en la economía. Los apostadores pueden arriesgar dinero sobre la posibilidad de que ciertos trabajos de investigación logren ser replicados o no con éxito, lo que crea incentivos a publicar solamente aquellos artículos que puedan sortear la revisión.
Y según la economista Anna Greber, estos mercados predicen bastante bien la probabilidad de que los resultados de los papers sean ciertos. Para los artículos de psicología, por ejemplo, los mercados dieron el veredicto de que la posibilidad ex-ante de que sean verdaderos es inferior al 10%, predicción que lamentablemente termina siendo bastante precisa.
Así que, finalmente, no hace falta respetar los dichos populares que alertan sobre las consecuencias de animarse a predecir. Jugar a ser adivino es ahora perfectamente aceptable, siempre que se esté dispuesto a arriesgar lo suficiente en términos de dinero o de reputación.
El autor es economista





