Arenga de Moreno a jóvenes: la revolución está cerca

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29 de mayo de 2011  

Como siempre, el militante entró parco, prepotente. Lo miraban, admirados y expectantes, unos 50 jóvenes recién llegados al peronismo. Esos a los que Cristina Kirchner promete darles relevancia y vuelo.

El militante era el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, que hacía las veces de anfitrión en el microcine del Ministerio de Economía. No estaba el dueño de casa, Amado Boudou. Fue el lunes pasado.

Hay que ver a Moreno en su versión menos teatral, que es la que muestra puertas adentro, lejos de esos empresarios cuyas piernas tiemblan ante su presencia y cuyas lenguas suelen jactarse después, entre pares. "Hablé con Guille", exhiben. Hablar con Moreno es una maestría en management argentino. Pero allí, en la intimidad partidaria, el secretario eligió la frase más elocuente de su viejo repertorio para entusiasmar a todos. "Estamos a muy poco de alcanzar la revolución", arengó.

Se fue aflojando. Hizo chistes y, Moreno al fin, repartió ironías hacia destinatarios ausentes. En realidad, terminó hablando más de política que de economía. Se explayó, por ejemplo, sobre qué entendía él por revolución: "Que el pueblo esté feliz".

Que tuviera (en este orden) primero para comer y después unos manguitos "para el telo, para el cine, acceso a la vivienda".

Todo eso, agregó, había sido un objetivo de su generación. Una meta que, en realidad, se debía considerar ahora de bajo vuelo.

Les encomendaba a ellos, entonces, la nueva generación, pretensiones más altas. Es necesario trabajar para la revolución y continuarla. Fueron sus conceptos del final. Momentos antes había criticado a empresarios. Al banquero Jorge Brito, de buena relación con la Casa Rosada. A Héctor Magnetto, CEO del grupo Clarín, con quien se mostró más duro y a quien le atribuyó infinidad de conspiraciones porque, dijo, "sabe perfectamente" que si continuara el Gobierno iría preso por crímenes de lesa humanidad por el caso Papel Prensa. Según Moreno, hay que estar muy atento con esas jugadas corporativas: un error puede pagarse muy caro. Puso como ejemplo la suba del euro a fines de abril, cuando llegó a 6,16 pesos, o los últimos intentos por aumentar el precio de los medicamentos.

Parte de estos artificios, describió, fueron fogoneados por Magnetto. Recordó el conflicto por la resolución 125. Contó que, como compañero dentro del Gobierno, le había aconsejado a Martín Lousteau encarar antes un proyecto en el sector privado para ganar experiencia, porquetodo funcionario debe tenerla. Lousteau, que entonces se definía públicamente como amigo del secretario, le contestó que él la había obtenido como presidente del Banco Provincia. Respuesta de Moreno, dueño de la ferretería mayorista Distribuidora América: "No sirve".

En realidad, él está convencido de que aquella pelea con el sector rural no está terminada. Porque, entre otros motivos, hay que profundizar el modelo y dar batalla para subir las retenciones. Eso, razonó, servirá para invertir parte de esa renta en "industria complementaria" exportable a la región y a mercados diversos. Porque nunca es bueno, agregó, depender de un solo mercado.

Una vez conseguido este objetivo, proyectó, se deberá diversificar la producción agropecuaria y no quedarse sólo en la soja, que no genera tanta mano de obra y puede provocar, y lo hizo, pobreza en el interior.

La descripción fluía entre anécdotas, bromas y acusaciones. Hizo un compendio de aprietes, amenazas y propuestas de sobornos que dice haber recibido. Cargó contra el consignatario y productor Ignacio Gómez Alzaga, vicepresidente del Mercado de Liniers, a quien acusó de haberle deslizado, alguna vez, que el sector agropecuario había acelerado el fin de algunos gobiernos en la Argentina. Moreno dice haberle dado la razón e incluso aceptado la posibilidad de que esa historia pudiera repetirse. Pero también que le advirtió que, en ese caso, él iría personalmente a buscarlo desde el llano.

El soldado nunca olvida. Dijo recordar, por ejemplo, que Carlos Oliva Funes, ex dueño del frigorífico Swift (hoy brasileño), aceptaba siempre sus condiciones y después hacía lo contrario. Y que por eso había tenido que amenazarlo con la ley de abastecimiento.

También criticó a Alberto Fernández y soltó ironías y dudas, sin nombrarlos, acerca de miembros del actual Gabinete.

Según él, conviene esperar a que ciertos ministros anden un tiempo antes de sacar la conclusión de que trabajan a favor del proyecto. El viejo asunto de las lealtades, que Moreno cuida como nadie.

Por eso no soporta a Graciela Bevacqua, la ex directora del Indec cuyo desplazamiento desencadenó la crisis en el organismo.

Contó entonces, casi producto por producto, los componentes de la canasta que medía la ahora multada consultora estadística. En la economía, la materia sobre la que se graduó en la UADE, sólo se adentró al referirse a los 90, década de la que formó parte en los comienzos como funcionario de Carlos Grosso. Cuestionó entonces el endeudamiento, la "invasión" de productos extranjeros que "acabaron con la industria nacional", una supuesta falta de competencia, la "oligopolización de las empresas", los despidos, el desempleo "que llevó a la pobreza" y lo que definió como la absorción de firmas nacionales de parte de extranjeras (N de la R: una tendencia que, en rigor, según el ranking de la revista Mercado, se acrecentó desde 2002 hasta hoy).

Los despidió con mayor calidez que la que había mostrado en el comienzo. Y les dejó un mensaje que, leído así, resultará alentador para dirigentes como Axel Kicillof o Iván Heyn, designados representantes de la Anses en los directorios de Techint y Aluar: a partir del próximo período kirchnerista, que da por descontado, funcionarios como él tendrán que empezar a dejarle espacio a la siguiente generación. Algunos de cuyos miembros salían, el lunes pasado, maravillados con los conceptos del gran pedagogo.

folivera@lanacion.com.ar

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