Alimentos: piezas sueltas de un negocio global

Los consumidores demandan cada vez más información sobre los productos
Los consumidores demandan cada vez más información sobre los productos Crédito: Archivo
Andrés Dominguez
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5 de mayo de 2018  • 00:35

BERLÍN.- Nuestros productores agropecuarios piden a Europa que permita un mayor ingreso de carne, granos, aceite y de biodiésel. Europa exige a cambio que el Mercosur abra su mercado automotor. Las automotrices piden protección, mientras que los agricultores europeos temen la competencia y reclaman más límites y subsidios. Es un conflicto de manual. La Unión Europea y el Mercosur llevan 19 años negociando un acuerdo comercial y siempre los alimentos son el centro del problema. Volvieron a serlo en las negociaciones de la semana pasada en Bruselas. Las piezas en juego son tantas que parece un rompecabezas sin solución. ¿Nada nuevo?

Hay elementos nuevos y muchos. El proteccionismo, el rol de los ecologistas y los nuevos temas de la agenda agroindustrial están reconfigurando el juego del comercio internacional de alimentos. La actual guerra comercial proteccionista de Trump es diferente a las anteriores. No se trata de una disputa tradicional para proteger un producto o un sector, sino que pretende reducir el colosal déficit comercial americano en su conjunto. Para Europa es un riesgo altísimo: Macron y Merkel viajaron también la semana pasada a Washington para intentar frenarla. Para China es una oportunidad histórica de aceptar la pelea y disputar la supremacía global.

Los bienes en juego van desde porotos de soja hasta tecnología de avanzada e inteligencia artificial. En el caso de los alimentos, el proteccionismo parece ayudar a Sudamérica en una primera etapa, al aumentar su posible participación en el mercado asiático, vendiéndole lo que ya no compraran en Estados Unidos. Pero por otro lado, la incertidumbre y la dependencia de menos clientes retrasa las inversiones necesarias para aumentar la producción de alimentos y nos dejan aún más expuestos ante eventuales crisis.

El proteccionismo global ha generado un renovado interés en Europa por reactivar las negociaciones con el Mercosur, básicamente porque no le quedan muchas más opciones hacia donde ampliar sus mercados (acaba de firmar un acuerdo con México). Aunque hoy menos del 3% de lo que compra Europa proviene de la Argentina, Brasil, Paraguay y de Uruguay, nuestro mercado de más de 250 millones de habitantes se vuelve aún más tentador en un mundo que se cierra. Hay más novedades.

Ya no estamos ante un "rompecabezas" solo entre industriales y productores primarios, también han entrado en juego los ecologistas europeos. Y lo han hecho con una nueva agenda: el desmonte en Sudamérica para expandir la frontera agrícola, el uso de agroquímicos, el aumento de emisión de gases invernadero por la mayor producción de carne, el bienestar animal y la demanda de productos "bio". Pero si bien estos temas afectan a los productores europeos puertas adentro, a la hora de negociar con el Mercosur han encontrado en ellos un aliado hasta hace poco impensado.

En Alemania, en 2019 comienza la prohibición de castrar cerdos sin anestesia y se anunció un plan para limitar el uso del glifosato y para abandonarlo en el futuro. El riesgo es que estos temas se instalen no solo en Europa, sino que se pretenda exigirlos también en nuestros países, lo que daría argumentos para nuevas barreras al comercio de alimentos.

Estos nuevos elementos complican el rompecabezas de los alimentos y el comercio mundial. Además de las tensiones entre la seguridad alimentaria y el manejo de los recursos naturales; entre agricultores, ganaderos, industriales y consumidores, ahora debemos sumarle el proteccionismo y la agenda de los ecologistas. Las oportunidades siguen, pero necesitamos cada vez respuestas más inteligentes en todos los ámbitos para aprovecharlas.

El autor es director de Red Consultora

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