En Curarú, partido de Carlos Tejedor, Aldo Dari se dedica desde hace 40 años a crear máquinas cosechadoras, deshidratadoras y procesadoras de hierbas
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CURARU.- Al comprar una caja de té de manzanilla o un sobre de perejil, pocos imaginan el proceso y el trabajo que se ocultan detrás de esos productos finales. Menos son aún los que conocen a quien es uno de los grandes responsables de que esas hierbas sean cosechadas, deshidratadas y embolsadas para su venta. Su nombre no aparece en las publicidades, no tiene una enorme fábrica y no está instalado en una gran ciudad industrial. Se trata de Aldo Dari, un inventor que lleva la innovación en la sangre y que ha dedicado las últimas cuatro décadas a la creación de máquinas cosechadoras y deshidratadoras de aromáticas, que desde este pequeño pueblo del noroeste bonaerense, distribuye hacia distintos puntos del país.
La región en la que vive, óptima para el cultivo de manzanilla, y las necesidades de su gente, azuzaron la imaginación de este hombre que posee un talento especial para la fabricación de todo tipo de herramientas y máquinas. "Muchos se dedicaban a la producción de manzanilla, pero necesitaban mejores elementos para la cosecha, ya que la recolección se hacía en forma muy rudimentaria y la creciente demanda obligaba a dar un salto tecnológico. Así fue como en 1969 empecé a experimentar y a estudiar sobre el tema", recordó Dari.
Antiguamente, esa cosecha se hacía "a mano", con un cajón que tenía un peine metálico para cortar la flor sin arrancar el tallo. Luego se ideó un carro de un metro de ancho que funcionaba mediante el empuje de una persona. Por último apareció un carro de dos metros de ancho que era arrastrado por caballos. "Pero esto resultaba lento, trabajoso y hasta peligroso", señaló Dari.
El desafío consistía, entonces, en idear una máquina automotriz que hiciera una cosecha continua y tuviera mayor capacidad de recolección. Pero la tarea no era sencilla, puesto que esta hierba se debe levantar en poco más de un mes y, por lo tanto, el tiempo para ensayar era muy limitado. "Estuve tres años hasta que conseguí lo que buscaba: un equipo con un sistema de molinillo especial de pala fija, un peine, una luz entre dientes de cuatro milímetros y un motor que limpiaba los palos amontonados en el proceso."
Ese fue el punto de partida para que este inventor, que hoy trabaja junto con sus dos hijos, Jorge y Claudio, comenzara a diseñar de manera artesanal modelos para cosechar todo tipo de aromáticas. "El no «clona» las máquinas, sino que las hace como un traje a medida", subrayó Pablo Diez, uno de sus clientes, dueño de Diez y Diez Alimentaria, en Henderson, Hipólito Irigoyen.
Héctor Elola, que trabajó con él durante 12 años, comentó que lo que más admira de Dari es su capacidad de invención. "Tiene la solución para cada necesidad del comprador y no sólo crea herramientas, sino que mejora las ya existentes", destacó.
Para la recolección de perejil, una planta a la que se le pueden realizar entre seis y ocho cortes por año, inventó un sistema de cuchillas que permite un mayor aprovechamiento de cada sección y adaptó el tamaño del rodado a cada modalidad de siembra, para no pisotear el cultivo.
Hoy es el único fabricante nacional que arma y comercializa este tipo de maquinaria. El resto de lo que está en el mercado es importado o se fabrica aquí pero con licencia de una empresa extranjera. "Su método es único, porque con pocos elementos y muy bajo costo logra la mejor eficiencia y calidad", comentó otro de sus clientes, Daniel Boldrini, que produce aromáticas en Lobería.
Asimismo, Dari bosqueja y fabrica las propias piezas de sus equipos y es dueño de una versatilidad tal que le permitió crear desde un partenaire electrónico que "jugaba a la pelota" con su hijo hasta una sofisticada planta de reciclaje de basura para el municipio de Carlos Tejedor.
Pero sin dudas lo que más lo atrae es lo vinculado con la cosecha y la elaboración de aromáticas. Por eso, en 1974 incursionó en el armado de hornos deshidratadores de estas hierbas y un poco más acá, en 1998, desarrolló una máquina que cosecha, deshidrata y embolsa al mismo tiempo.
La fabricación de los hornos para deshidratación de vegetales no es tarea sencilla, menos si no se tiene una gran fábrica con cadena de montaje. "Armo el horno en unos seis meses. Después lo desarmo para trasladarlo por partes hasta el establecimiento del comprador y, una vez ahí, lo vuelvo a ensamblar", explicó.
Según estimó, estos artefactos tienen la capacidad de deshidratar entre 10.000 y 30.000 kilos de producto verde por día. Construirlos insume unas 7000 horas hombre; el costo total del armado asciende a los 130.000 dólares y se venden a 200.000. Sirven para cualquier tipo de hoja y tienen garantía de por vida. "Parece mentira que en un taller tan pequeño fabrique todas esas maquinarias", acotó Boldrini.
Ideas que simplifican
Otro de sus inventos simplificó las tareas en las plantas procesadoras. Consiste en un método de elaboración continua que transporta el producto por una línea de montaje y lo conduce por una deshojadora, zarandas despalilladoras y calibradoras y un túnel de separación por aire. De allí, la hoja sale lista para guardar en bolsas de 10 kilos, que es como llegará a los envasadores que la colocarán en saquitos o sobres.
Aunque su "centro de operaciones" está en Curarú, buena parte de sus días transcurre en distintas ciudades y rutas del país, hasta donde lo conducen los pedidos de sus clientes. Ha instalado plantas deshidratadoras en Henderson, Lobería, Pergamino y Tapalqué, y sus cosechadoras (que cuestan entre 100.000 y 150.000 pesos, según el confort requerido) se venden en Buenos Aires, Mendoza, San Juan y Chile. Algunas se revendieron a Alemania e Italia. El mismo viaja hasta el campo del productor, le explica los secretos del funcionamiento y deja la máquina en plena tarea de recolección.
"Es el mejor. Todo lo que instaló acá funcionó sin problemas. Yo no conozco a otro que haga este tipo de trabajo", subrayó Darío Daprá, encargado de Persil, una planta de deshidratado de aromáticas ubicada en Acevedo, partido de Pergamino.
Nada de mecánica
Nacido en Rucanelo, La Pampa, el 6 de diciembre de 1943, a los 16 años se trasladó con su familia a Curarú, cuando no soñaba aún con la actividad que se convertiría en su obsesión. "Hasta los 18 años era el único de mi familia que no entendía nada de mecánica. No sabía lo que era un fierro", exageró.
Pero el destino se encargó de hilvanar sus acciones hasta que se convirtió en todo un especialista. "Mi hermano me pidió que le diera una mano en su taller, entonces tomé unos libros que tenía mi padre y me puse a estudiar. Poco después, en el servicio militar, al notar que tenía conocimientos teóricos sobre el tema me derivaron al área de mecánica", comentó el inventor.
Así fue como recaló en el Centro de Instrucción y Adiestramiento de Máquinas y Electricidad (Ciame), en el que obtuvo las mejores calificaciones y logró el derecho a elegir destino. "Pedí ir al portaaviones Independencia, donde estuve dos años y aprendí mucho sobre mecánica, electricidad, calderería, electrónica y compresión."
En 1965 salió del servicio militar e ingresó a trabajar en la estancia local Los Indios, cuya entrada aún se divisa a la vera de la ruta 226, en la que hizo "de todo". En 1968 instaló su propio taller para la reparación de automóviles, en el que un año más tarde diseñaría la recordada máquina cosechadora de manzanilla. Lejos había quedado el tiempo en que no sabía "lo que era un fierro".
Walter Sarratea, mecánico que trabajó bajo sus órdenes, dejó una impresión sobre su habilidad: "Tomaba una chapa para hacer una pieza, dibujaba un plano en el momento y señalaba dónde había que cortar y soldar. Uno seguía su indicación y terminaba con el repuesto armado". Elola, en tanto, destacó su humildad: "El cree que lo que hace lo puede hacer cualquiera, pero no es así; tiene un talento especial".
Autodidacta de carácter sencillo y amable, si bien es reconocido por sus clientes y vecinos como un hombre valioso ("genial", destacan algunos), trabajador y responsable, no cuenta con una gran difusión en el nivel nacional. Aunque quizás a él esa circunstancia lo desvele menos que aquel esquivo modelo que le da vueltas en la cabeza y lo obliga a tomar el lápiz y el papel a mitad de la noche para garabatear un esbozo que en pocos meses tomará forma concreta y echará a andar en medio de un campo poblado de aromáticas.
"Piedra incandescente", su lugar en el mundo
Ese es el significado en lengua aborigen de Curarú, el pueblo al que Aldo Dari llegó en 1959 proveniente de Rucanelo
CURARU.- Hasta este rincón de la provincia de Buenos Aires, desprovisto de atractivos naturales, sin mar ni ríos ni montañas, pero con grandes extensiones de campos fértiles, llegó un día de 1959 el adolescente Aldo Dari. Desde entonces, lo adoptó como su lugar en el mundo y ya no se marchó más. Aquí vive sus días de trabajo, siesta y mateadas, junto con su mujer, Isabel; sus dos hijos, Jorge y Claudio, y sus cuatro nietos, Blanca, Juan Cruz, Aldana y Rafaela.
Arribó con sus padres, Enrique Dari y Carmen Bordorini, y sus cuatro hermanos casi en la misma época en que el ferrocarril dio su último pitazo por estos pagos. Atrás había dejado a su Rucanelo natal, la localidad pampeana en la que obtuvo su único diploma: sexto grado en la escuela primaria que funcionaba en ese paraje ubicado en el medio del monte de caldén.
El pueblo que se encontró, constituido por un puñado de manzanas con algunas edificaciones, hacía sólo cuatro años que había festejado su medio siglo de vida. Levantado sobre antiguos asentamientos de indios pampas, hoy sólo conserva de esos primeros moradores su nombre: Curarú.
"Piedra incandescente", tal su significado en lengua aborigen, fue fundado en 1905 por Diego Lezica de Alvear, que siete años más tarde colocó los primeros alambrados, hizo rematar lotes de terrenos para colonización y comenzó a introducir ejemplares de raza y maquinarias agrícolas.
A un costado de la ruta
Ubicado al margen de la ruta provincial 226 y distante 440 kilómetros de la Capital Federal, esta localidad de 480 habitantes integra el partido de Carlos Tejedor, junto con la ciudad cabecera (del mismo nombre), Colonia Seré, Timote y Tres Algarrobos.
Conoció épocas de esplendor, pero también de zozobra. Las primeras gracias a los buenos tiempos de la agricultura y la ganadería, y las segundas por culpa de las inundaciones que anegaron los campos y amenazaron con dejarlo aislado de las demás ciudades.
El siglo XXI y la globalización sorprendieron a este poblado apacible en un contraste continuo. Teléfonos celulares y camionetas 4x4 último modelo se mezclan con carros tirados por caballos, mientras que los juegos infantiles más tradicionales libran una pulseada desigual con las nuevas tecnologías.
En una de las calles de tierra bordeadas por acacias y olmos pintados hasta la mitad con cal, un grupo de chicos "patea" una desgajada "número cinco" y le escamotea así un poco de protagonismo al avance de Internet.
Esta es la postal actual de un pueblo que, al igual que muchos otros del interior bonaerense, hace poco más de un siglo floreció de la mano del ferrocarril y de la inmigración, y ahora intenta despertar del letargo que lo dejó marginado durante años al costado de una ruta.
Tiempos de flores blancas y amarillas
La región fue un polo de producción de manzanilla
CURARU.- Hubo un tiempo en que los campos de los partidos de Pehuajó y Carlos Tejedor rebosaban de florecillas blancas y amarillas portadoras de una calidad única en el país y en el mundo. Era la "época de oro" de la manzanilla, y varios pueblos de la región, entre los que se destacaba Curarú, giraban en torno de su cosecha.
En estos dos distritos se llegaron a cultivar unas 15.000 hectáreas de esta aromática, cuya producción era particularmente demandada en el mercado interno y externo, por el alto contenido de aceites esenciales que le aportaban los suelos de la zona.
El "reinado" de las florecillas blancas y amarillas se extendió desde 1970 hasta 1990, período en el que llegaron a existir unos 100 productores que abastecían a las acopiadoras locales.
Aldo Dari, además de desarrollar equipos para esta actividad, se puso el traje de productor e instaló una planta deshidratadora en la que trabajaban 40 personas del pueblo. "En 1974 comenzamos con este emprendimiento y llegamos a cosechar 500 toneladas de manzanilla."
La planta Dari vendía las flores en cajas y las ramas con flor en bolsones. "Las compraba la firma Plantadroga, que todavía hoy funciona en Pehuajó", contó el emprendedor. Y desde allí eran exportadas con destino al puerto de Hamburgo, puesto que Alemania era por ese entonces el mayor demandante de este cultivo, considerado, entre otros usos, uno de los remedios herbarios más populares del planeta.
En la década del noventa la actividad perdió rentabilidad y su caída fue sólo cuestión de tiempo. "Hasta 1990 trabajamos bien, pero después el negocio se terminó porque el precio internacional bajó mucho. No se pagaban ni los gastos", recordó Dari, que igualmente soportó la crisis hasta 1994, año en que tuvo que cerrar.
Pero además, durante el auge de la producción, se construyó en Curarú la planta para deshidratado Maythen SA, que todavía se conserva intacta, pero no puede funcionar por los altos costos de la actividad. "El principal inconveniente es el combustible, porque los números no dan para trabajar con gasoil. Necesitamos contar con gas natural para que sea redituable."
Según explicó Dari, la cooperativa local, de la que fue presidente hasta hace poco, tiene a su cargo los trámites para lograr la instalación de una planta de esa fuente de energía en esta localidad.
De obtener éxito, unas 25 personas volverían a tener trabajo en la deshidratadora. Claro que se debería incluir el procesamiento de otras hierbas, para que el funcionamiento sea constante durante todo el año, puesto que las tareas con la manzanilla sólo duran tres meses. "Vamos bien, así que calculo que tendremos suerte. Por ahí, a principios de 2007 ya tenemos el gas", se ilusionó Dari.
Recuperar la tradición
La Argentina pasó de exportador de aromáticas a importador. Pero según este especialista, hoy la coyuntura está dada como para volver a producir. Lo que ocurre es que las malas épocas obligaron a que se desmontaran muchas plantas y acopiadoras.
"Yo no sé si volveré a producir, pero sí mis hijos, que están muy entusiasmados", comentó. Y agregó que desde otro rol seguirá luchando "para que esta zona vuelva a ser un gran polo productor de aromáticas".
De concretarse su ilusión, no sólo resultará beneficiado el país por el ingreso de divisas "alternativas", sino que la región recuperará una antigua tradición introducida por los inmigrantes italianos y españoles llegados a principio del siglo XX. Esos mismos que comenzaron con la tarea de "cubrir" los campos con florecillas blancas y amarillas.




