
Orientados por una cartografía instintiva anduvieron la pampa para hacer posible el comercio del ganado
1 minuto de lectura'
El nombre antiguo era el de tropero, que así se llamaba el trabajador de campo que conducía arreos de vacunos o de otros animales; pero se trataba de una designación imprecisa pues también se le decía tropero al carrero -recuerdo evidente de cuando los peligros hacían que las carretas fuesen en "tropas"-, que es el mismo al que después se conoció como carretero. Lo cierto es que en algún momento al tropero comenzó a llamárselo resero, designación que en origen se aplicaba a los matarifes y a quienes compraban reses. Luego resero fue una denominación que llegó a ser clásica, sobre todo en la campaña porteña y así ha quedado, de la mano de Don Segundo Sombra y yendo todavía al tranco por los Mataderos, avenida Lisandro de la Torre, ex Tellier?
Llámesele de una u otra manera, el personaje es el mismo: el chambergo hundido hasta las cejas, el poncho pegado al cuerpo bajo la lluvia, el caballo cansado pero aun invicto ante el sol y la sed y, sobre todo, avezado en eludir las vizcacheras que se encuentran a campo traviesa. Su jinete es un hombre triste y parco, al parecer convencido de un destino insalvable y bien más gravoso que el del resto de los paisanos: en efecto, todos ellos debían conseguir terminar sus penurias y acollararse a un rancho, reconocerse como vecinos de un pago. Finalmente, se convertían en mensual de estancia o en trabajador independiente, como el domador, pero de una manera u otra con la posibilidad de tener techo y familia.
Para esa época ya la tradicional condición desvalida y nómada del gaucho quedaba, en puridad, reservada a aquel cuya ocupación misma era "andar distancias", vigilando desde atrás los arreos.
Aparte deliquios poéticos e ideológicos sobre la libertad y otras ensoñaciones, de sobra se explican las particulares consideraciones que rodeaban al tropero o resero: "es el más sacrificado, el más sufrido, el más heroico de todos". Admirado nos cuenta Félix San Martín: "Tras la agotadora tensión en que va marchando días y días, meses y meses, todavía tendrá ánimo para bromear en el fogón, comentar incidencias cómicas de algunos de los compañeros y contar cuentos antes de irse a tender su recado para medio dormitar, «no sea que el diablo meta la pata y nos haga una de las suyas?» (desnuda referencia al temor de que se le quiera robar el ganado confiado a su responsabilidad). Y antes de clarear el alba -finaliza- tendrá su caballo ensillado".
El último gaucho
En fin, así debía ser: los alambrados mandaban y a alguien le iba a tocar ser el último de los gauchos verdaderos. Le correspondió serlo a un tropero o resero, resto de baquiano antiguo, con cartografía instintiva centrada en el conocimiento de los tramos intermedios entre aguada y aguada, entre paradero y paradero.
Su trabajo más común era arrear vacunos; pero lo hazañoso era llevar ovinos, tarea bastante más difícil. Por la escasa alzada de los animales, en ciertas épocas del año era inevitable el cruce de los ríos a nado, pero la oveja es muy cobarde para meterse en el agua; por otra parte, los campos de monte achaparrado perjudicaban el estado de la lana y las largas andanzas desgastaban las pezuñas hasta impedir la marcha. Todo arreo estaba generalmente al borde del desastre y la culpa de éste, de sobrevenir, sería del pobre paisano.






