Arboles que fueron parte de la historia argentina

Alejandro Schang Viton
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17 de junio de 2000  

Antiguamente, el árbol, además de ser considerado un preciado reparo natural, fue también "adorado" en rituales y personificó el mudo testigo de lo que sucedía "ahí nomás" de sus raíces.

"Donde hay un árbol, algo o alguien por aquí pasó", es parte del folklore universal. Parece confirmarlo la actitud de los primeros pobladores -compartida con personajes de la aristocracia, militares y miembros de la Iglesia- que contribuyeron a hacer de nuestra tierra un museo viviente.

Los árboles de la isla Sarmiento, en el Delta de la provincia de Buenos Aires, son un ejemplo de la intención de generaciones que encontraban en ellos "una pizca de eternidad". Fue también Domingo Faustino Sarmiento el introductor del popular eucalipto en la Argentina.

Entre las preferencias nativas, el algarrobo ocupó un puesto preferencial para los militares, tal vez por la costumbre de asociarlo con la fortaleza.

Los ombúes, de gran aceptación entre los rioplatenses, fueron elegidos por los virreyes Vértiz y Sobremonte. Compartieron renombre con los ejemplares de la Aguada de Pueyrredón y los de Santos Lugares, que un siglo atrás señalaban la presencia de una "posta", o un lugar en donde el hombre hallaría refugio.

Los sauces también fueron testigos de su tiempo: el del canal de San Fernando, en el Delta, y el atribuido a los generales San Martín y O`Higgins (en El Plumerillo, Mendoza) ambos eran del tipo "llorón".

"Sobre cada gran hombre hay un gran árbol dándole sombra", confirma Enrique Udaondo en "Arboles históricos de la República Argentina". Según el autor, "a Güemes se le atribuye un cebil en La Higuera, Salta, y al perito Moreno, en Bariloche un ciprés". "En La Rioja se mantenía especial orgullo por el naranjo de San Francisco Solano y por el olivo de Araujo", agrega en el mismo libro.

El "ñandubay de Palo Largo" forma parte de la historia de Curuzú Cuatiá, Corrientes, tanto como "el palo borracho de la Batería" en Posadas, Misiones. Salta mostraba al turismo, hasta hace medio siglo, "la tipa de la independencia" como una de sus piezas naturales, históricas y vivientes.

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