
Mañana se cumplirán 72 años de la muerte del cantor que matizó su repertorio con zambas, estilos, tonadas...
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Para las actuales generaciones Gardel es una tradición que nos llega en múltiples grabaciones, que reviven su voz de timbre excepcional y dúctil tesitura; en aportes de un copioso anecdotario; en fotografías que muestran su simpatía; en películas y en nutrida bibliografía. Esta tradición le asigna, con toda justicia, el galardón de máxima figura del tango.
Sin embargo, en el corazón de Gardel había un rincón gaucho, un fogoncito siempre encendido, aún bajo los rescoldos de una vertiginosa carrera profesional hacia la cima de la fama.
Desde su adolescencia hasta su madurez, Gardel evidenció una marcada preferencia por el cancionero tradicional, por lo auténticamente criollo, en toda la gama de su variado repertorio. Una rápida visión cronológica, para formar un hito entre dos fechas -1912-1935-, desde que Gardel integraba el dúo con Razzano hasta su éxito indiscutible de solista, "el morocho del Abasto" muestra su inclinación hacia la tradición criolla, en la que convergen todos las regiones de la patria. Zambas, estilos, tonadas, cifras, rancheras, canciones y valsecitos criollos matizan constantemente su repertorio.
Y esas letras y música -de alguna de las cuales es autor-, que canta con advertible amor, mencionan lo más entrañable para el gaucho: desde sus costumbres, sus trabajos, sus vestimentas, hasta la ternura o melancolía de sus amores. A modo de ejemplo: "Mi paisanita", "A mi moro", "Mi pañuelo bordado", "Los ojazos de mi negra", "Mi manta pampa", "Pobre gallo bataraz", "La tropilla", "En la tranquera", "Mañanita de campo", "Hasta que ardan los candiles", "Criollita decí que sí"...
Y no podía faltar en este conjunto criollo la mención del resero ("¡Hopa, hopa, hopa!") o la labor del paisano que va conduciendo su carreta por la pampa inmensa, "sobre sus pastos amigos": "... Claro caminito criollo florido y soleado/ con pañuelo bordado, hoy me viste pasar..."
Y su admiración por el payador -conoció a Gabino Ezeiza y a José Betinotti-, en sus canciones "El payador" y "La pena del payador"; en este último vals menciona nada menos que a nuestro legendario Santos Vega: "... Facón de plata al cinto, trabuco amartillado/ espuelas nazarenas, sombrero echao pa atrás,/ allá va Santos Vega jinete en su tostado/ pensando que la vida para él está de más".
Exaltación de lo rural
Y no puedo dejar de citar las películas "Cuesta abajo" y "El día que me quieras", consideradas hitos de su carrera artística. A esa altura de su trayectoria, siendo árbitro exclusivo de su destino artístico, Gardel impuso su criterio, avalado por el aplauso incondicional de sus admiradores. Pues bien, en ambas películas, pese a esos argumentos que van por otros cauces tangueros, hace surgir del rincón gaucho de su alma la exaltación de lo criollo, de lo argentino.
Gardel se las ingenia para que se luzcan ante el mundo los cantos nativos, nuestras danzas y canciones, la belleza de la pampa. En "El día que me quieras" se presenta formando una compañía artística -cuyos integrantes visten ropaje gauchesco-, que se dedica a interpretar nuestro folklore nativo, un poco estilizado, adaptado al público al que se dirigía. En una escena exalta nuestro instrumento nacional, interpretando "Guitarra, guitarra mía". ¡Y hasta presenta un malambo en la Nueva York de entonces!
En "Cuesta abajo" se hace aún más patente el criollismo de Gardel, aunque el hilo argumental toma otros rumbos: se trataba de mostrar el perfil tanguero de Gardel, el Buenos Aires nocturno, los bajos fondos de París y de Nueva York. Sorprendentemente en este escenario aparece como un remanso, el campo argentino. El coprotagonista, en esta circunstancia, traza un acertado panegírico sobre la belleza, la paz y la emoción purificadoras de nuestra tierra y de nuestros paisanos. Tomando como pretexto el cumpleaños de la deuteragonista, se celebra en su honor una fiesta campera. Los peones, con su vestimenta típica, presentan una muestra de nuestro folklore nativo, con guitarras, cifras y tonadas, y bailando un malambo.
Setenta y dos años nos separan del vuelo frustrado de nuestro prodigioso zorzal, que nunca volvería a su Buenos Aires querido. No obstante, a tanta distancia en el tiempo de su viaje definitivo, todavía nos llega su voz, con su respuesta de sincera modestia ante los elogios por su canto criollo: "... Cualquiera canta con guitarras que suenan tan lindo"...
-¡No! Cualquiera no canta como Carlos Gardel, así lo acompañen guitarras de concierto.
Pero sí puede afirmarse que cualquiera, aún más si es argentino, puede tener en su corazón un rincón gaucho como el que Gardel guardaba en el suyo.
La autora es directora del Seminario "Región Gaucha" del Doctorado en Letras de la Universidad del Salvador.






