
Voces quechuas, mapuches y guaraníes que se instalaron en la expresión gauchesca
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En estos días, en que hablar de Año Nuevo parece justificar como nunca el uso de mayúsculas, en que los tres ceros que siguen al dos son como mágicos ciclos promisorios de vida continuada, han venido a mi memoria las palabras y la música del canto de los ayllis que, en La Rioja, entonan una alabanza en quechua, cuyos versos iniciales -transcriptos con grafía castellana- afirman: "Año Nuevo pacari/ Niño Jesús canchari/ Intitapas llallirpa/ coillur llallir llallircha./ Mamay Virgen Copacá...", es decir "Al amanecer del Año Nuevo/ resplandece el Niño Jesús/ ganando aún al sol/ ganando aún a las estrellas./ Madre mía, Virgen de Copacabana..."
Apelo al recuerdo imborrable de aquél milagro anual. En plena plaza de La Rioja, el gran obispo San Nicolás (aquel de cuya tradición septentrional surge el ahora omnipresente Papá Noel), es bajado hasta tierra por las andas de sus devotos ante la pequeña imagen del Niño Jesús, alcalde del mundo, cuyas propias andas conducen los representantes de los aborígenes andinos catequizados, portadores del canto de aquél extenso texto salmodiado, bajo un arco florido y al son del tamborcito ceremonial.
La fuerza de esa supervivencia lingüística americana, refuncionalizada pero irremplazable en el emotivo ritual, me ha llevado a pensar en cuántas voces quechuas se convirtieron en patrimonio del gaucho y, luego, en cuántas otras palabras que también fueron parte de su vocabulario proceden de lenguas emparentadas con el mapuche o con el guaraní.
En primer lugar, el gaucho debía a los indios los designadores de la tierra. La toponimia de la "pampa" comienza por ese mismo vocablo, que se considera de origen quechua con el sentido de gran llanura sin arboleda natural, y sigue por los incontables nombres de accidentes geográficos que derivan de palabras de grupos indígenas de la pampa y la Patagonia o del mapuche propio de la auraucanización posterior, como "cura" (piedra), "lauquen" (laguna); "leuvú" (río), "loó" (médano) o "mahuida" (sierra), "Atuel" (lugar de matanzas), "Tapalquén" (mucha agua detenida). También presenta palabras guaraníticas como "Pehuajó" (terreno bajo y anegadizo) o "Sarandí" (por el arbusto de ese nombre); "Paraná" (de "pa-ra-nay", semejante al mar), y "Uruguay" (de "uru-gua-l", río de aves de diferentes colores, o "uruguai", río acaracolado, según algunas de sus diferentes etimologías posibles).
La flora tiene para el gaucho gran cantidad de nombres americanos: "amambay", "mburucuyá", por ejemplo, proceden de las lenguas del litoral fluvial; "chirimoya", "chañar", "pichana", son voces quechuas; ranquel o ranquil (carrizo), pehuén, maitén, quintral, son nombres de vegetales en la lengua araucana.
También la fauna autóctona ha mantenido muchos de sus designadores aborígenes como los guaraníticos "yaguareté" (el jaguar), "aguará" (el zorro), "yaguané" (el zorrino), "urutaú" (de "urú", ave, y "taú", demonio, fantasma), "carao o caraú (bandurria), "chajá", "ñandú", "yarará" (víbora chata amarilla) y "yacaré" (de "arayá", siempre afuera, "aca" cabeza, y "ré", hediondo, debido al almizcle que tiene).
Son palabras quechuas "guanaco", "chuña", "vicuña" y mapuches "choique" (ñandú), "huemul" (ciervo); "luhuán" (guanaco); "puma" (león), entre otros muchos.
En boca de personajes
Que el habla del gaucho estuvo y está matizada por la inclusión espontánea de vocablos autóctonos es hecho plasmado en muchas de las obras más representativas de la literatura argentina.
En el "Martín Fierro" de José Hernández y en "Don Segundo Sombra", de Ricardo Güiraldes, como ejemplos paradigmáticos, han sido detectadas numerosas palabras que proceden de lenguas indígenas y que se instalaron en la expresión del jinete ganadero y también del paisano agricultor que hasta ahora comparte el territorio "gaucho" con aquél.
En cuanto a la presencia del "quichua", y utilizando esta última variante del nombre de la lengua incaica, que es dialecto vigente en Santiago del Estero, quiero rendir homenaje a Domingo Bravo, que durante toda su fecunda existencia realizó fundamentales contribuciones en tal sentido. Pero además debe considerarse el uso de voces propias de las otras familias lingüísticas principales.
En boca de los gauchos del "Martín Fierro" aparecen: "achura", "chajá", "chasque", "charabón", "chiripá", "guayaca", "pampa", "pichicos", "vizcacha" y "yapa" como palabras de la lengua quechua; "ñandú", "ombú" y "yaguané", del guaraní, y "calamaco", "huinca o huincá" y "pilcha", entre los de formación mapuche.
En "Don Segundo Sombra" encontramos "achura", "apampar", "cancha", "carancho", "carpa", "chacra", "charqui", "chiripá", "guacho", "guasada", "guasca", "pampa", "pucho", "vincha", "vizcacha", entre las principales voces del quechua.
"Añang" (demonio), "caburé", "caracú", "guayquero", "isoca", "mamboretá", "mangangá", "ñandú", "ñandubay", "ombú", "yaguané" y "yarará" son palabras guaraníes que están en la obra de Güiraldes y como muestra de las araucanas citaremos las indiscutibles "calamaco" y "gualicho".
Es necesario aclarar, en esta síntesis, que se está simplificando excesivamente cuando se habla de "quechua", de "mapuche" o de "guaraní", ya que cada una de esas genealogías lingüísticas enciera aportaciones de múltiples culturas en ellas convergentes durante distintas etapas de su historia y de la historia común de los argentinos.
Un territorio del pasado, surcado por infinitos rodeos de miles de cabezas de ganado vacuno, mular y ovino, con huellas dibujadas durante siglos por las tropas de carretas y cortadas por las rastrilladas de los indígenas. De ese país, enriquecido por influencias de plurales culturas, surgió el tipo del gaucho.
Pero las palabras no tienen fidelidad a las culturas que las generaron sino a la función prestigiosa que ellas puedan mantener. El aborigen y el gaucho ya sin fronteras, y más ampliamente aún, todos los argentinos, estamos unidos por muchos de los rasgos más definitorios del léxico nacional.
La autora es folklorista e historiadora.





