
Para labriegos, carreteros y mayorales, los caballos serían el único elemento que les proveería la tracción
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CASTELLI.- En la llanura pampeana de los siglos anteriores muchos inmigrantes se abocaron a la labranza -a riesgo de su propio pellejo-, en tiempos en que los indios, los perros cimarrones y tanta otra adversidad hacían casi impracticable la cría de ovinos o vacunos. Después serían sus hijos y los demás criollos quienes continuarían esta esforzada tarea en la que hombres y bestias entregaban sus existencias de sol a sol y de enero a enero.
Tanto en la labranza como en el transporte, el caballo, y en menor medida el buey, tuvieron un protagonismo insustituible en esa novel y accidentada etapa del país.
Desde aquel primitivo arado de mancera, en el que el labriego debía caminar detrás sosteniendo las dos manijas, mucho tiempo pasó hasta la aparición del arado de asiento, de una o dos rejas, que junto a la posibilidad de abarcar una superficie varias veces mayor significaba una "comodidad" que hasta ese momento había sido inimaginable.
Sólo así, con dos rejas, en una jornada completa se podían dar vuelta hasta tres hectáreas, según el estado del suelo, pero hacía falta contar con un grupo de caballos que podía ser de hasta ocho, atados en dos líneas, o cinco en forma horizontal, modalidad que obligaba a una de las bestias a caminar sobre la tierra arada tirando desde esa incómoda posición. Se requería gran cantidad de animales ya que la tarea afectaba igual número en la mañana que en la tarde, más los que se lesionaban durante la esforzada tarea.
Allí donde hubiera algunos árboles, alguna fuente de agua cercana y piso firme para construir el corral para la manada, los labriegos instalaban su campamento, que podía ser una casilla con ruedas o algunas chapas dispuestas a dos aguas.
Entre los tantos que se dedicaban al laboreo estaban los hermanos Piazza. Fito, Pancho y Agustín traían una manada integrada por más de cien yeguarizos, a los que se agregaba cualquier mañero que anduviera por el pago porque entre sus percherones todo mancarrón les era de utilidad.
Una nube de gaviotas los cortejaba, entregadas de sol a sol a la cacería de todo bicho arrojado a la superficie de la tierra por la acción de la reja que, además, dejaba al descubierto piedras de boleadoras y hasta objetos extraviados.
Pancho Piazza rememoraba su paso por las chacras con precisión de calendario. "En los primeros tiempos hacíamos todos los trabajos con los caballos. Por más ariscos que fueran, en pocos meses se acostumbraban a todas las maquinarias. Empezábamos atándolos acollarados a los mansos en el arado y después venía el trabajo de rastrear y escardillar, y para la época de la trilla, en que remolcaban una máquina con motor, ya estaban entregados y tan tranquilos como los demás animales", explicaba.
Recuerdo de inclemencias
Por más lejanos que fueran, este chacarero recordaba las fechas de inundaciones, temporales, sequías, del ataque feroz de bandadas de isocas, de las heladas y los grandes calores. "En aquel enero de 1957 la temperatura llegó a los 43 grados. Era un infierno, creo que no lo voy a olvidar jamás. Estábamos trillando lino ese día, y uno de los peones tiraba agua sobre un cuero de vaca y después se revolcaba en él para refrescarse un poco", decía.
Para valorar el sacrificio de este paisano alcanza con revelar un detalle: Pancho Piazza superó una hernia sin necesidad de operarse. "Me ajustaba bien fuerte una faja, con un nudo frente a la herida, y salía a trabajar. Lo hice durante mucho tiempo hasta que un día desapareció."
Pero no todos los riesgos fueron superables para los Piazza. Su hermano Fito tenía la costumbre de envolverse el látigo al cuello mientras araba, y una tarde de 1944, mientras trabajaba en la estancia El Porvenir, la soga del chicote se envolvió en el eje del arado y en una de las vueltas de la rueda se le ajustó al cuello. Un puestero lo encontró ahorcado unas horas más tarde al notar que los caballos se habían detenido durante mucho tiempo.
En los comienzos agrícolas de la Argentina sucedían verdaderas tragedias. Entre estas últimas también se cuentan las disparadas de los animales que, asustados por algún motivo, huían a toda velocidad y en cualquier dirección, y a causa de las anteojeras que les reducían el campo de visión, embestían alambrados, tranqueras o bebederos y terminaban generalmente muertos o gravemente heridos e inútiles para el resto de su vida.
Con el tiempo los animales alcanzaban una gran mansedumbre y "memorizaban" ciertos actos rutinarios, propios de la tarea que les tocaba en suerte. Así recuerda don Miguel Bianchi su experiencia en la estancia El Tala, en la década del cincuenta: "Salíamos temprano a rastrear y un poco antes de llegar el mediodía empezaban a buscar la casa. Se hacía difícil poder mantenerlos en la chacra porque porfiaban con fuerza y más de una vez se desbocaron antes de llegar, porque sabían que era la hora en que los desatábamos".
Por testimonios supe también que los caballos de los repartidores de pueblo iban deteniéndose en cada casa mientras el conductor caminaba al costado del carro.
El recuerdo de estas escenas forma parte de aquel país que empezaba a mostrar su potencial agropecuario.
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