
Qué aspectos de la esgrima medieval conservó el duelo criollo
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Con armaduras más o menos completas, los contendores aparecen agachados, con espadas en la mano derecha y puñales en la zurda; no sé si el grabado muestra una recreación realista o fantasiosa de las riñas medievales, pero lo curioso es que dispuestos de esa manera, en esa posición poco airosa y semiperfilados uno en relación con el otro, remedan casi perfectamente una escena atribuible al llamado "duelo criollo".
En su clásico libro, Mario López Osornio se refiere bastante a lo que designa como "armas dobles"; en efecto, lo común es que en el combate con arma blanca se utilicen ambas manos y, a veces, los brazos. El gaucho, en tanto empuñaba el facón, llevaba en la izquierda enrollado el poncho o bien colgado de la muñeca el rebenque. Con el primero debía parar hachazos y embestidas; con el segundo, alejar al contrincante, y si éste resultaba no ducho hasta podía ocurrir que fuese el instrumento adecuado para acabar con él, tomando el talero por un extremo y estrellándoselo en la cabeza.
Se trata, pues, de un tipo de esgrima muy diferente del practicado en los "lances de caballeros" del siglo XVII en adelante, tras la normatización y adecentamiento que introdujeron los "maestros de armas", en un proceso que llevó a difundir por todo Occidente el enfrentamiento perfilado, "elegante" y con un solo brazo extendido. Por oposición, es claro que si se utilizan ambas manos, para que las dos puedan entrar en acción es necesario ponerse casi de frente, y la indefensión así originada debe ser compensada de alguna manera, por ejemplo agachándose.
En realidad, nuestros paisanos conservaban la esgrima antigua, tal como era usual en la Edad Media; en vez del escudo o rodela, quedó el poncho, tras haber sido la capa española en las jornadas del descubrimiento y de las disensiones primeras: "Entró con la espada en la mano y la capa revuelta en la otra...", escribe Enrique de Gandía, citado, justamente, por López Osornio. Y en vez de pinchudas mazas y de cadenas quedó el rebenque servicial, aunque de relativa contundencia: un buen golpe de cabo desmayaba, es verdad, al más pintado, pero tenía que haberle dado directamente en la cabeza. Para evitarlo es la razón por la cual los cuchilleros rurales y urbanos combatían invariablemente con sombrero, con vistas a amortiguar el garrotazo, rasgo tan característico y esencial que hasta hoy se nos hace difícil imaginar a un paisano descubierto. Exactamente al revés procedían los caballeros que, a estar a afianzada tradición cinematográfica, arrojaban ampulosamente sus sombreros emplumados o sus tricornios, según la época, antes del sacramental "en guardia".
Surge de lo anterior que una cosa era de un modo y que muy distinta era la otra. Hubo, entonces, una consagrada esgrima de señorones y, de este lado del océano, otra de malevos. Tenemos, además, que en esta última eran moneda corriente unas cuantas minucias acordes con el pobrerío de sus cultores, artimañas como la de arrojar tierra, lanzar pullas e insultos y -sobre todo y ante todo- los consabidos salivazos, todo esto a menudo entre las risotadas y aun apuestas de una concurrencia por completo ajena a solemnidades rituales. Eran dos mundos y no se les hace ningún favor con querer confundirlos.
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