Desde la pampa sin límites hastael alambrado

Los cercos vivos servían para separar lo que a simple vista no tenía divisiones
Los cercos vivos servían para separar lo que a simple vista no tenía divisiones
Fernando Sánchez Zinny
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8 de diciembre de 2012  

"¡Cerquen, no sean bárbaros!" es, por supuesto, frase de Sarmiento. Con su énfasis característico e intemperante instaba a superar un aspecto primitivo del país del que fue coetáneo. También de él es cierta descripción que pinta a la pampa entera como "gran camino" que a todos lados iba y de todos venía, según el arbitrio de quien lo recorriese.

Las inmensas propiedades no tenían interrupción entre sus extremos, definidos por montes, lagunas, cañadas o distancias imaginarias que hacías las veces de coordenadas astronómicas. La propiedad lo abarcaba todo, incluidos los caminos, a menudo designados todavía como "reales". Para usarlos, simplemente se atravesaban estancias sin que la costumbre consintiera restringir el paso o pretender lucrar con la imposición de peajes. Pero la acelerada valorización de la tierra y el crecimiento de la población hacían presumir el surgimiento de dificultades, tanto para ese uso por parte de viajeros, mercancías y semovientes como al quererse fijar el límite preciso de cada propiedad. El tema motivaba inquietud en quienes intentaban dar consistencia a aquella sociedad embrionaria y el "¡Cerquen, no sean bárbaros!" sarmientino, notoriamente se conectaba a esa preocupación; no en balde hacia esa misma época, un decreto de Mitre expresamente prohibió erigir cercados que cortasen caminos, mandato obvio que, al parecer, nadie hasta ese momento había juzgado necesario impartir.

Cercar.. ¿pero cercar cómo? En las zonas montuosas del Norte. desde antes del arribo de los españoles, se alzaban las pircas, subsistentes aún en muchos parajes. Pero acá -y al margen de pequeñas empalizadas- sólo era viable el cerco vivo, de preferencia constituido por plantas espinosas como el ñandubay, al que solemos llamar espinillo. Sobre los fines de la Colonia, don Tomás Grigera adquirió fama merced al modesto alarde de rodear su quinta con tunas, con el inconveniente -igual que en el caso anterior- de ser difícil cubrir de ese modo un perímetro amplio y de requerir años para que el cerco llegara a ser respetable. Por ahí se apeló a un imperfecto sustituto: la zanja trabajosamente abierta y complementada por una valla de arbustos. Por un tiempo el "zanjeador" fue personaje clásico, tanto como luego habría de serlo el alambrador. De esa tarea, por demás pesada, se ocupaban, sobre todo, peones irlandeses.

La solución no habría de venir sino con la invención del alambre y, más propiamente, del alambre de púas, introducido poco antes de 1880 y que una década más tarde se había adueñado de toda la Pampa Húmeda, con antecedentes que se remontan a bastante antes, a partir del innovador inglés Richard Newton, quien en 1845 cercó la huerta y arboledas inmediatas al casco de su estancia Santa María, en el pago de Magdalena. Para hacerlo utilizó alambre industrial "del grosor de un dedo", lo que aun dando por sentado que la referencia era a un meñique, más nos da idea de una varilla que no de lo que hoy entendemos por alambre.

De 1855 es el primer cercado "metálico" de toda una estancia, Los Remedios, de don Francisco Halbach, en La Matanza. Después de 1870 surgen los campos de invernada y éstos forzosamente deben estar alambrados para asegurar la permanencia y el engorde de la hacienda. Y enseguida, la irrupción triunfal del alambre que nos es familiar: en sus Anales, la Sociedad Rural asevera, en cuanto a esta materia, que hacia 1875 más bien se estaba "a la buena de Dios": Transcurridos dos lustros y medio, don Estanislao S. Zevallos anuncia, con su habitual arrogancia, que "nuestros alambrados son magníficos".

La secuencia testimonia una transformación profunda: no ya la "pampa bárbara" sino el trabajo asiduo y la convivencia ordenada. Y en vez de la desarrapada libertad del antiguo trashumante, el productor meticuloso y el chacarero gringo. Había nacido, pues, el campo que conocemos.

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