Don Fruto Gómez, comesario rural

El personaje creado por Velmiro Ayala Gauna abrió un rumbo en los relatos policiales de atmósfera campera
Carmen Verlichak
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26 de noviembre de 2011  

Aquí no hay calles envueltas en la bruma ni resuenan cascos agoreros en las cercanías de Scotland Yard, no se busca delincuentes internacionales, ni el famoso diamante desaparecido en un lujoso hotel de París. Nada de eso hay porque estamos en Capibara-cué, el mítico lugar correntino donde don Frutos Gómez resuelve crímenes del modo más extraño para algunos; para él, del modo más natural.

Don Frutos, personaje excéntrico y entrañable como suelen ser los detectives, es un sagaz hombre del campo tan impregnado con la naturaleza que sin tecnología sabe cuándo va a llover; por qué se sonroja ese muchacho, y adónde fueron a parar las tres gallinas de la Rosita. Con esa misma naturalidad sabe por qué alguien quiso matar y, aunque le lleve un tiempito, descubrirá el cómo. Para don Frutos no hay intriga que se resista.

Los crímenes a desentrañar ocurren en medio de los esteros o en la selva fiera, bajo un sol que ya en la mañana es ardiente, y con noches de estrellas y luciérnagas donde, como dice don Frutos, "en esta tierra de machos ser valiente es cosa fácil, lo que cuesta es no andar armando camorra para dimostrarlo". Allí están los cazadores, los del boliche y las arrugadas viejitas que narran historias de lobisones y curupíes, mientras en la frontera aduaneros y contrabandistas intercambian disparos; allí están los pícaros, las muchachas de trenzas larguísimas y los mozos domadores. Con "Don Frutos Gómez comisario", Velmiro Ayala Gauna abrió un rumbo en los relatos policiales de atmósfera rural; atmósfera, escenario y resolución, porque siempre, siempre es la naturaleza la que está envuelta en ello.

A su modo, Frutos resulta tan excéntrico como despistado, y tal como Poirot, como Monk, como Columbo o como el celebrado padre Brown de Chesterton, parece más bien un antihéroe y tiene ese mismo aire de nada de Miss Marple, quien siempre decía "la gente es igual en todos lados". Sí, al menos los son los móviles, eternos y reiterados, tanto en el Orient Express como en Capibara-cué. Los que varían son las costumbres y el entorno, y ahí, Ayala Gauna muestra la idiosincrasia del hombre del litoral, con sus prejuicios y su sabiduría.

Con ritmo litoraleño, en la oficina del comesario Gómez no se fuma en pipa sino que entre "verde" y "verde" se desentraña la verdad. Como Frutos Gómez es reticente a los últimos adelantos de la tecnología, resolverá a pura deducción, astucia y a veces algún que otro apremio. Su adlátere, el oficial Arzásola, que llegó con ínfulas científicas y metódicas, al cabo del tiempo termina usando el libro de psicología para nivelar la pata renga de la mesa; de la mano de comisario comprendió que la intuición y la picardía le serán más útiles. Porque "para conocer a la gente hay que estudiar a la gente", según una frase que Gómez desliza por allí. El autor así lo quiso y demostró con mucha gracia que la ficción policial se puede desarrollar plenamente en ambientes gauchos.

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