
La gracia que expresan las denominaciones del pingo tiene su explicación: en ocasiones hace gala del pelaje, del carácter del animal o de la manera de ser del jinete
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La gracia que expresan las denominaciones del pingo tiene su explicación: en ocasiones hace gala del pelaje, del carácter del animal o de la manera de ser del jinete
Una estampa del gaucho no está completa si con el hombre no aparece el caballo. Las pilchas van cambiando, los arreos también. Pero lo que no cesa es esa existencia casi simbiótica del jinete ganadero de las pampas y de las lomadas con el noble animal que compartió con él el señorío del espacio material que le ofrecía la tierra.
El criollo de hoy, en el campo tecnificado, donde la máquina ya reina, mantiene en un plano sostenido entre lo funcional y lo simbólico ese apego al caballo, que incluye un colorido repertorio de dichos, refranes, chistes, anécdotas y casos, cuentos y leyendas, coplas sueltas, décimas y compuestos de espontáneo fluir, que lo tienen como protagonista.
Como ocurre en toda relación entre el hombre y lo "otro", lo primero que impresiona en esta vigencia del caballo en la vida del gaucho es la pluralidad de modos con los que el hombre nombra al animal.
Sólo lo que podemos nombrar puede ser pensado, caracterizado e incorporado a nuestra realidad. Por eso cuanta mayor importancia tiene un objeto -vivo o inanimado, material o espiritual, benigno o maligno- en la cosmovisión de un pueblo, mayor es también el número de nombres con que se lo designa, se lo califica, se lo describe, se lo llama para que acuda, se lo conjura para que se aleje.
Nomenclatura de pelajes
Aun sin mencionar las razas, los nombres genéricos de los yeguarizos en la pampa gaucha son numerosísimos. Según el pelaje, los hay alazanes, bayos, blancos, cebrunos, colorados, doradillos, gateados, lobunos, moros, oscuros, overos, picazos, rosillos, tordillos y zainos, con variedades y combinaciones cuyos designadores son muchos y tan descriptivos como plateado, mosqueado, albino, blanco huevo de pato, sucio, azulejo, naranjado, encerado, atigrado, ruano, pangaré, barcino, requemado, malacara, pardo, tapado, zafrado, tobiano y sabino.
Estos últimos nombres obedecen a detalles existentes en cualquier parte del cuerpo, según explica Tito Saubidet en su irreemplazable "Vocabulario y refranero criollo", y aún continúa la lista con otros del estilo de entrepelado, salpicado, aporotado, lunarejo, tiznado, chorreado, raya de mula, raya cruzada, yaguané, fajado, lagarto, bragado, marucha mora y muchos más.
De acuerdo con otras características de sus miembros se los distingue como calzado si tiene pelo blanco en uno o varios remos -con variantes como argel, maneado, media res o bota con delantal-; mano mora -o pata mora- si posee este pelaje en sus miembros; cabos negros; cebrado... Y éstos son sólo ejemplos. También existe un profuso nomenclador del caballo según las peculiaridades de su cabeza: boca de mula, corazón, estrella, gargantilla, lucero, malacara, pampa, quitilipe, siestero, zarco, etcétera.
Distintos calificativos que suelen aplicarse a caballos y yeguas son: amadrinado, cuando sigue fielmente a la yegua madrina; bagual, cuando es arisco aunque ya esté domado; estrellero, cuando marcha con la cabeza muy levantada; galán, cuando es armonioso por su forma y pelaje . . . y hay más. A veces el criollo califica con los mismos adjetivos a sus congéneres y a sus caballos, como ocurre con curcuncho por jorobado; currutaco por chico, malcriado o cursiento, muy usado en mi infancia despectivamente, como quien hoy dice mocoso.
Designar al montado
Pero lo que me ha llamado siempre la atención es la creatividad de los jinetes gauchos cuando se trata de dar un nombre propio a su montado o a cada uno de los animales de su tropilla.
La manida metáfora de la pampa como mar renace en su eficacia cuando comprobamos que hay una suerte de transferencia al caballo de la actitud del navegante que -especialmente en la antigŸedad- ponía nombres y apodos propiciatorios, jocosos, femeninos o mitológicos a sus bajeles: designadores imaginativos y lindos muchas veces, que han quedado consignados profusamente en los archivos de todos los puertos y también en el nuestro de Santa María de los Buenos Aires.
Hoy campean las tropillas de jineteadas en que aparecen -muchas veces como presagio inquietante para quienes los monten- animales nombrados "El Vengador", "Mate Amargo", "Pan Comido", "El Sandro", "El Aguará", "El Incorrecto", "El Debutante", "El Moncho", "El Brujo", "El Resorte", "El Tandilero","La Paloma", "El Infernal", "La Discutida", "El Lobito", "El Reintegro", "Tatita", "El Terrible", "El Malón", "La Gringa Loca", "El Charabón", "El Carnaval", "El Pampero", "Vale Cuatro", "La Corvina", "El Linyera", "La Torcaza", "La Mariposa", "El Payador", "El Fantasma", "El Desparramo", "El Sacudón", "Cara Sucia".
¿Nombres de barcos?, ¿nombres de tangos?, nombres de caballos acaso invictos, tal vez invencibles.
En esas jineteadas, los animadores y floreadores -designaciones del poeta y cantor- lucen su peculiar mester épico lírico perfectamente adaptado a tales torneos de destrezas antiguas en un contexto actual. Y juegan a veces con aquellos nombres de caballos en sus décimas bien o no tan bien construidas, como corresponde al quehacer "de repente" del improvisador.
"Se llama "La Discutida"/de Hermes Riviére la yegua/que da muy poquita tregua/bellaqueando enfurecida,/la gente que está reunida/ sacará su conclusión./Es fácil dar mi opinión/y en la décima la hilvano:/Sergio Belinzoni, hermano,/se acabó la discusión".
Escribió el buen versificador de Mar del Plata, Gilberto de Goicoechea, y también lo hizo así, glosando el registro fotográfico para la revista "Tirando en yunta": "Se llama "El Resorte" el pingo,/se estira y se arquea no es broma,/si parecía de goma,/bellaqueando ese domingo,/pero tampoco es un gringo/el que lo topa, y están/ luchando con fe y afán/y en la boleada fulera/se juega Daniel Contreras/que es del pago de Pirán".
El caballo es el centro de estos espectáculos. Caballos que inspiran respeto. Y jinetes con pasta de gladiadores como aquel "sencillo" Miguel Taneredi, de Coronel Vidal, cuya hazaña de quitarle el "invicto" a "La Cautiva" de Baradero nos fue dicha, y escrita con campera grafía, en cuatro décimas espinelas, por el elegante apadrinador don Ramón Altamirano en la pasada Fiesta Nacional del Potrillo. Así son los protagonistas de una tradición ecuestre que ha buscado, en estos espectáculos, la fórmula para no morir.
Porque, como dije al principio, y más allá de toda ficción de conflicto, no hay estampa del paisano gaucho que esté completa si no muestra o al menos sugiere, como si no hiciera falta más que llamarlo por su nombre para que se presente, la existencia del caballo, como complemento del hombre y como parte inseparable de su cosmovisión.
La autora es folklorista e historiadora.





