
Se decía de ellos que "llevaban el mapa en la cabeza" por su gran conocimiento del territorio
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Baqueano, o "baquiano", y su palabra genitora: "baquía", que es destreza, habilidad o sapiencia en algo, aunque no son términos de origen americano únicamente, han tenido vigencia de este lado del océano, y en cuanto a esa designación, si es atribuida a alguien y aparte de acepciones figuradas, sólo les cabe a quienes se destacan por su empírico conocimiento de la geografía de un lugar, en especial sus caminos, vados, atajos, pasos en la montaña y posibilidades de aprovisionarse de agua y alimento.
Ese exclusivismo en cuanto al uso en el Nuevo Mundo se explica muy fácilmente: por muchísimo tiempo y en parte hasta hoy, no había mapas fiables de grandes zonas de América, en especial las apenas pobladas o las sometidas a permanentes cambios en su estado, como son los cauces fluviales.
El baqueano clásico de la Argentina era del todo terrestre y en su forma arquetípica es un ser totalmente anacrónico; desapareció a manos de los agrimensores hacia fines del siglo XIX cuando por fin se contó con cartografía extensa de la mayor parte del país, tras una etapa de paulatina pérdida de ascendiente comenzada al cerrarse el ciclo de las guerras, de las exploraciones y de las travesías extraordinarias. Se ha dicho de ese baqueano que "llevaba el mapa en la cabeza".
En las campañas de la Independencia y en las de las luchas civiles, junto al general iba el baqueano, aséptico personaje del que era imperioso esperar lealtad sin límites pero en el que no siempre se confiaba. El general mandaba a la tropa, pero en más de un aspecto estaba atado al criterio del baqueano, incluso en el trance trágico de albergar dudas, generalmente infundadas, pues en contadísimos casos cupo sospechar traición del baqueano.
Pocos eran los jefes que podían prescindir de ese ladero y, si lo hacían, ello únicamente podía ser cuando combatían en terreno que les era familiar. El más famoso fue el oriental Fructuoso Rivera, simultáneo caudillo, militar a la criolla y excepcional baqueano, célebre archivo viviente en el que estaban registrados, se afirma, detalles de cada rincón, cada cuchilla, cada arroyo y cada senda de su patria.
Es curioso, pero la pampa extendida desde Tucumán hasta Santa Fe y Corrientes, hasta Córdoba y hasta Cuyo, y por el Sur hasta las Salinas Grandes, que fue el gran teatro de los baqueanos legendarios, fue también donde primero se extinguieron. Porque todavía existen en la organización del Ejército y de la Gendarmería, comúnmente asimilados a la categoría de suboficiales pero restringidos a dos áreas marginales en aquella época. Una es el gran macizo conformado a partir de San Juan hacia el Norte por la Cordillera y la precordillera; la otra, los bosques chaqueños y misioneros. En aquélla, la preocupación central de los actuales baqueanos son las abras en las sierras y sus condiciones de transitabilidad cuando nieva. Hacia el Este se habla, más bien, de "baqueanos de monte", y en este caso, aparte de conocer picadas y claros donde acampar, deber ser duchos en artes de supervivencia en medio del laberinto selvático.





