
Como en la canción del corralero, Raúl Gallardo y Santos González narran el apego y el cariño que dejan la cría y la doma de un caballo criollo.
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"Y sí... somos amigos de muchos años y muchas exposiciones y también de las marchas, esas de catorce días que hacen todos los años los criadores de caballos criollos..."
Raúl Gallardo -43 años, casado y cuatro hijos que quieren ser domadores- y Santos González -también casado y una hija a la que le gustan los caballos tanto como a él- estuvieron en la última Rural de Palermo acompañando a los ejemplares de caballos criollos presentados por las cabañas donde trabajan: El Trío, de Celmaras Agropecuaria -ubicada en María Lucila- y La Sirena -de María Mercedes Lalor-, cercana a Ameghino.
-¿Por qué los buscamos?, quisieron saber ellos y quizá también los lectores. Porque son gente de campo y representan algo muy auténtico que vale la pena destacar.
La conversación no resultó demasiado fácil al comienzo; cada pregunta tenía una respuesta muy escueta y después el silencio, como esperando un nuevo interrogante para continuar.
Hijo de tigre
Gallardo, que nació en Tapalqué -pago de criollos si los hay-, es hijo de un domador de esos de antes, que domaban para las estancias y además eran reseros. "Desde muy chico fui aprendiendo el oficio. En ocasiones empezábamos el arreo con cuatro o cinco redomones que cuando pegábamos la vuelta estaban mansos. Después me animé por mi cuenta a los potros y así seguí hasta ahora; dicen que los saco buenos... También, a veces, sé entrar en las jineteadas.
"Mi primer trabajo -contó- fue en la cabaña de Erdmann del Carril; también supe estar en la de Ginochio, donde domé, cuidé los puros y corrí mis primeras marchas. Por ahí tuve la oportunidad de ir mejorando el oficio con algunos viejos entendidos como Quincho Perales y otros que eran palabra para entender a los caballos criollos, sacando el potrillo que pinta para bueno y conviene ir distinguiéndolo desde chico."
-¿Cómo son los potrillos que pintan bueno? -Y... es cosa de mirarles el lomo, los aplomos, la cabeza que debe ser bien de criollo. Claro que en eso de elegir no estamos solos; podemos decir lo nuestro, opinamos bastante, pero los verdaderos entendidos son los patrones y los inspectores de la Asociación, que dan su visto bueno cuando se llegan a la cabaña.
Desde hace años, Gallardo trabaja a "full" en El Trío; atiende los servicios, las pariciones, amansa a los potrillos prácticamente desde que nacen, los doma y adiestra para algunas pruebas. Algo que lo ocupa mucho es lo que llama la cuida para las exposiciones o las marchas y competencias especiales .
-¿Extraña mucho cuando los caballos se venden?
-Bastante, pero lo disimulo; de última, es para eso que los preparamos. Claro que no quita que le tenga mucha lástima al caballo que se va. Siempre digo que a mí los caballos que cuido me dan mucho, empezando por el trabajo; son ratos buenos y ratos j... pero de todos me acuerdo.
Pese a lo que dice, nuestro entrevistado se pone nostálgico pensando en los caballos que se fueron y cuenta cómo suele hablarles: "Cuando están por entrar en la pista para una jura o si ando en una marcha les pido que se luzcan bien, que no me fallen, y si en la marcha veo aflojar a mi montado trato de gastarlo lo menos posible y, de última, si lo noto medio terminado busco algún compañero que está en lo mismo y nos tiramos buscando llegar, cantando bajo para que el tiempo se acorte".
Los años y los golpes
Santos González, que se reconoce un enemigo de la fotografía, es directo: "Digan que para mí los caballos son lo más importante después de la familia". Entrerriano, de Gualeguay, se crió en una estancia donde su padre era herrero y "recién a los veintiún años me pasé a la provincia (por Buenos Aires). Al principio fui mensual, pero después empecé a domar, que era lo que en verdad me gustaba y por ahí llegué a la cuida de caballos criollos que se preparaban para exposiciones o para las marchas. Ese trabajo es mi afición, aunque ahora ya no domo porque con la edad los apretones se sienten cada vez más duros y los dolores son más difíciles de sacar".
-¿Extraña la doma?
-Y... un poco sí, aunque cada tanto despunto el vicio con algún redomón de mi propia tropilla. De todos modos, cuando nace un potrillo en La Sirena lo sigo hasta que lo entrego manso de abajo al domador.
-¿Qué pasa entonces?
-Y, como sentir pesar se siente, pero no piense que lo dejo así nomás. Para mí, cada caballo es distinto -como si fuera persona- y como los voy observando desde que nacen, los conozco muy mucho y le digo al domador cómo pienso que debe tratarlo: que no lo acobarde, que el rebenque es para acompañar y no para castigar, que cuide bien el recado para no matarle el lomo y mucha otra conversación.
Santos González se ríe solo cuando relata la última entrega de un potro para la doma: "El hombre me escuchaba callado, dibujando el suelo con un palito y seguro recordando que le había dicho lo mismo el año pasado, sobre el manejo del rebenque, el cuidado con la bajera y todo lo demás, ¿vio? Pero es educado y no dijo nada...".
Caballos y más caballos
Pese a su parquedad, tanto González como Gallardo se vuelven elocuentes cuando hablan de caballos. Los dos tienen tropilla propia "como afición y como negocio y por que los patrones nos hacen la atención de poder tenerlas en el campo". Están convencidos de que sus caballos son buenos y cuando los venden, es con garantía. Gallardo reconoce que es duro para desprenderse de un pingo bien domado, "si no me pagan lo que vale"; más o menos lo mismo dice González que tiene "una tropillita de la que sacó algunos buenos mestizos muy considerados en la zona de Ameghino". Ninguno de los dos es capaz de vender al frigorífico un caballo viejo -un caballo reliquia, según Gallardo-, pero parecen comprender a quien lo hace: sabrán por qué... para muchos es difícil dejarlos en el campo por lo que comen y no encontrarles potrero, ¿vio?
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