El napolitano que sabía atrapar avestruces con boleadoras

Crédito: Denise Giovaneli/LUGARES
Osvaldo Helman
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25 de agosto de 2018  

En compañía de mi hermano Leopoldo, un día, en la quinta El Sosiego, le preguntamos a Francisco Canonni: "Pancho, ¿de qué tierra venís?". Nos responde: "De Nápoles, luego de pasar por Brócoli". ¿De dónde?, nos preguntamos. Porque algo de geografía sabíamos y no ubicábamos ese paraje, y menos que coincidiera con una verdura. A los pocos días colegimos que se trataba de Brooklyn, residencia entonces de gran cantidad de itálicos en el país del norte. Pancho no se adaptó a esas latitudes y decidió venirse a la Argentina. Como él, en las primeras décadas del siglo XX, arribaron una gran cantidad de meridionales italianos, lo que resultó un importante aporte de mano de obra que permitió neutralizar cierta pasividad criolla de esa época.

Bajo, fornido, de cabellos ondulados, Pancho se radicó a principios del siglo XX en la zona de Lincoln, provincia de Buenos Aires, donde transcurrió la primera etapa de su vida en la tierra elegida. Rápidamente se adaptó a los hábitos camperos. Se hizo baquiano en arriar, domar, enlazar y pialar. Se familiarizó con la crianza de la raza Shorthorn, prácticamente entonces la única de ganado bovino, por lo que resultaba ganadora de los concursos ganaderos. La producción lechera era abundante; los tarros de leche nos contaba Pancho se cargaban en un amplio faetón que él conducía a la estación ferroviaria. Aprendió a capturar avestruces con boleadoras que él mismo fabricaba y de noche solía cazar armadillos, que luego asaba en el propio caparazón; para muchos resultaba un manjar. Nuestro personaje se casó en 1925 con Luisa Díaz, bonita morocha provinciana con la que tuvo tres hijos.

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La década de 1930 marcó una nueva etapa en la vida de Pancho. Se trasladó al conglomerado bonaerense próximo a González Catán. Aquí entró a trabajar en la quinta El Sosiego, citada al comienzo. Alentado y compartiendo tareas con su propietario, a quien Pancho con cortesía trataba de doctor (lo era en realidad don Ricardo), se hacía de todo: criadero de aves de corral; con pericia habían construido galpones para enseres y carruajes, una útil conejera y un sobrio chiquero para la chancha y sus chanchitos, de quienes se obtenían todos los productos de la especie, entre ellos chacinados, tarea que Pancho conocía de pequeño. Con el arado labraba los surcos de los que brotarían alfalfares y maizales, futuros sustentos para el establo y gallineros de la quinta. Entre los variados cultivos de frutales y verduras destacamos el de tomates, pues con ellos Pancho elaboraba salsa y extracto para todo el año.

La inclinación del itálico por el trabajo no lo alejaba del esparcimiento. En uno de los campos de la zona, todos los años se realizaba la fiesta de la yerra, que culminaba con la realización de varios juegos camperos. Pancho se especializaba en el del "palo enjabonado", que solía trepar con éxito.

Fructífera, la simbiosis entre aquellos inmigrantes y nuestros campos.

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