
Este texto obtuvo el segundo premio en el Concurso Rincón Gaucho en la Escuela por el nivel secundario
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Les voy a contar la historia de un personaje que vivió en nuestros pagos por más de treinta años.
Al principio le decían "el loco Peláez", aunque se llamaba Nemesio Menéndez. Era un inmigrante español que había venido a la Argentina con su familia y cuyo único refugio terminó siendo la calle.
Recorrió la zona durante mucho tiempo. Había llegado desde Fulton. Por el trazado de las vías alcanzó primero el campo La Aventura, cerca de Dos Naciones, donde sobrevivió varios meses gracias a la comida que los peones de ese campo le alcanzaban.
Después se fue a las cercanías del boliche La Alianza, donde los parroquianos le ofrecían algo de pan, yerba y una que otra copa, pero no se quedó mucho tiempo. Por el camino que se dirigía hacia el Sudoeste llegó a San Manuel.
Se lo podía ver con un pantalón cortado en tiras y unos pedazos de "pulóveres" sobre el torso. Llevaba una frazada que lo envolvía hasta los tobillos y, colgando del cuello, el infaltable collar de latas. Con el tiempo también adoptó el uso de una cacerola en la cabeza.
En las afueras del poblado construyó su vivienda con palos y ramas. La cubrió con cueros de animales, latas de todo tipo, botellas y variados cacharros. Los vecinos la llamaban "el nido" y siempre estaba custodiada por perros vagabundos.
Todas las mañanas hacía su recorrido, respondía al saludo de los vecinos con la mano o con la cabeza, pero rara vez se detenía a conversar. Cuentan que, si soltaba algún comentario, era difícil entenderle, por su incoherencia y porque llevaba la boca cargada de tuercas, arandelas, tornillos o piedritas.
Sin embargo, tenía una habilidad que deslumbraba a los que más lo conocían: podía resolver multiplicaciones por dos o tres cifras, casi en el acto. Se decía que había empezado la carrera de contador en Mar del Plata y que, por algún motivo, se volvió loco y agarró la calle.
Su andar por el pueblo se volvió rutinario. Se paraba en la puerta de la panadería y le alcanzaban una bolsa de pan, otro tanto ocurría en la carnicería.
Con el tiempo atrajo la atención de los chicos, pues, en lugar de temerle, le acercaban latas y él inmediatamente las agregaba a su ropaje. Así fue que terminaron llamándole "el loco de las latas".
Cerca del mediodía, antes de regresar a su "nido", pasaba por el bar de Oscar Castell, donde ligaba algún cigarrillo, un poco de yerba y un buen vaso de caña.
Cuentan que, de noche, cuando pasaba el tren frente a la casa de Nemesio, disminuía la velocidad y no faltaba el maquinista que le arrojara algún paquete con comida.
Tenía una gran fortaleza física, ya que resistía las inclemencias del tiempo y se lo veía sostener grandes bolsas con una sola mano.
"El loco de las latas" fue testigo del crecimiento del poblado, allá por los años 50 y 60. Fue en 1977 que a los vecinos les llamó la atención que Nemesio dejara de visitar el pueblo. Por eso algunos decidieron ir a visitarlo y fue entonces que lo encontraron enfermo. Lo llevaron a la sala de primeros auxilios y de ahí fue derivado al hospital de Lobería, donde murió.
Lo enterraron en el cementerio de San Manuel. Por mucho tiempo en su tumba no hubo flores, sino latas, que le acercaban los vecinos.
Algunos aseguran que si uno se acerca al lugar en el que había instalado su "nido" todavía puede oírse un tintineo de latas flotando en el aire.






