El "silencio" de los pueblos fantasma

Terminan definidos sólo como parajes, caseríos o viejas estaciones de trenes
Fernando Sánchez Zinny
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1 de junio de 2013  

He aquí una imagen reiterada en muchos lugares de la extensión bonaerense: cruzan la ruta rieles abandonados que definen una línea de maleza; si se la sigue suele aparecer, no lejos, una estación curiosamente indemne y silenciosa. A un lado se abre una secuencia de galpones, junto a cuyos portones corredizos crecen los yuyos; al otro -y tras pasar por una deslucida habitación de madera- se da a calle de tierra bordeada por algunas casas, árboles avejentados, un almacén y algún irreconocible negocio cerrado. Hay carteles y anuncios ya sin sentido, y si nos adentrásemos por las calles perpendiculares encontraríamos una escuela demasiado humilde y destartalada como para que la pintura reciente pueda adecentarla y también una plaza, fácil de confundir con un baldío.

Más o menos es así en todas partes y al paraje hasta es común que se retacee la denominación de pueblo; es frecuente que lo reemplace el término "estación", realmente impropio pues la estación en realidad ya no existe. Un día dejó de pasar el tren y tras suyo vinieron sucesivas etapas de quejas, de petitorios, de letargo y de despoblamiento, hasta que todo se redujo a unos cuantos corrales, a enmohecidos hierros y a muros que paulatinamente pierden el revoque. En su mayoría la gente se fue a la localidad cabecera cercana, donde se concentran el comercio y los servicios y desde la cual cotidianamente vienen algunos -a lomo de las 4 x 4- para trabajar sea en el campo o en el ex pueblo.

Por cierto, igual pasa en muchos puntos del país y aun del mundo, pero hablamos de casos vistos en la provincia de Buenos Aires, de modo que se trata de melancolías de primera mano y no periodísticas. Naturalmente, abarcan situaciones y antecedentes muy diversos y asimismo muy distintos grados de opacamiento social y económico, y son casi endémicos en las áreas que atendían los ferrocarriles de trocha angosta. En Smith, no lejos de Carlos Casares, hay unos 800 habitantes, pero me cuentan que llegó a tener 6000, referencia acaso exagerada por el amor al terruño. Pero es real que Carlos Beguerie -en el partido de Roque Pérez, localidad a la que alguna vez se le llamó "La Perla del Provincial"- no viven hoy sino unas 200 personas, cuando supo tener una población que superaba los dos millares; y en la enumeración no faltan las citas paradigmáticas y hasta una pizca míticas, como las de Patricios, La Rica, San Sebastián, Mira Pampa.

Fue una desgracia, sin duda, esa falta de fortuna, anclada en transformaciones productivas y en la evolución general del país, aparte del egoísmo político que potenció esas circunstancias: parajes que supieron constituir, en su conjunto, un entramado de poblaciones rurales que vivificarían la consistencia vital de la provincia, quedaron sumidos en el abandono. Egoísmo, al menos, desde un cierto punto de vista; desde otro, puede creerse que se trató, simplemente, de las consecuencias de un cambio en las modalidades de explotación y de comercialización, en las técnicas de procesamiento y de transporte.

Porque, en verdad, no todo ha sido melancólico en el último medio siglo de la campaña porteña, sino, más bien, al contrario, pues paralelamente con la muerte de esas localidades, las correspondientes cabeceras crecieron y prosperaron, algunas de manera notable. El mismo levantamiento de ramales, la paulatina supresión de servicios ferroviarios hasta llegar a su virtual desaparición se debió, en realidad, a la sistemática caída en el movimiento de cargas, seguramente por falta de una adecuada gestión en el manejo de los ferrocarriles, pero también por el excepcional auge del medio automotor, a todas luces más práctico.

Y sí: ya no carraspea la locomotora junto a un campo en el que el chacarero conduce la mancera. Todo es distinto y de ese tiempo no quedan sino casas viejas y arboledas que diluye el polvo levantado por el auto? ¡Qué habríamos de hacer! Ahora, que si nos queremos poner en lamentosos, para eso, ni siquiera es necesario hacer escapadas campo afuera: basta caminar por barrios con fábricas abandonadas; es lo mismo y nos ahorramos el viaje.

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