
Aunque a fines del siglo XIX fue perdiendo vigencia, la pieza es revalorizada por los artesanos actuales
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Por Luis Alberto Flores
El lomillo fue la silla de montar del hombre de a caballo de nuestra llanura pampeana, desde el momento en que dejó de arribar de España la clásica silla de altos arzones de la escuela de la jineta.
Esta pieza está constituida por dos bastos de forma oval, paralelos, cuyos extremos se unen mediante sendos arcos de madera, el todo retobado con cuero curtido (vaqueta). A uno y a otro basto se hallan aseguradas las faldas, (rectángulos de suela de dimensión variable, cincelados, grabados a mano o estampados por medios mecánicos).
Sin embargo, lomillo también se designó al conjunto de piezas adicionales y necesarias cuyo eje o centro principal es el lomillo propiamente dicho.
Revivir el pasado
Hacia fines del siglo XIX dejó de usarse espontáneamente, debido a que el lomo de los caballos se había ensanchado por efecto de la mestización y la pieza resultaba inestable.
Las numerosas talabarterías-lomillerías que los fabricaban dejaron de hacerlos porque el usuario optaba por separar los bastos, quitando los borrenes para graduar la distancia entre ellos.
Por otra parte en muchas ocasiones y como consecuencia de una rodada o de una boleada (caída hacia atrás del caballo) se quebraban los fustes y el lomillo disminuía o perdía su funcionalidad.
Los borrenes de los lomillos fueron de muy poca elevación; no ocurre lo mismo en los recados que se utilizan en las provincias del Centro, Norte y Oeste y en los los sirigotes empleados en el Litoral, en Uruguay y en el Estado brasileño de Rio Grande do Sul.
En los viejos catálogos de las talabarterías porteñas de López Berdeal y Cía., de la segunda década de este siglo, y de Manuel M. Arias, de los años treinta, no figura ningún lomillo; hay, en cambio, profusión de bastos y algunos recados provincianos de altos borrenes.
A raíz de la obra "Equitación gaucha", de Justo P. Sáenz (h.), los tradicionalistas se propusieron revivir el lomillo y así surgieron sus hacedores, los lomilleros, algunos de los cuales se destacan por la fidelidad de sus modelos y por la calidad de sus labrados.
El orden de las piezas
Según el testimonio de los viajeros que recorrieron nuestra campaña en el siglo pasado, el orden de estas piezas sobre el lomo del caballo era el siguiente: primero la sudadera (una jerga de lana de tejido basto); después una matra de tejido fino y apretado, de lana coloreada, a la que ahora agregamos el distintivo de "pampa", porque primitivamente fueron hechas por miembros de esta parcialidad aborigen y actualmente por tejedoras mapuches de Neuquén, de Río Negro y del sur de Mendoza, lugar este último donde las matras son llamadas "ristros".
A continuación se ubica una carona (extensa pieza de cuero de vaca sin curtir, que conserva el pelo y que se soba ligeramente). Para el caso de que se trate de aperos de lujo se prefiere el cuero de un animal negro, pero no se desechan otros pelajes, entre ellos el yaguané, típico del vacuno criollo.
Después se agrega una nueva matra y seguidamente otra carona, ésta de suela, labrada en consonancia con las faldas del lomillo, o de piel de alguno de los felinos propios de esta región de América: yaguareté, yaguareté-i, mbaracayá mirí, etcétera, de dibujos parecidos y no todos "tigres", que el ojo avezado no confunde.
Le toca ahora el turno al lomillo, de cuyas acioneras (y no accioneras) penden estriberas y estribos. Todo lo hasta aquí enumerado es sostenido por la cincha, que consta de dos tramos principales: la encimera, la superior y de la cual nacen los correones, y la inferior, barriguera, de cuero enterizo adornado con bordados y costuras esterilladas con finos tientos, de un ancho que puede superar los 40 centímetros.
Las últimas piezas del conjunto son el cojinillo, individualizado actualmente como "de hilo", pero que antes se conocía por "catrielero" (por provenir de las tribus pampas de Azul) o chileno; el sobrepuesto, que fue de cuero curtido de carpincho, de gamuza, de terciopelo o de felpa.
Finalmente el conjunto se ceñía con la sobrecincha, confeccionada con un material similar al del sobrepuesto. Lo que he descripto hasta aquí se observa en los jinetes de la región pampeana que hoy participan de desfiles y concursos desde no hace muchos años, ya que la mayoría de los tradicionalistas y de los estudiosos de nuestras costumbres ecuestres ignoraban la existencia del lomillo (pese a observarlo reproducido en iconografía gauchesca del siglo pasado), hasta la aparición del mencionado libro de Sáenz, en 1942.
Quiero dejar en claro que lomillo es una silla de características especiales y que es un error frecuente llamar así a los recados provincianos de altos o medianos borrenes, que se denominan precisamente recados. Es equivocado, entonces, decir, por ejemplo,"un lomillo cordobés" o "un lomillo Victoria", para referirse, respectivamente, al eje o pieza principal de un apero cordobés o a la típica y no difundida montura entrerriana.
El autor es experto en artesanía en cuero criollo.
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