Rincón gaucho. En Seré, el "Rufo" Carranza tuvo su noche de fama
Quiso entrar con su zaino al Club Los Once, pero algo no le salió bien
Con una tremebunda tranca y a caballo apareció "Rufo" Carranza a las puertas del Club Los Once. Como escapado de un almanaque de Molina Campos, "Rufo" parecía un barril. Era retacón, panzón, de piernas cortas y con un bigotito quijotesco como puesto a lezna, pocos centímetros por debajo de sus cejas frondosas y de un pelo tan grasoso como escaso.
Los parroquianos que había en el club, algunos jugando al billar, otros, a las cartas y los más chupando hasta por los poros, poco caso hacían a la grotesca imagen de jinete y montado. Solo la voz de Pedro Martín se escuchó entonces, y más le hubiera valido quedarse callado. "Dale, Rufo, a que no te animás a entrar jineteando al salón."
Esas palabras, que en cualquier escenario normal hubieran terminado en una risa burlona del interlocutor, como diciendo: "Qué pavada decís", en Seré cobraron fuerza de hechizo.
Envalentonado por el alcohol y el sopor de la noche, el hombrecillo azuzó al potro y encaró por la puerta de dos alas que separaban la vereda del interior del club, en una esquina que también parecía salida de un cuento. Con paredes descascaradas, ladrillos raídos a la vista y ventanales con rejas a los que les faltaba siempre un vidrio, el Club Los Once era a Seré lo que el Casino a Montecarlo. Also, Alsogaray, era allí el rey y señor, acodado detrás del mostrador, tomaba los pedidos y servía lo que se le venía en ganas (o mejor dicho, lo que tenía en su rudimentario escaparate). Estaba en eso de llevar y traer tragos, cuando lo sorprendió la escena. No podía ser. "Rufo" ebrio y a caballo.
La incitación de Pedro Martín se hizo más insistente, al tiempo que el caballo de Carranza retrocedía los pocos pasos que había avanzado. Llegaba hasta la puerta y se volvía, como tomando envión. Ya eran varias las voces que, a coro, lo chumbaban a entrar.
La conciencia y el buen tino no son algo que reine en Seré, o mejor dicho, si existe, es superada por las ansias de jugar una broma de sus habitantes o de pasar un momento divertido.
Eran ya como las doce de la noche, cuando finalmente "Rufo" encaró decidido, rebenqueó al pobre zaino, que parecía tener más conciencia que su dueño y no se convencía del todo de entrar, y avanzó dos metros dentro del salón de cinco metros por cinco, de paredes tiznadas por unas estufas con tiros altos que atravesaban las paredes.
Alzo no tuvo ni tiempo ni fuerzas para detenerlo. Caballo y hombre ya estaban adentro, con intenciones de llegar al mostrador. Pero la arquitectura del lugar les jugó una mala pasada. A dos metros de la entrada, disimulada en el piso, estaba la puerta del sótano. Las dos patas delanteras del animal se apoyaron con fuerza y solo bastaron dos segundos para que bestia y jinete se hundieran por su propio peso hasta las entrañas del club. Calzado por la parte trasera, el animal no terminaba de caer, al tiempo que Rufo, más turbado por la bebida que por el accidente, hacía equilibrio sobre el recado. En un acto reflejo atinó a castigar al animal para que avanzara, sin tener conciencia de que "avanzar" en este caso era caer en un hoyo de por lo menos cinco metros de profundidad.
Also no podía creer lo que veía, los parroquianos gritaban, reían, alentaban y se apartaban del radio de acción de Carranza y compañía. No se sabe cómo, Rodríguez, el policía del pueblo, fue advertido del incidente y se presentó en el lugar con la impostura y la autoridad que le daba su cargo: "comisario del pueblo". Como si su sola presencia pudiera "desenterrar" 700 kilos de entre las maderas rotas, entró sacando pecho, revólver a la cintura y cabeza en alto.
"Salí de ahí, carajo", le ordenó a Rufo, como si la sola orden pudiera obrar el milagro. Hubieran estado toda la noche así si no fuera porque a Fuyi Ruela no se le hubiera ocurrido ir a buscar un lazo, para atar animal y jinete y cinchar a lo loco para sacarlos de aquel agujero negro.
Cuando Fuyi llegó con el lazo, ya hacía una hora que el sótano había cedido. Todavía con Rufo montado, enlazaron al animal y empezaron a tirar con fuerza para tratar de sacarlo. No había caso. Ya eran diez los hombres que tiraban de la cuerda encerada con grasa rancia, para evitar que se endureciera.
Al ver que éstos serían sus "quince minutos de fama", Rufo se envalentonó y comenzó a hacer el enojado desde el recado. Revoleaba el rebenque y gritaba improperios a troche y moche. Also, disminuido ante la escena y la presencia del comisario, se acercó tímidamente a calmarlo, pero recibió un lonjazo de refilón y se fue a esconder detrás del mostrador.
Como a la media hora de hacer fuerza y transpirar a mares, los más entusiastas lograron sacar al animal y al cristiano del hoyo.
Las batarazas de Rufo flameaban al viento, mientras era llevado a la rastra hasta el destacamento del pueblo, enfrente de la plaza. Lo esperaba allí un calabozo de un metro por dos, del que saldría recién un mes después, sin juicio, expediente, ni nada que se le pareciera. Eso sí, antes de entrar en el sucucho recibió otros rebencazos y un baño de agua helada que apagó el último atisbo de veleidad que le quedaba.ß
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