
Entre arroyos y caserones, la ciudad naciente se alimentaba de las chacras jesuíticas
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Cuesta armar imágenes rurales en el espacio urbano de hoy, donde quedan en la ciudad pocos espacios verdes. Es bueno traerlas al presente y contar ese paisaje cultural en tiempos de la colonia.
En 1608 se completó la mensura de la ciudad realizada por el gobernador Hernandarias, un notable criollo, quien había cedido extensos territorios a los Padres Jesuitas.
A la zona se la conocía como la Chacarita de los Padres. La formaban diez suertes numeradas de la 12 a la 21, con una legua de frente por dos de fondo, tierras que después ampliaron por compra. Estas extensiones estaban a más de una legua del núcleo fundacional establecido por Juan de Garay en 1580. Para llegar había que cruzar el arroyo Maldonado, que cuando se desbordaba hacía difícil su paso. Una forma de llegar era tomar el camino “Fondo de la Legua”, trazado donde concluían las suertes.
La delimitación estaba dada aproximadamente por las actuales calles Uriarte, Av. Santa Fe, Luis María Campos, Pampa, Av. Constituyentes, Tres Cruces (F. Beiró), Víctor Hugo, hasta la Av. G. Paz, y continuaba en la provincia. La chacra proveía de alimentos a los sacerdotes y pupilos del colegio San Ignacio. Han quedado registros del Padre Antonio Sepp: “…aquellas bellas y hospitalarias tierras…”, y también del Padre Florian Paucke.

Las suertes estaban subdivididas por zanjas. Habían construido unos caserones, ubicados donde hoy están los Panteones de los Españoles y de la Policía Federal dentro del Cementerio de la Chacarita. Las habitaciones tenían techos de madera cubiertos por tejas que ellos mismos fabricaban. Las galerías eran con arcadas y un patio central. Los graneros servían para el acopio de cereal; había capilla y camposanto.
En el año 1750 tenían 210 bueyes, 100 caballos, 10 mulas y una manada de yeguas que utilizaban para pisar el barro para los adobes de los ladrillos. Había montes de duraznos salvajes, almendros, tapias de cina-cina o tuna, quintas de verdura, talleres de carpintería, herrerías para fabricar rejas y donde se hizo la campana para la iglesia. Árboles para sombra. Las mujeres aborígenes tejían en sencillos telares; se ordeñaban las vacas, se carpía, se cosechaba trigo, se hacía el pan para mandar a la ciudad. Las carretas trasladaban la producción. La logística funcionaba perfectamente. ¡Cómo imaginar tanta diversidad!
Su eficiente organización preocupó. Ejercían un poder que molestaba y los jesuitas cayeron en desgracia. En 1767 fueron expulsados de todos los dominios de América por Carlos III de España y por el Marqués de Pombal de Portugal. Sus bienes pasaron a las autoridades locales a través del Cabildo porteño. Con el tiempo estuvo en manos del Real Colegio de San Carlos. Esto pasó a ser la casa de campo de los alumnos: la Chacarita de los Colegiales.
Otras imágenes
Hubo otras estampas históricas que se sucedieron en estas tierras, en tiempos virreinales, que merecen su recuerdo. En 1776 se creó el Virreinato del Río de la Plata. Los caserones edificados por los jesuitas fueron utilizados para importantes ceremonias.
El cuarto virrey, Don Nicolás de Arredondo, partió de Córdoba en 1789 camino a tomar el mando, junto a su mujer y dos hijos. Llegó a la Guardia de Luján (Mercedes) para continuar hasta Morón, donde cenó e hizo noche. Avisó que llegaría a la Chacarita. Hubo besamanos y palabras de bienvenida. Lo esperaban la guardia, una orquesta de música de negros e indios y una mesa con 30 cubiertos. Se sirvió la comida regada con vinos, donde se aprovecharon las hortalizas y las frutas de la chacra.

“…El virrey estuvo en una sala con dosel y sillas de proporciones y cojines…”. Estaban presentes seis colegiales, el rector y demás autoridades. “…A las cuatro de la tarde llegó el saliente virrey Loreto, en una carroza espléndida, con su comitiva… Se saludaron y abrazaron y el virrey Loreto le entregó el bastón en señal de ejecutarlo del mando…”.
Estas coloridas ceremonias se repetían, pero no las registra el folklore en ninguna chacarera o zamba, por la falta de conocimiento de las crónicas propias de la época virreinal.
La Universidad de Luján publicó un trabajo de Gladys Perri, quien investigó cómo se siguió explotando la chacra entre los años 1784 y 1806, después de la expulsión de los jesuitas. Su producción era agrícola, forrajera, hortícola y triguera. Una chacra tenía un valor aproximado de 1677 pesos. Conviene aclarar que la palabra Chacarita proviene del idioma aborigen quichua: chácara, que significaba huerta, tierra de cultivo. De ahí proviene también la palabra chacarero.
La población había crecido y también la producción triguera, aunque sufría sequías, lluvias, plagas de langostas y las inundaciones que afectaban los rindes. Contaba con huerta, atahona, obraje textil y hornos para la producción de tejas y ladrillos. Montes de duraznos, zapallos, papas, maíz, etc. Se continuó respetando el antiguo sistema jesuítico, que había estado muy bien administrado, caracterizado por la diversificación productiva.
Había corrales, potreros… tenía 12 arados, 27 hachas, 1 chuza, un cribo para limpiar el trigo, 17 palas de hierro, etc. En 1801 se compraron seis carretas, dos caballos, mulas y algún buey. Estaba mejor equipada que otras chacras vecinas. En los galpones se almacenaba el trigo para venderlo a mejor precio. Se vendía leña y la producción frutícola era para el mercado urbano. Vendían cueros y sebo, que tenían una salida constante, también bueyes, yeguas y potrillos. Había peones permanentes y esclavos que dormían en los ranchos. Un peón cobraba siete pesos mensuales.
Estos hechos son postales olvidadas en una geografía de un mapa mental. Siempre hay quienes las registran y las mantienen vivas para que no queden distraídas en nuestra memoria. Bien vale su recupero.
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