
Pequeños productores de los valles de Río Negro y Neuquén se dedican a actividades antes impensadas; producen bovinos con sanidad controlada y explotan la belleza de la geografía con el turismo rural
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SAN CARLOS DE BARILOCHE.- La Patagonia es tierra de misterios. Uno de ellos es que algunos pequeños productores de los valles de Río Negro y Neuquén están produciendo lo que siempre tuvieron, pero nunca vieron. Sí, el entorno tan particular, en cuanto a belleza y condiciones climáticas, los está orientando a producciones antes impensadas: turismo y bovinos con sanidad supercontrolada. Ambiente con valor agregado.
Hay dos zonas bien diferenciadas, tanto geográficamente como en el tipo de productores: los valles de los ríos Foyel y Manso, al sur de Bariloche en Río Negro, y el área de Chiquilihuín, cerca de San Martín de los Andes, en Neuquén. En la primera, los campos son de productores individuales, y en la segunda, son de una comunidad mapuche.
Según el Censo Agropecuario de 2002, Río Negro tiene 7500 productores agropecuarios, 60 por ciento de los cuales tienen menos de 100 hectáreas. En Neuquén la proporción es mayor: 80% de las explotaciones son de pequeños productores.
En cuanto a las existencias bovinas, el mismo censo indica que las dos provincias suman 700.000 cabezas. Claro, no todos los "pequeños" tienen bovinos. Ahora, cuando los tienen, los rodeos son chicos: entre 5 y 50 animales. En cuanto a los índices productivos bovinos, en este estrato, son todavía bajísimos: las pariciones orillan el 30 por ciento.
Montados en la ola
El río Manso une los lagos Mascardi, Los Moscos, Hess, Roca, Steffen y Martín a lo largo de 100 kilómetros. El último tramo, antes de ir hacia la frontera con Chile, donde desagua, conforma un valle que se parece mucho al paraíso. Valle que tiene una larga historia productiva.
Cuando los caminos eran intransitables, la autosuficiencia hacía que creciesen cereales de invierno, que eran procesados en un molino local movido por el río. También se explotó la madera, los ovinos y los bovinos. En estos tiempos, la palabra que más suena es diversificación.
El campo de la familia Lanfré es la piedra de toque que pinta la zona. Produce de todo: bovinos, ovinos, cereales como forraje, rosa mosqueta, helechos y, últimamente, turismo rural.
Desde un tiempo a esta parte el Manso se ha tornado el río elegido para aquellos que buscan las emociones del rafting. Los Lanfré comenzaron a brindar servicio de catering a los gomones que paraban en el campo. Así empezó todo.
"Con el turismo se pusieron en valor un montón de cosas que estaban acá, pero que no veíamos: pinturas rupestres, dulces, comida, paisajes", señaló Oscar Lanfré.
Al comienzo hicieron servicio para pocas personas. "Les servía el goulash con spetz que comíamos nosotros", recordó su esposa, Ingrid Trostl. Luego, fueron descubriendo el potencial: "Hice un curso de dulces en el INTA. Me los sacan de las manos", dijo.
Cuando los visitó este cronista estaban desarmando las mesas en las que habían almorzado 100 personas. Sí, el día anterior habían dado servicio de comida y excursión a las pinturas rupestres, a un batallón de especialistas en computación de la Capital Federal que, luego de las emociones del rafting, buscaban el calor familiar y la paz de lo rural. Un tiempo atrás recibieron otro gran contingente de ingleses del club Amigos del Riel.
Además, cuando se lo piden, los visitantes son llevados por Lisandro, el hijo, en una corta excursión hacia las pinturas rupestres que dan nombre al campo: Piedra Pintada.
Ahora, nada está librado al azar: la visita está dentro del paraguas de protección al arte rupestre, instrumentado por el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano. Un par de años atrás, técnicos de la entidad realizaron "una campaña de excavación en el Paredón Lanfré -así lo llaman-, donde se constató que la ocupación humana comenzó hace 1500 años", indicaron en el Instituto.
A mediados de los 40, cuando llegaron a la zona, la economía del establecimiento se apoyaba fundamentalmente en la ganadería. "Mi padre fue el que introdujo los Hereford", contó Lanfré. Antes de la subdivisión familiar, lograron tener 600 bovinos. Hoy, en Piedra Pintada pastan 250 vacas.
Así, como no "veían" el paisaje, tampoco "teníamos idea de cómo estaba sanitariamente la zona. Ahora tenemos herramientas para prevenir. Sabemos en qué fijarnos cuando compramos un animal de afuera y sabemos cuánto valen nuestras vacas cuando vendemos", dijo Trostl.
La rubia productora, oriunda del norte de Italia, se refiere a que un reciente diagnóstico sanitario realizado por el INTA Bariloche, dentro de un proyecto del Proinder, encontró que los bovinos de los valles del Foyel y el Manso tienen muy buena sanidad (ver recuadro).
¿Qué ventajas les aporta el diagnóstico a los productores?, se le preguntó a Fermín Olaechea, del INTA y encargado del proyecto que fue financiado por el Banco Mundial.
"Los productores zonales hacen escasas inversiones en ganadería. Dentro de lo poco, el rubro sanidad es el mayor. Por eso, conocer que el estado sanitario es bueno hace que se distribuya mejor el recurso", indicó.
Pero hay más: en esos valles hay una sola entrada geográfica. Así, sabiendo que enfermedades casi no existen sería fácil instrumentar controles para defenderse. También, el conocer que son áreas de buena sanidad "sirve para vender valorando mejor los productos".
Como en Suiza
La comunidad mapuche de Chiquilihuín ocupa 6000 hectáreas casi al borde de la ruta 60, que lleva hacia Chile por el paso Tromen, a pocos kilómetros de Junín de los Andes. Las explotaciones de los 80 pequeños productores que la componen están repartidas en un valle que tiene como fondo las nieves del Lanín. Un cuadro.
Justamente, la belleza del ambiente y la cercanía de la ruta internacional han hecho que, bajo la guía del Proyecto Pehuenche, financiado por el gobierno de Italia, estén reorientando su producción.
El turismo es uno de sus pilares. Así lo deja en claro José Curiñaco, quien, además de productor, es lonco (algo así como el cacique) de la comunidad: "Estamos recibiendo turistas italianos, alemanes y de otras nacionalidades, a los que les organizamos caminatas".
Las caminatas incluyen comidas típicas mapuches. "Hacemos la pancutra, un guiso con carne y verduras, que lleva masa en vez de fideos", comenta Nidia Quilaleo.
Además están rescatando los saberes ancestrales en tejidos y platería. La cercanía a la ruta tienta a los viajeros que entran y llevan los tejidos, hilados a mano, teñidos con tintes naturales y tejidos a telar.
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