
Para levantar esta oleaginosa se hacía un duro proceso que costaba esfuerzo, sudor y hasta lastimaduras
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CORDOBA.- Campo Borleto aún se encuentra en el centro de Córdoba, en el departamento de Santa María. Mi abuelo fue uno de los primeros colonos de la zona, y por el que se le dio ese nombre al predio.
En ese entonces, los cuatro hermanos ayudábamos a recoger la cosecha de maní, del que teníamos unas 60 hectáreas. Los cultivos que hacíamos eran un 5% de maíz para consumo animal, 20% de sorgo forrajero casero y un 10% de centeno. Para eso contábamos con unos 20 caballos. Teníamos, además, cerdos, gallinas, cabras y vacas.
El maní era la base de nuestro sustento. No sabíamos del poder destructor de esta oleaginosa con la técnica de cultivo de 40 años atrás. Este era un cultivo muy importante en la provincia. El resultado de su presencia en varias zonas fue desastroso, porque después de doce o trece pasadas de herramientas, los suelos terminaban completamente degradados.
Además, estaba el enorme esfuerzo que nos demandaba la cosecha, en contraste con la imaginación que requieren los actuales sistemas de producción, basados en la tecnología. Para trabajar el maní usábamos una máquina de tres surcos. Como esta oleaginosa tiene sus frutos bajo tierra, había que pasar varias veces el arado, que se tiraba con seis caballos, con dos rejas de 65 cm de distancia entre surcos. Se pasaba por abajo para que la planta quedara disponible para alzarla con la mano.
Todo el material se juntaba en gavillas y se formaban parvas. Luego se golpeaban las plantas en un zarandón, adonde se despegaban los frutos para un lado y los tallos y raíces para otro.
Cuando yo accedí a esta alternativa, en los 60, ya éramos modernos. Ya no hacíamos el trabajo a mano. Se pasaba un rastrillo de descarga lateral, que ordenaba las plantas en hileras y luego pasábamos la emparvadora. Y aquí venía lo bueno.
La emparvadora era un aparato que, con un recolector, levantaba las plantas y las colocaba dentro de un canasto cónico invertido de hierro, de tres metros de altura, que iba a un metro del suelo, enganchado de la emparvadora. Cuando la parva llegaba a la parte superior del canasto, el operario terminaba haciendo equilibrismo.
Esta tarea era la de emparvar, y era el más difícil. Pero una vez que el maní estaba emparvado, podía llover, que el cultivo no se malograba. Por eso el secreto era hacer este trabajo urgentemente. Se hacía desde la mañana hasta entrada la noche. Al mediodía nos traían la comida y se cambiaban los caballos. Nadie dormía la siesta. Los que una vez hicimos ese trabajo tenemos ganado el cielo, no importa lo que hagamos en la tierra, porque pasando por eso puede decirse que ¡ya estuvimos en el infierno!
A la mañana, el rocío humedecía la hilera, y la combinación de eso con la tierra adherida y las malezas que traía el rastrillo hacían un cóctel que a los que estábamos dentro del canasto nos convertía en estatuas de barro. Copiado del corte y trilla de trigo, el equipo recolector tenía una rueda dentada que movía el sistema que tiraba las plantas en el canasto.
Más tarde en el día, ya no había humedad y se secaban las hileras, con los cual las hojas y tallos del maní cortaban los brazos como si fueran navajas. Allí no había otra cosa que cubrirse las mangas, pero eso hacía transpirar muchísimo, porque era en febrero. Además, la hilera reseca hacía sangrar las manos cuando se acomodaban las parvas para que quedaran compactadas.
Todo terminaba a la noche, cuando volvíamos a la casa, y nos tirábamos al tanque australiano. Luego, mi madre nos servía unas enormes costeletas con huevo frito y, después de este cóctel de colesterol puro, caíamos exhaustos en la cama, hasta las cinco de la mañana del día siguiente.
Afortunadamente, las cosas cambiaron. El premio a los productores viene del esfuerzo intelectual y no del trabajo físico. El cuidado del suelo se recomienda a través de técnicas como la siembra directa, y no se da vuelta la tierra con herramientas brutas. En suma, la transpiración y el sacrificio coronan el éxito de cualquier tarea. Antes era con el trabajo físico, y ahora, con la mente abierta y el intelecto al máximo nivel.
El autor es productor rural y ex presidente de la regional Centro Norte de Córdoba de Aapresid.






