Pese a la mecanización, una docena de hombres mantiene vivo este trabajo manual
1 minuto de lectura'
TANDIL.- El de picapedrero es un verdadero oficio olvidado. Tal vez de los más duros que se practicaron por estas tierras. Duro como la piedra. Duro como el granito. Realizado por una raza de hombres especiales, duchos en eso de darle y darle a una maza hasta que la piedra decida ceder y cortarse, justo por donde ellos les marcaron. Asperos, solitarios, pero capaces de referirse con dulces palabras hacia la piedra, que le dio el ser a su actividad.
El trabajo sobre la piedra conoció en Tandil épocas de esplendor que la tuvieron como una de las principales fuentes económicas durante décadas y empleaba a unas 10.000 personas. Todo gracias a que la ciudad está asentada y rodeada por rocas graníticas, durísimas y necesarias para la industria de la construcción. Durante años, miles de trabajadores, muchos de ellos llegados desde Italia, España o Yugoslavia, hicieron añicos algunas de estas sierras, de las más antiguas del mundo. Luego, continuaron sus hijos.
Hoy, ante el avance del concreto y el asfalto, por decantación sólo sobreviven algunas canteras, en las que el trabajo se mecanizó casi por completo y ya no son tan necesarios quienes, a fuerza de brazos, pinchotes y talento, podían cortar a mano toneladas de piedra como quien parte un pedazo de madera. Sin embargo, cerca de una docena de hombres todavía lleva adelante por la ciudad esta tarea artesanal. Son el alma de la actividad.
Quien vea un adoquín tapizando cualquiera de las calles del país, si fija la mirada y la imaginación, seguramente verá el trabajo de un picapedrero. Y si no salió de una cantera de Tandil, principalmente de la zona de Cerro Leones, tal vez provenga de San Luis, Mendoza o Córdoba. Pero no de otro lado.
Quien se canse en una jornada laboral de oficina, transpirará sólo de pensar en los días de los picapedreros, capaces de cortar, a mano, hasta 3 toneladas de piedra durante 12 horas. O darles forma a 300 adoquines.
Quien a los 40 años se sienta agobiado de un día de oficina, se sorprenderá al conocer la historia de Enrique Catoni, quien, con 82 años, sigue cumpliendo religiosamente con su trabajo en la cantera, ahora El Trincante.
Quien tenga que recurrir a una ferretería para comprar una herramienta, tal vez se sienta un poco inútil al ver cómo Darío Guayanes, otro picapedrero, se las fabrica en la fragua, a fuerza de martillazos y cientos de grados de temperatura. Son todos gajes de un oficio. El de picapedrero.
Un material noble
Este trabajo está indisolublemente ligado al de las canteras, esas enormes extensiones de piedra de las que el hombre se nutre para satisfacer sus necesidades de un material sumamente noble como la piedra. Y lo que para la mayoría es sólo un material más, para otros es la fuente laboral y la depositaria de toda una vida.
De las canteras se extrae piedra, principalmente granito, que se muele y de destina a las mezclas de concreto, para grandes obras (como las escolleras marinas), adoquines o piezas para revestimientos, entre otros usos. Y para cada una de ellas hay una técnica. Antes de empezar con un corte, el picapedrero tiene que analizar la piedra con la mirada, para buscarle la vuelta y la mejor manera de "entrarle". Primero se le busca la "veta", que es una estría negra que se forma en el granito y que, sólo a ellos, les marca el corte más fácil. Este estilo se llama "corte por la seda". Pero también, de acuerdo con la necesidad o la ubicación del bloque de piedra, se puede hacer un corte perpendicular a la seda, que se llama "trincante".
Don Enrique Catoni arrima un método de observación para no "pifiarle" a la seda: "En los cerros, va siempre del poniente al saliente, por lo que sólo hay que seguir esa línea".
Una vez hecha la elección de cómo se encarará el corte, el picapedrero tomará sus "pinchotes", que son las herramientas con las que perforará la piedra a fuerza de los golpes de maza. En los casos de los bloques grandes, la elección podrá recaer en un barreno, que es como un pinchote, pero más largo. Según la dureza de la piedra a afrontar, elegirán piezas más o menos templadas. Este trabajo también es artesanal, ya que la mayoría de los picapedreros prepara sus propias herramientas, que les servirán, sin reparar, lo que duran cinco o seis agujeros. Con el equipo listo y la piedra esperando, el picapedrero hace una línea con lápiz por donde quiere cortar, y con un "rayador" la marcará levemente en toda su extensión. Es la parte más sencilla, porque no requiere mucha fuerza, ya que es un corte superficial, como una pequeña herida. Después, y de acuerdo con la extensión de la piedra, será el tiempo de hacer las perforaciones o pinchotes sobre la piedra.
El escritor y periodista tandilense Hugo Nario, en su libro "Los picapedreros", reprodujo una foto tomada en 1942 en la cantera Azucena, donde se muestra a dos trabajadores sobre un "bochón" que medía 8 metros de alto por 16 de ancho y 25 metros de arco. Para cortarla, de una sola vez, en un trabajo que hizo historia en la zona, hicieron falta 291 pinchotes. En cambio, para una piedra de 50 centímetros de ancho por otros 10 de alto a la que se quiere cortar por la mitad alcanzará con tres perforaciones.
Según explicó Guayanes, una vez elegidos los lugares a perforar se comienzan a hacer pequeños arcos sobre el punto central, con forma de labios. La profundidad de cada perforación tendrá que ver con el tamaño de la piedra.
Darío, montado sobre una piedra rebelde de unos 3 metros de altura a la que tiene que practicarle un corte, eligió entrarle unos 10 centímetros, siempre rotando un cuarto de vuelta el pinchote tras cada golpe. "Después viene una de las partes más lindas, que es la del corte", anunció Catoni.
En esta etapa, se colocan dentro de los agujeros unos pinchotes más pequeños, y, en orden, se le empieza a dar un golpe a cada uno, como recorriendo un teclado. De cada golpe saldrá un sonido dulce, especial, que para Catoni y Guayanes empieza a formar "una música".
Tras la primera serie de golpes, los picapedreros dejan "trabajar" a la piedra unos segundos. Y comienzan una segunda tanda de golpes, hasta lograr que se abra. Si hicieron las cosas bien, será por el lugar exacto que ellos querían. Así, la piedra estará lista para su destino final, tanto para bloques grandes o para seguir trabajándola en fino, si lo que se buscan son, por ejemplo, adoquines.
Los primeros pasos
Todo eso es lo que enamoró a Guayanes, de 32 años. "Empecé a trabajar de esto a los 16 años, y arranqué como ayudante en el cerro El Aguila, de Tandil, donde estaba quien sería mi suegro, José Dos Santos. ¿Qué hacía? No mucho. Alcanzar herramientas a los que cortaban piedras o mover bloques de lugar", contó Darío, que ya busca a algunos aprendices a quienes dejar un legado.
"Cuando empecé, no sabía lo que era una piedra, pero comenzó a atraparme, por las técnicas para trabajarlas, por lo que veía que hacía mi suegro", se confiesa, mientras recuerda al fallecido Dos Santos con emoción.
De su trabajo de "cadete" picapedrero inicial pasó en pocos meses a hacer algunos trabajos de cortes, hasta que después de un año "ya producía". De ahí saltó a hacer planos, que son cortes sobre la piedra que deben quedar perfectamente lisos, y luego empezó a manejar explosivos y pólvora, con la que se suelen hacer los cortes en bruto, para que la piedra caiga "a la cancha" en la que empezará la selección y el trabajo del picapedrero. "De esto también aprendí mucho de mi suegro, porque, a diferencia de los técnicos o ingenieros, yo calculo con puñaditos la cantidad de pólvora necesaria para determinado trabajo", cuenta, con un dejo de orgullo.
- 1
2Mensaje: Kicillof le metió presión al Gobierno por las retenciones y expresó que el libre mercado “pasó de moda en el mundo”
3Proponen eliminar las retenciones y bajar la presión impositiva para incorporar más tecnología en los cultivos
4“Vine con mucho entusiasmo”: inquietos y sorprendidos, los productores ponen el foco en la inversión en Expoagro



