
Una invitación a la convivencia y a la amistad en la pampa agreste de hasta hace no tanto tiempo
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La vieja cocina de estancia solía estar en un extremo de la galería "segunda", por el lado opuesto en que ésta se acercaba perpendicularmente a la galería importante, o "de las habitaciones"; el conjunto era "las casas" y en él la cocina era una pieza grande, raras veces provista de chimenea y por lo común sólo aireada mediante pequeñas ventanas altas que daban "hacia afuera".
En consecuencia, el recinto se hallaba regularmente negro de hollín, lo que acentuaba la oscuridad de ese ambiente mal iluminado. Contra una pared lateral, estaba siempre encendido el fogón de ladrillo desnudo y parrillas de hierro forjado... Hasta ahí llegan los recuerdos borrosos, si bien mentas antiguas y aun amarillentas fotografías retratan un fogón anterior y mucho más primitivo, consistente en simple fuego sobre el suelo, en medio de la habitación.
Es decir que ya no hay más fogones, si no es en sentido por demás figurado; queda claro, también, que no podía haberlos en todos lados, pues en un rancho -por ejemplo- existiría el peligro de que se incendiara la paja del techo.
Pero, por otra parte, tenemos, por motivos evidentes, que lo metafórico es de enorme peso a propósito de este tema, y que era bastante habitual llamarle fogón al fuego hecho a la intemperie, sobre todo si el lugar o la ocasión se reiteraban, como ocurría entre troperos o soldados, en especial en aquellos trances retrospectivamente tan poco referidos en que el desolado horizonte de pastizales obligaba a hacer el fuego valiéndose de estiércol de vaca (la llamada "leña de vaca").
Finalmente, se llamaba igual fogón al fuego -asimismo a cielo abierto- en que se calentaban las marcas los días de yerra.
Pero, en verdad, el fogón ilustre era el primero, ante todo por ser el mejor equivalente gaucho de hogar, de reparo, de refugio.
La pava permanecía constantemente en el borde y, por lo tanto, no faltaba agua para cebar; las mujeres estaban sentadas -o hincadas, o en cuclillas- en torno y, si alguien amigable se acercaba, podía que le ofrecieran una de esas tortas fritas grandes y desparejas que denotaban escasez de lugares para amasar, o bien la inexistencia del hábito femenino de ocuparse de tal refinamiento.
"Arrímese al fogón"
Por supuesto, ahí se hacía, además, el puchero, imagen profunda de vida en compañía de una "pior es nada", pues, como bien es sabido, el asado era cosa de hombres, hecho por ellos y frecuente complemento del hosco compañerismo varonil.
En ese sentido, el "arrímese al fogón", o el "acérquese don, que acá hay unos mates", son frases hechas que resuenan hasta hoy y, a la vez, la invocación más cercana a la convivencia hogareña que pudo haber surgido en la pampa agreste de hasta hace no tanto tiempo. Por supuesto, mezclado todo eso con la reserva esencial del hombre de campo; la lluvia, que impedía el trabajo de la peonada, era la gran oportunidad, en principio para hablar con las mujeres y también para escuchar historias, ingeniosidades y relatos, y de yapa sin el peligro de riñas precisamente por esa proximidad servicial y donosa.
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